Monroy, un gran artista, con o sin los Fridos (Segunda parte y final) 

Queridos amigos, en esta segunda entrega, sigo con los mejores renglones de aquella entrevista que le hice a Guillermo Monroy hace unos años y aunque publicada en otro medio en aquel entonces, la rescato y actualizo con nostalgia por su fallecimiento. Y verán, luego que se cierra el capítulo de Frida en su vida, llega al fin Monroy a esta ciudad donde es cofundador del Instituto Regional de Bellas Artes de Cuernavaca (el IRBAC) a donde ingresa como maestro de varias generaciones de jóvenes pintores a los que formó.  

En esa plática, por más que trataba yo de hacer a un lado los recuerdos de Frida y aun ya hablando de otros temas, la Kahlo, a la distancia, se colaba a la conversación sin pedir permiso lo que hacía feliz al inolvidable Monroy. De repente, con luz en su mirada, le escuchaba decir: “El salón de clases en La Esmeralda, se iluminaba cuando ella entraba”.  

Y ya se siguió: El primer día de clases cuando la acompañó el maestro Antonio Ruiz ‘el Corzito’, que era directivo, nos dijo delante de él: ´No soy maestra, así es que todos aprendan de todos, yo observaré y criticaré su trabajo por lo que los invito a visitar museos y a exposiciones para que conozcan obras maestras y también a que visiten sitios arqueológicos para que observen el trabajo de grandes artistas y de esa forma aprendan a pintar´. Como maestra, -continúa Monroy-, Frida era exigente y muy entusiasta pero seria”.  

A sus casi 98 años que tenía cuando lo visité por primera vez, –murió en Cuernavaca, Morelos el pasado 11 de enero a los 102 años–, el Frido Monroy, además de pintor y muralista, fue grabador, fotógrafo y artesano. Y ese día me compartió la preocupación de todos sus alumnos ante el creciente deterioro de la salud de Frida lo que, un día la hizo anunciar que dejaría de asistir a dar clases.  

“Sus alumnos decidimos no aceptar un suplente y le pedimos si nos podía seguir dando clases en su casa lo que aceptó encantada, nos lo demostraba al llegar con ella cada mañana. Le daba tanto gusto que nos preguntaba si ya habíamos desayunado y en ocasiones, la acompañábamos también a comer”, –de pronto Monroy se queda en silencio, luego con una vehemencia salida del corazón, añade: “México, en ese entonces vivía una época ´Roja´. Casi todos sus alumnos veníamos de hogares sencillos con padres obreros como en mi caso y todos éramos del Partido Comunista. Íbamos a las marchas y vivimos plenamente esa efervescencia política”. 

Coautor de los murales del edificio de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCyT), Monroy junto con el maestro Juan O’ Gorman “y varios de los jóvenes que en ese tiempo pertenecíamos al Taller de Integración Plástica que dirigió el también maestro José Chávez Morado, estábamos en el Frente Nacional de las Artes Plásticas. Por la misma época fui ayudante de Olga Costa en los murales del Balneario de Agua Hedionda en Cuautla y en el Museo de Tlaxcala. Incluso hace unos años me distinguieron con un homenaje que titularon: ¨Monroy, un Frido entre dos siglos¨ “. 

Después de haber trabajado en los Institutos de Bellas Artes de Chiapas y Acapulco aquí en Morelos, por su experiencia, se volvió un maestro imprescindible. A decir de varios de sus alumnos del IRBAC, Monroy nunca faltó a una sola clase y tenía un gran sentido del humor. Era un maestro de los que al terminar su clase no se retiraba. Con respeto a los maestros, creó un gran ambiente en el plantel y así pasaron los años. Ya para terminar más que plática, confesión del gran Frido, refiere: “El día que me jubilé, llevé a mis alumnos al Parque Melchor Ocampo, les pedí a cada uno que pintara un árbol. Ya de regreso al IRBAC, nos despedimos todos llorando”.  

Ya retirado, Monroy recibió numerosos reconocimientos, uno de ellos, el que aseguró más le emocionó fue el ser nombrado Caballero Águila con grado de Tlacuilo en Cuernavaca”. Y de manera lúcida, con una memoria de excepción, inteligente, apasionado y generoso con la vida, este artista al margen de haber sido un luchador social, un trabajador de las artes plásticas como él se define, un permanente revolucionario en contra de los explotadores y siempre fiel a su ideología de izquierda que jamás abandonó ya para termina, me dice: “Amo por igual la música popular y la del Brinco del Chinelo que la de Beethoven, Stravinsky y  Revueltas pero sobre todo amo la música de mi hijo Guillermo Diego la que cuando estoy solo me encanta escuchar”. Al despedirme le menciono: -Monroy me dicen que ya tiene usted una página de internet-, él me contestó a su manera y con una gran sonrisa: ´Y ya pa’ qué´. Y hasta el próximo miércoles.   

En esta imagen Guillermo Monroy, ya con su vista cansada de tanto ver, muestra a la autora una imagen que le llamó la atención y la quiso compartir con Lya para que se la describiera.  Foto: José Luis Castillo.

    

Lya Gutiérrez Quintanilla