—Sí, las conocí, fuimos amigas, tenían carnicería en el mercado viejo —responde con agilidad mental cuando me presento como sobrino de Pachita e hijo de Chucha, las hermanas Camacho Hermosa.

Pongo en sus manos los dos tomos de JOJUTLENSES.

¿Me los regala? —pregunta sin dejar de ojearlos—. ¡Gracias! Mejor leer que ver televisión —agrega.

—¿Usted cómo se llama?

—Adulfa Enríquez Manjarrez. ¡India de Cuetzala, Guerrero! —dice con énfasis—.

—¿Cuándo nació?

—En septiembre, un 27 de 1927, esos números nunca se me olvidan.

—¿Quiénes fueron sus padres?

—Fui hija de Leobardo Manjarrez al que no conocí. Bueno, voy a descubrir cosas —advierte—. Él era casado y mi mamá era joven, bonita y sola. Mi tía me fue a registrar. Mi mamá se llamaba Damascena Enríquez Santana.
—¿En Cuetzala hizo la primaria?
—A la escuela solo fui dos días. Mi mamá tenía fonda y nos ponía a ayudarle.
—¿Cómo y cuándo llegó a Jojutla?
—Mi hermana Petra después de casarse se vino a vivir a Jojutla. En 1939, cuando yo tenía doce años, Petra regresó a la feria del pueblo y me trajo con ella a la colonia Zapata. Después le dijo a mi mamá que viniera para el Día de las Madres, y ya no la dejó regresar a Cuetzala, porque allá se vendía poco y aquí sí había venta en el mercado viejo donde a mí me puso a vender tortillas blancas bien bonitas que ella hacía.
—¿Dónde las vendía?
—Atrás del mercado viejo, junto a las chiteros que vendían barbacoa de chivo. Ponía mi chiquihuite sobre un banquito.
—¿Cuánto tiempo vendió tortillas?
—Hasta que me robó el que fue mi marido.
—¿Cómo estuvo eso de que se la robó?
—Le explico. Él platicaba y vacilaba con otras chamacas tortilleras relajientas, se la pasaban risa y risa. Una tarde que terminé de vender me siguió y ahí fue donde me empezó a hablar. Al otro día las otras tortilleras me echaron de habladas.
—¿Y usted qué les contestó?
—Me sigue porque quiere. Si ustedes no quieren que me siga, amárrenselo a los calzones.
—¿Cuánto tiempo duraron de novios?
—Un año, hasta que él, acompañado de sus padres y del cura se presentó ante mi mamá a pedirme. Ella contestó que al año regresaran por la respuesta.
—¿Por qué doña Damascena no quiso darla?
—Una vecina le contó que su padre, don José Martínez “El Mocho” trataba mal a las nueras, que en El Jaral, Guanajuato, le tumbaron la mano por agredir a una señora.
—¿En verdad era malo?
—A lo mejor él fue malo allá en El Jaral, pero aquí se civilizó. A mí me trató bien, lo mismo doña Margarita García.
—Volvamos al día que se la robó. ¿A dónde se fueron?
—A la vecindad de Los López, enfrente del mercado viejo. Me encerró en un cuarto repleto de mazorcas hasta que en la noche su prima Emperatriz me depositó en su casa. A él por denuncia de mi mamá lo metieron preso. Luego nos casamos.
—Su acta de matrimonio dice que se casaron el 26 noviembre de 1942.
—Sí, tenía poquito más de dos años de haber llegado yo a Jojutla.

—O sea, tenía dos meses de haber cumplido quince años. ¿Al cuánto tiempo se embarazó?
—A los ocho meses.
—Platíquenos de su esposo —le pido.
—Se llamaba Plácido, le decían “El Camagua”, fue jornalero en el campo, plantaba y cortaba arroz, hacía piloncillo en el trapiche de Rafael Marure. También se fue de bracero a Estados Unidos, allá fue peón de vía. Fue muy trabajador. Con el dinero que enviaba mandé construir una casita en el terreno de mis suegros, en el número 2 de la calle Mina.
—Es decir, le daba buena vida a usted.
—Ni tanto, era enamorado. En el brazo derecho tenía tatuado el nombre de Eva, una mujer de la zona roja. Eso sí, nunca me pegó. Lo intentó una vez, cuando a deshoras llegó exigiendo que le diera de tragar y me tiró una cachetada que esquivé y con una cosa filosa le rasgué la camisa. Le reclamé que en lugar de que llegara con la cola entre las patas entraba muy garboso. Con eso tuvo para nunca más alzarme la mano. Supo de lo que yo era capaz a pesar de estar chamaca. Yo no era mala sino que no me dejaba. Esa única vez yo estaba cuidando a mi suegra porque la había dado un dolor muy fuerte.
—¿Cuántos hijos tuvieron?
—Cinco en los trece años que viví con Plácido, hasta que Roberto Barrios El Hueso, también enredado con la mentada Eva lo mató de un balazo en el estómago; el hijo más chico, José, tenía dos años. Saqué a hijos adelante como Dios me dio a entender. Lavé y planché ajeno. Vendí tostadas en el negocio de mi mamá, que ya tenía fama de vender buen pozole y además diariamente me daba leche y pan para mis hijos.
—El asesino ¿pagó su crimen?
—Lo agarraron, pero al otro día lo soltaron por influencias. Un día lo vi con unos amigos afuera de la Casa Pacheco y lo reté. Hijo de tal por cual, si de verdad eres valiente deja tu pistola y vénteme. Él solo se rió nerviosamente. Dejaste a mis hijos sin padre, pero lo vas a pagar con Dios. Acabó loco, arrancándose los cabellos de la cabeza.
—Usted enviudó muy joven, a los 28 años de edad, ¿se volvió a casar?
—Ya no. Tuve lo que se dice un volado con un señor casado que me ayudó mucho, con él tuve un hijo. Después viví con Manuel Pérez y con él tuve el último hijo. Toda mi descendencia nació con ayuda de la partera Reyna Javier, en el número 109 de la calle H. Preciado, cerca de la Casa Ejidal.
—¿Su mamá también vivió muchos años, como usted?
—Poco antes de morir ella dijo tener 88, pero para mí que tenía muchos más. Hasta el año 2012 dejó de vender pozole y tamales. Trabajaba mucho.
—A usted recuerdo haberla visto vendiendo en el mercado nuevo.

—Sí, por muchos años vendí pancita de res; los fines de semana me llegaban muchos turistas crudos, uno de ellos fue el actor Alfonso Zayas y dijo que nunca antes había disfrutado una pancita tan sabrosa.

También me acuerdo que vendió tepache de piña.

—Ah, sí. Y lo tomaba, es refrescante y bueno.

Dicen que el tepache previene agruras, malestares estomacales y que mejora el proceso digestivo porque contiene pro bióticos y quizá a eso debe que usted llegue sana y entera a los 98 años.
—Pues quien sabe, pero el chiste es que sobreviví al COVID, estuve grave quince días. La libré en casa, con los cuidados de mi familia. De lo único que padezco es de mis rodillas y de presión alta. No soy diabética. Tengo buen apetito, veo bien. Me gusta el baile. Una noche me llevaron a la feria de Zacatepec y me pude zangolotear desde mi silla de ruedas que ya necesita reparación.

Un par de personas sentadas en un sofá

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Foto: Cortesía del autor

Julián Vences