Su cóctel de plástico, ¿con todo?

 

Cuando pensamos en contaminación marina, casi siempre nos viene a la cabeza una tortuga con un popote atorado en su nariz o algún pez atrapado en una bolsa. Pero lo que no vemos (o más bien, lo que no queremos ver) está mucho más cerca de nuestro plato, de nuestro cuerpo y de nuestras decisiones cotidianas.

Un estudio recién publicado en la revista Ocean Sustainability acaba de prender los focos rojos sobre el Golfo de México; sí, ese mar que se siente tan nuestro, tan vivo, tan fuente de alegría y alimento, está repleto de microplásticos. Pero no es solo un problema estético o ambiental, es un problema de salud, de seguridad alimentaria, de justicia ambiental.

La investigación fue realizada con modelos computacionales avanzadísimos que rastrearon el movimiento de partículas plásticas microscópicas durante tres años. ¿Qué encontraron? Que la mayor parte de esta contaminación no viene de plantas de tratamiento, como solíamos pensar, sino de los ríos. Es decir, del continente. De nosotros. De nuestras ciudades. De nuestras acciones diarias que, aunque parezcan pequeñas, terminan en el mar.

El lugar más afectado está justo al oeste del Delta del Misisipi, una zona rica en biodiversidad, hogar de tortugas, delfines y especies clave para la pesca como el pargo rojo. Esta historia no es solo sobre cómo afectamos únicamente a la naturaleza, es una historia sobre lo que comemos. Porque esos peces que nadan entre microplásticos… terminan en nuestras mesas.

Lo más potente del estudio es que logró superponer los mapas de contaminación con los mapas de distribución de especies. Esa imagen, con colores y líneas y puntos, debería ser suficiente para entender que lo que hacemos aquí tiene consecuencias allá. Que cuando tiramos basura en la calle, cuando compramos cosas envueltas en capas innecesarias de plástico, cuando ignoramos el destino de nuestros desechos… estamos participando en esa historia de intoxicación lenta.

Y no solo eso. Este trabajo, liderado por la científica Annalisa Bracco y su equipo, nos da una gran herramienta: un mapa de acción. Porque al identificar los puntos de entrada de los plásticos, podemos pensar en soluciones específicas, urgentes y locales. No todo está perdido, pero cada día cuenta.

¿Por qué nos debería importar esto en Morelos, tan lejos del mar? Porque la contaminación plástica no respeta fronteras. Porque este mismo tipo de plástico que está en el Golfo ya se ha encontrado en nuestra sangre, en nuestros pulmones, en el cerebro humano. Porque entender cómo se mueven los plásticos en los mares es también entender cómo llegan a nuestro cuerpo. Y eso sucede porque, en Morelos, pese a que se han hecho intentos de estrategia de gestión integral de residuos en 2016, la aplicación real ha sido tibia o nula. El Estado todavía cuenta varios cientos (o miles) de tiraderos a cielo abierto y algunos rellenos sanitarios, aunque muchos sin control técnico adecuado, donde los desechos se depositan sin medidas de contención ni tratamiento adecuado. Aún más grave: la basura enterrada, simplemente acumulada o incluso incinerada en estos sitios (sobre todo plástico) contamina el suelo, los mantos freáticos y termina fragmentándose, liberando microplásticos que circulan por capas profundas y, eventualmente, incluso llegan al mar. Lo que tiramos en Morelos no se queda en Morelos. Esos residuos, sobre todo el plástico, se degradan lentamente, liberan microplásticos y contaminan el suelo, el agua y el aire. Con el tiempo, pueden viajar por ríos o corrientes subterráneas hasta terminar en cuerpos de agua mucho más grandes, como el Golfo de México. Así ue hablar de microplásticos no es hablar de una amenaza lejana. Es un sistema en el que hemos normalizado lo desechable. Que ha hecho que nuestro consumo tenga consecuencias invisibles pero profundas.

Decir que el Golfo de México está amenazado es un espejo. Y como toda buena ciencia, este estudio no nos deja solo con la tragedia, también nos da caminos. Ojalá los sepamos seguir.

Una taza de vidrio con comida

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Imagen cortesía de la autora

Karime Díaz