Los árboles ¿seres venerables o mercancías?

Segunda parte: Qué decir desde la visión occidental

 

Nos dicen desde la escuela y desde las instituciones públicas que la gran mayoría de la población mexicana somos mestizos, pertenecientes a una cultura resultado de la mezcla de dos culturas, la mesoamericana y la española, que se han fusionado más o menos armónicamente generando lo que ahora es la cultura mexicana. Pienso, siguiendo a Guillermo Bonfil[1] en su libro “México Profundo. Una civilización negada”, que esto es una falacia, un engaño, que oculta día con día una realidad que se vive cotidianamente en las comunidades indígenas y campesinas, en los barrios marginales de las ciudades e incluso en muchos hogares mestizos de clase media. En realidad, no existe una cultura única, señala Bonfil:

“Por lo contrario, entre las culturas de estirpes mesoamericana y las sucesivas variedades de la civilización occidental que han adquirido hegemonía entre los grupos dominantes de la sociedad mexicana, no ha habido nunca convergencia sino oposición. La razón es simple y es una sola: los grupos sociales que han detentado el poder (político, económico, ideológico) desde la invasión europea hasta el día de hoy, afiliados por herencia o por circunstancia a la civilización occidental, han sostenido siempre proyectos históricos en los que no hay cabida para la civilización mesoamericana (…) Se trata, en cambio, de proyectos diferentes que descansan en formas distintas de concebir el mundo, la naturaleza, la sociedad y el hombre; que postulan diferentes jerarquías de valores; que no tienen las mismas aspiraciones ni entienden de la misma manera lo que significa la realización plena del ser humano; son proyectos que expresan dos sentidos de trascendencia que son únicos y, por lo tanto, diferentes. Por todo ello, los proyectos de unificación cultural nunca han propuesto la unidad a partir de la creación de una nueva civilización que sea síntesis de las anteriores, sino a partir de la eliminación de una de las existentes (la mesoamericana, por supuesto) y la generalización de la otra.”

Analizar las distintas concepciones del mundo, la naturaleza, la sociedad y el ser humano de las culturas mesoamericana y occidental, va más allá de las posibilidades de este artículo, sin embargo, podemos reflexionar sobre algunas situaciones o hechos relacionados con los bosques y selvas que permitan visualizar algunas de las diferencias mencionadas por Bonfil.

Desde los primeros años de la conquista de México, los españoles introdujeron cambios profundos en las formas de vida, en la economía y en la organización social de la civilización mesoamericana, por ejemplo, introdujeron nuevos cultivos como el trigo y la seda, animales como el ganado vacuno, chivos, cabras, borregos y caballos, nuevas formas de sembrar como el arado, apertura de caminos para el transporte de las mercancías producto de la agricultura, la ganadería y la minería, entre otros. Se desarrolló un proceso de despojo de la tierra a las comunidades y pueblos indígenas y la concentración de ésta en pocas manos. El ganado introducido se aclimató y proliferó ya que se disponía de grandes extensiones de pastos vírgenes, la Corona Española entregó estancias para ganado mayor y menor principalmente en lo que hoy son los estados de Hidalgo, Michoacán y Veracruz. La tala de bosques y selvas para la apertura de nuevas tierras de cultivo y para la ganadería cambiaron radicalmente el territorio de Mesoamérica. Las tierras boscosas brindaban condiciones óptimas para el establecimiento de estancias de ganado porque había disponibilidad de agua y de mano de obra indígena.

Durante los tres siglos de dominación española hubo una sobreexplotación de los bosques reconocida por las propias autoridades novohispanas. En 1550, sólo 30 años después de la caída de Tenochtitlan, el primer virrey Antonio de Mendoza escribió en la relación, apuntamientos y avisos que debía entregar a su sucesor lo siguiente: “En muy pocos años ha sido gran cantidad de montes los que se han gastado, y teniendo consideración de esto, parece que antes ha de faltar la leña que los metales…[2]

En 1579 el virrey Martín Enríquez de Almanza dictó una ordenanza en la que menciona “…Por cuanto de parte de los indios del pueblo de Talmanalco me ha sido hecha relación que les cortan y destruyen sus montes, españoles y otras personas, de manera que si no se remedia con brevedad se acabarán los dichos montes, que será gran daño y pérdida a toda la república, …”[3]

Los efectos de la tala se hicieron evidentes desde finales del siglo XVI, el uso de la leña y el carbón, la fabricación de utensilios, la construcción de grandes monasterios y de los centros urbanos y sobretodo la expansión de la ganadería y de las tierras de cultivo son los causales de la gran devastación de los bosques durante el período de 300 años de dominio español. Si bien hubo conciencia en las autoridades novohispanas de la gravedad del problema y la implementación de algunas medidas para controlar la devastación, se impuso el objetivo del beneficio económico para España y para la élite española en México.

En el México independiente no hubo un proyecto diferente, el objetivo siguió siendo el desarrollo del país dentro del marco del modelo económico y la cultura de occidente, se concebía a la nueva nación mexicana como culturalmente homogénea, con una misma lengua, el español, con una historia en común. Para ello resultaba indispensable que las grandes mayorías se incorporaran al modelo cultural adoptado por los grupos dirigentes que era la minoría heredera de la civilización occidental de los conquistadores. Los caminos que se recorren a partir de la revolución tampoco significaron un cambio de rumbo. El único proyecto alternativo fue el de Zapata pero éste fue derrotado.

Hoy en día, después de 500 años de implementación del modelo económico occidental, el 55% del territorio de México es de agostadero, es decir para la producción ganadera y el 33 % son de bosques y selvas. La superficie forestal disminuye cada año en alrededor de 500 mil hectáreas.

Antes de la llegada de los españoles no había tierras dedicadas a la ganadería, no había ganado, la población indígena tenía milenios alimentándose de otra manera, de vivir de otra manera, de concebir el mundo de forma distinta, consideraban a los árboles como sagrados, cuando llegan los españoles encuentran un territorio que ellos mismos describen con admiración y con ambición, encuentran civilizaciones y culturas complejas que están obligados a menospreciar, a considerar inferiores, salvajes, así justifican la violenta conquista que realizaron.

Bonfil reflexiona en 1987: “Los grupos dirigentes del país, los que toman o imponen las decisiones más importantes que afectan al conjunto de la sociedad mexicana, nunca han admitido que el avance pueda consistir en la liberación y el estímulo de las capacidades culturales que realmente existen en la mayoría de la población. Nunca se han planteado que el desarrollo signifique precisamente crear las condiciones para que crezcan y fructifiquen con plenitud las diversas culturas indias, regionales y populares que han hecho posible la sobrevivencia de la inmensa mayoría de los mexicanos. Una mentalidad colonizada, sustentada en un orden de dominación que los beneficia, ha impedido a esos grupos dirigentes considerar cualquier alternativa cultural que se aparte del esquema occidentalizado que asumen rígidamente por incapacidad, por conveniencia, por sumisión o, en el mejor de los casos, por simple ceguera ante la realidad propia.

Lo que se ha propuesto como cultura nacional en los diversos momentos de la historia mexicana puede entenderse como una aspiración permanente por dejar de ser lo que somos.[4]

La primera y la segunda parte de este escrito tienen sólo el propósito de que las y los lectores mexicanos, indígenas o mestizos, reflexionemos sobre lo que somos y quisiéramos ser.

*Académica y expresidenta del Impepac (2014-2020)

  1. Guillermo Bonfil Batalla (1935-1991) Etnólogo y antropólogo mexicano, estudioso del indigenismo mexicano.

  2. Lira, Andrés. Los bosques en el virreinato. https://sitios.colmich.edu.mx/relaciones25/files/revistas/041/AndresLira.pdf pág.118

  3. Ibid. pág.120

  4. Guillermo Bonfil Batalla (1989). “México Profundo. Una civilización negada”, pág. 78, 2da edición, FCE

Ana Isabel León Trueba