
A su muerte, a Frida la cremaron entre las canciones que tanto amó: Guillermo Monroy (Primera parte)
El hogar del pintor y muralista Guillermo Monroy (1924-2026), aún se encuentra detrás de un muro de tabiques rojos de la céntrica calle de Leandro Valle, en Cuernavaca. No sabía dónde vivía. Lo busqué y lo encontré. Un chofer de taxi me dijo: “Es mi cliente. La llevo a su casa”.
Al trasponer el portón verde sin timbre, para llegar a su departamento había que bajar unos escalones y al fondo del jardín, se alza un edificio de apartamentos de tres pisos. Subo dos tramos de 36 escalones en total: “¿Y los sube y baja el maestro a su edad?, pregunto. “Sí”, responde, su único hijo el compositor, músico e intérprete de guitarra clásica, Guillermo Diego Monroy, “Le encanta salir, ver gente y platicar”, comenta.
Tan pronto entramos al bonito pero sencillo departamento, acorde a su personalidad de artista y luchador social del México Rojo que él vivió como alumno de Frida Kahlo y ayudante de Diego Rivera, “de vez en cuando”, lo contemplo lleno de luz y arte. A un lado, sobre un caballete con pinceles y pinturas, queda, aunque a medias, una obra de Monroy.
Ahí, sentado, con lentes negros –ya estoy muy mal de la vista-, me recibe Monroy. “A mí que nadie me diga señor o don, solo Monroy, a secas”. Lo dice con una sonrisa tan larga como su blanca barba. Tan pronto me siento frente a él, comienza a responder tan rápido que apenas me da tiempo a prender la grabadora. Inicia con su evocación de Frida. “Su enorme personalidad, mexicanísimos atuendos, pero sobre todo su energía y su actitud positiva llena de luz ante la vida pese a los dolores que la acompañaban siempre lograba que sintiéramos por ella, además de admiración, un enorme respeto. Ella hacía a un lado y ocultaba con donaire, cualquier rictus de dolor. La recuerdo como una flor, con una sonrisa llena de sol, animándonos siempre a pintar.”
Además de haber sido Frida Kahlo una maestra muy original en la enseñanza de la pintura, “pinten como quieran pero que les salga bien”, Monroy uno de los dos alumnos sobrevivientes de la carrera de Artes Plásticas de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, -el otro es Arturo Estrada (1925)-, la frecuentó casi hasta su muerte. Narra en esta amena plática que tan pronto la vio llegar el primer día de clases, quedó extasiado: “Claro que me enamoré de ella, con todo respeto, como otros de sus alumnos, ese día Frida vestía con un precioso vestido de tehuana con grandes flores amarillas en la cabeza.”

“Era tan bella que cuando nos invitó a buscar modelo para pintar al desnudo, yo le dije: Maestra, con todo respeto, es usted una mujer tan hermosa por qué no nos permite pintarla. Ella, seria, respondió: Si todos sus compañeros están de acuerdo, adelante. Y sí, todos lo estuvimos. Desafortunadamente esos dibujos apenas como bocetos guardados en La Esmeralda en un locker, un buen día desaparecieron de allí”.
Oriundo de Tlalpujahua, Michoacán, -ha radicado en Cuernavaca por más de medio siglo y aquí murió-, confiesa: “Aquellos tiempos de los años 40s y parte de los 50s, eran muy politizados; los jóvenes de entonces que participamos en movilizaciones, aunque no teníamos una ideología precisa, sentíamos las ganas de mejorar las cosas. Mi padre era un modesto obrero, así que yo sabía de carencia y desde joven fui inconformista. Ya después, escuchando a Frida y al maestro Diego fui orientándome hacia una ideología más de izquierda con mayor conocimiento.
“Y sabe una cosa, -pregunta-, lo mejor que aprendí de ellos fue su estilo de vida. A sus alumnos nos decía: ´Traten de ser felices, échenle ganas convencidos a todo lo que hagan´. Aprendí de ellos también su compromiso social con sus ideales del partido comunista al que, sin embargo, Kahlo nunca quiso ingresar, simplemente no quería, decía que ella no era de partidos. Pese a ello cuando murió, por cierto, el 13 de julio 1954, otro de los Fridos, -así nos llamaron a sus alumnos-, Arturo García Bustos, le colocó sobre su féretro la bandera roja con la hoz y el martillo.
“En ese entonces la militancia política marchaba de la mano con el arte, dos o tres veces acabé en la cárcel por mi participación política. Incluso Frida que no simpatizaba para nada con Stalin, no por ello dejó de estar muy ligada a la Unión Soviética, sin embargo, fue tan auténtica que la alabaron personajes como Nelson Rockefeller, Picasso y León Trotsky al que trató mucho aquí cuando llegó a México gracias a que Diego, su marido, intervino ante el presidente Lázaro Cárdenas, el único que le dio asilo cuando el resto del mundo se lo negó por temor a Stalin.
“Al morir Frida, luego del homenaje que se le hizo en el Palacio de Bellas Artes y ya en el Panteón Civil de Dolores, la bajamos en hombros al Crematorio. Ahí nos pidió Diego que mientras entraba el cuerpo de Frida al horno, cantáramos bien fuerte las canciones que tanto le gustaban a su esposa, así es que entre el Adiós mi Chaparrita, Yo ya me voy, La Rielera y otras más, su hermoso cuerpo fue convertido a cenizas. En la cantada, a todo pulmón y aguantando las lágrimas porque teníamos que ser fuertes, participaron también los maestros Diego y Siqueiros entonando esas canciones. Así fueron las cosas”. Concluye Monroy ese primer encuentro, aquejado de fuerte bronquitis acompañado de una terca tos que se negaba a dejarlo. Hasta el próximo miércoles.


