

Todos los finales posibles son comienzos. Ese juego con los minutos se propone cortazariamente en este libro. Si el eterno retorno es inevitable, las variaciones de triángulos amorosos también. No importa de quién se trate, la puesta en escena repite sus vértices. Dos que creen que se aman y uno que no sabe cómo enfrentar el deseo. Por otro lado, el humor o la sátira con la aventura de un muerto que vive presente en todo momento junto a dos personajes que parecen salidos de Esperando a Godot.
Otra característica es el trazo urbano, la noche como símbolo, los congales, las calles donde antihéroes son víctimas como el hombre gris recién despedido del trabajo que honra la masculinidad tóxica golpeando a su mujer. Clarosocuros de lo humano: el amor que pierde o expía culpas; el amor que extrae la sombra para revelarnos la verdadera condición existencial en blanco sobre negro, a rojo y blanco o rojo a secas: la deriva. Gente extraviada, sin gran idea de lo que están buscando, perdiendo por perder la brújula de que la habla un feminicida, precisamente.
Pero como en toda buena literatura, la moral no es lo que se cuenta. Se trata de mostrar, que la representación sin filtros de la vida fluya. He ahí la gran cualidad de esta narrativa, la discursividad libre, los diálogos cargados de tensión, la jump cut de lo narrado que rompe la cuarta pared para hablar al lector, esa consciencia de la ficción de recordar subrepticiamente, desde el error porque quien cuenta sabe que quizá esté exagerando o sea impreciso en los detalles, todo eso otorga a los cuentos un estilo que obedece, una vez más, a la llamada del juego en términos kunderianos. Es decir, se narra desde por el goce que confirma que se está contando una historia desde la calidez que se acerca a quien es invitado a vivir esas historias que no conducen a nada, a finales abiertos, a la posibilidad de volver a empezar, en ello radica la erótica y la poética de Gerardo de la Cruz.
Los recursos son variados: cronotopos in media res, mujeres que desaparecen desde el asombro del ser como lugar y tiempo que nadie reconoce. Identidades fallidas, hombres sin atributos en el sentido más musiliano del término en una urbe donde todo se confunde y con-funde se mezcla, se hace sustancia de lo que no se va a decir, de secretos entrelíneas, ambigüedades que seducen intrigando.
De la Cruz es un narrador que sabe dónde colocar el punto final, se mueve libre por la noveleta o el relato que alarga el argumento. Lo hace acertadamente porque la vida es así: un continum con resignaciones que la vida subvierte. Cito:
Hay cosas que no nos atrevemos a soñar porque sabemos que jamás sucederán, esas cosas impensables que ni siquiera tienen oportunidad de brotar en el pensamiento porque justamente sabemos que jamás sucederán, y que se separasen Gris y Rojo era una de ellas.

La peripecia, sin embargo, consiste en la posibilidad como serendipia amarga. El cliché, “ten cuidado con lo que deseas…” se torna clave y estilete. Al leer a De la Cruz suelo tener la confianza de cuestionar a la literatura, de retarla, incluso, como a la vida misma. No porque somos las cosas que nos pasan, sino porque el poder de la ucronía, la potencia del hubiera o lo que ocurre descubriendo que realmente no deseaba tanto, nos desenmascara. Tal vez no sirvamos ni para desear o lo hagamos tan mal que la crudeza de la vida, sus verdades burdas, nos arrinconen:
¿Por qué?”, reclamaba Julio a la vida, “¿por qué uno debe conformarse con el panteón de los hubiera? ¿Por qué no salir y transformar la realidad para hacer de lo que pudo haber sido lo que tendría que ser, lo que está siendo?”. Y Elena se encogía de hombros un tanto aturdida y contestaba: “No sé, pero tienes razón. Es una estupidez”
Gerardo de la Cruz lleva más de veinte años escribiendo sobre esos panteones. Ha visto a la vida y a la muerte encogerse de hombros. Como ser humano ha entendido la vertebral argumental de las caídas y los alzamientos desde su obra misma, así como gracias a su trabajo como uno de los mejores editores de este país. Pero México no lo sabe como ignora la existencia de muchos escritores con obra consolidada que se deben leer, difundir, rescatar del marisma del mercado. Aún tenemos buena literatura con hierro, con humor e inteligencia para rato.
*Escritora


