¿Qué hacer cuando tus sueños caducan?

 

Dicen que hay que tener cuidado con lo que sueñas, porque podría hacerse realidad. Por esa misma razón dejé de hacer Vision Boards o “tableros de visualización”. Hace veinte años no los llamábamos así ni se hablaba tanto de “manifestar” o “visualizar”. Eran simples collages hechos con revistas viejas, imágenes que pegábamos en una cartulina creyendo que eran mapas hacia un futuro mejor, como si estuviéramos negociando con el destino.

Lo mío empezó como una casualidad. Tenía 17 años y vivía en el Comité Olímpico Mexicano, un lugar donde los sueños siempre tenían forma de medallas y venían acompañados de disciplina y un dolor físico constante. Mis días estaban marcados por entrenamientos intensos y sesiones de fisioterapia que debía tomar por una distensión de ligamentos que no me daba tregua.

En una de esas sesiones, un atleta cubano me dijo, medio en broma, medio en serio, que recortar fotos de lo que deseabas y pegarlas en la pared junto a tu cama ayudaba a enfocarte y materializarlo. Me sonó a algo entre superstición, brujería y broma, pero había algo en su tono que me hizo querer intentarlo.

Sin darme cuenta, inauguré una tradición. Cada año hacía mi tablero de sueños, como un pequeño ritual privado entre mi imaginación y el destino. Era mi forma de sentarme frente al universo y decirle: “Esto quiero, ¿me puedes ayudar?”.

Recuerdo claramente el último tablero que hice, una cartulina llena de sueños que, en ese momento, parecían la fórmula perfecta para la felicidad. Pegué la foto de una boda porque quería que mi mejor amiga se casara. Pensé: «Quiero ir a una boda». También recorté la imagen de una mujer delgada, porque bajar de peso siempre había sido mi pendiente eterno. Añadí fotos de Europa, paisajes alpinos, el mar Mediterráneo y calles medievales. Pegué un paracaídas porque soñaba con saltar al vacío y, por último, un coche nuevo que, a mis veinte años, era sinónimo de éxito.

Y, casi como magia, todo se cumplió. Mi amiga no se casó, pero yo sí. Conocí a un hombre, me enamoré, me comprometí y, en un año y medio, estaba casada y viviendo en Europa. Bajé de peso, estrené un coche y caminé por muchas ciudades europeas. Lo único que no hice fue saltar en paracaídas.

Pero no toda magia es buena. Mi matrimonio no resultó ser un sueño, sino una lección. Viví uno de los peores años de mi vida en Europa. Tuve un ictus, me sentí sola, enferma y profundamente infeliz. Mis sueños me habían llevado hasta allí, pero aprendí que no todo lo que deseamos nos conduce a la felicidad.

Desde entonces, dejé de hacer Vision Boards. Pero hace unos días, leí un artículo de National Geographic que hablaba sobre cómo la visualización podría tener una base científica. Decía que imaginar activamente el logro de un objetivo activa las mismas áreas del cerebro que la acción real. Era algo relacionado con la neuroplasticidad, con la capacidad del cerebro para reorganizarse y formar nuevas conexiones, fortaleciendo las redes neuronales asociadas con el comportamiento deseado. Por primera vez en años, pensé: “¿Y si lo intento de nuevo?”.

Así que me senté frente a unas revistas y comencé a recortar, pero esta vez no había bodas, ni coches, ni viajes exóticos. Sorprendentemente, me encontré con una foto de un paracaídas y me detuve. Siempre había dicho que algún día lo haría, pero al mirarla me di cuenta de que ese sueño ya no me pertenecía. No era rendirme, simplemente era aceptar que ese sueño había caducado y que ya no resonaba conmigo.

Con veinte años deseaba sentir la adrenalina de saltar al vacío, pero la vida siempre encuentra la forma de llevarnos a lo alto y obligarnos a saltar sin paracaídas ni red. Saltamos cuando nos casamos sin certezas, cuando decidimos tener un hijo sin manuales, cuando renunciamos a un trabajo que nos consume, cuando emigramos dejando todo atrás, cuando elegimos divorciarnos y empezar de nuevo o cuando nos atrevemos a amar otra vez como si nunca nos hubieran roto el corazón. ¿No son esos saltos más reales, valientes y significativos que cualquier salto en paracaídas?

Entendí que no podía seguir repitiendo: «Mi sueño siempre ha sido saltar en paracaídas», porque ese sueño ya no me pertenece. Los humanos somos como cohetes que, para alcanzar el espacio y seguir subiendo hacia su destino, deben soltar partes de su fuselaje. Soltar no significa renunciar, sino liberar lo que ya no es esencial para seguir avanzando.

Dejé de lado la foto del paracaídas y busqué imágenes que me hacen sentir mariposas en el estómago, que me arrancan sonrisas nerviosas y que, de alguna manera, me asustan más que saltar desde un avión. Este año, mis sueños ya no están llenos de imágenes espectaculares, sino de retos que me emocionan de maneras más profundas y auténticas. Ya no busco llenar vacíos con lo que otros consideran éxito, ni hacerme fotos en sitios paradisíacos para mostrarle al mundo una realidad en la que no vibro. Ahora busco construir, paso a paso, la vida que realmente quiero, esa que resuena conmigo y me hace sentir viva.

Me he prometido revisar mis sueños cada año y preguntarme si siguen siendo míos o si es momento de dejarlos ir. Estoy convencida de que la verdadera magia no está en cumplir todos los sueños, sino en tener el valor de seguir soñando.

Hoy he soltado el paracaídas, ese fuselaje que cargué durante años creyendo que era mi sueño pendiente. Estoy lista para despegar de nuevo, para dejar que la vida me eleve tan alto como mi fe, mis esfuerzos y el amor que me rodea lo permitan. Este año no quiero límites, ni culpas, ni cargas innecesarias. Solo quiero esta mezcla perfecta de esperanza y valentía que me recuerda que algunos sueños caducan, pero muchos otros siempre encuentran la forma de hacerse realidad.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara