

Después del Gral. Cárdenas entró la corrupción al Ingenio de Zacatepec. 2ª. Parte.
Fíjense queridos amigos que por lo general hablar de la Revolución del Sur es referirnos al general Emiliano Zapata y creo que es justo recordar que, en su camino al reconocimiento mundial, al gran líder lo apoyaron héroes anónimos que pasaron penurias y arriesgaron la vida misma sin flaquear jamás. Más aún, tras su asesinato, no solo no lo traicionaron para ser aceptados por la federación y lograr prebendas, sino que siguieron leales a su recuerdo… y sus descendientes también.
Este es el caso del general brigadier Manuel Reyes Castañeda Mendoza y su familia, al que en vida no alcancé a conocer, murió en 1963, pero sí a su hijo don Amado Castañeda Ortiz al que entrevisté en mis comienzos como reportera e incluso hoy, su nieto Arturo Castañeda Paredes de 52 años, me comparte, para ustedes varias fotografías. Sigo con la entrevista a don Amado Castañeda, el hijo del general.
“Muerto el líder, la preocupación era de qué iban a vivir sus seguidores sin ayuda oficial alguna. La inauguración el 5 de febrero de 1938 del Ingenio Emiliano Zapata en Zacatepec por el general Lázaro Cárdenas logró de inmediato trabajo a gran parte de los sobrevivientes sin embargo la honestidad con la que se creó solo duró durante su presidencia, después de él, la corrupción entró. Así es que mi padre, que por su rango de general brigadier del Ejército Libertador del Sur tenía un salario digno, al ver las corruptelas decepcionado dejó el ingenio y nos volvimos a mudar, ahora a Cuernavaca al barrio de Tlaltenango, a la Calzada de los Reyes # 9”, -donde iniciamos la segunda etapa de esta entrevista-. “Casita que conservamos en la familia desde 1942, ya tenía yo 11 años y en ese barrio terminé mi primaria en la Escuela 18 de Marzo.
“Ya en Cuernavaca, -continúa don Amado narrando-, mi padre fue a saludar al general Genovevo de la O que vivía en Santa María Ahuacatitlán, era el amo de esa región al norte de Cuernavaca, lo frecuentó varias veces y por pundonor nunca le pidió una fracción de terreno, ni don Genovevo se la ofreció. Yo mientras tanto, buscaba cómo ayudar en casa. Cargaba canastas en el mercado que estaba en la calle de Guerrero. Las amas de casa norteamericanas daban muy buenas propinas. Así, por la pobreza que vivíamos en casa, dejé mis estudios y me dediqué a apoyar a mis padres y además con la instalación de un pequeño estanquillo en la casa pudimos irla pasando, mientras tanto mi padre se movía para lograr un apoyo oficial.
“A través de sus encuentros con distintos militares zapatistas se fueron organizando y desde 1947 se dedicó a viajar de Cuernavaca a México y viceversa con el único fin de que fueran considerados para recibir las pensiones que el gobierno otorgaba a los defensores de la República y a sus descendientes, pero no a los zapatistas que solo recibían negativas. El burocratismo y la mala fe de los empleados de gobierno, muchos de los cuales pertenecieron al ejército de Venustiano Carranza, enemigo acérrimo de Zapata, les hicieron la vida imposible”.

-¿Cómo les hacían la vida imposible? -, pregunto. Don Amado responde: “Nunca salían sus reconocimientos, pareciera que la contienda y los enconos surgidos en los tiempos de la revolución seguían décadas después. Mire usted, -menciona a quien esto escribe-, al final de sus gestiones, la última petición que el gobierno les hizo a los militares zapatistas figúrese usted –me dice–, fue tener que presentar documentos avalados por algún personaje maderista, huertista o cualquier testimonio de las fuerzas carrancistas, nada que viniera del General Emiliano Zapata lo reconocían. En todos los discursos políticos se oía como alababan al Caudillo del Sur, puras palabras, porque en los hechos seguía siendo el enemigo del gobierno de México.
“Ese rechazo obligó a los sobrevivientes, entre ellos a mi padre el general, a seguir luchando no con las armas, sino con la fuerza de la palabra en todos los ámbitos. Así conoció a otros generales y decidieron continuar con un Frente Zapatista, pero ahora a nivel nacional. El general morelense nacido en Axochiapan, Benigno Abúndez Chávez fue su primer presidente, al conocerlo y saber todos que era un zapatista de corazón, –refiere don Amado–, les hizo renacer la esperanza de que al fin les darían un trato digno.
“Y tras dos años de papeleo, de llenar formas y formularios, escritos y solicitudes, en octubre de 1949, por fin, recibió mi padre una carta de la Secretaría de la Defensa Nacional donde se le reconoce como Veterano de la Revolución, acreedor a un Diploma al Mérito y a una Condecoración gracias a ese papel con su nombramiento firmado por el Jefe, ya restaurado por el INAH Morelos. Al mismo tiempo, por sus méritos y gestiones, mi padre el general, recibe la Legión de Honor Mexicana el 23 de febrero de 1950. Todo un avance, pero de pensión económica como la que recibían sobrevivientes de los demás caudillos, nada”.
Seguimos el próximo miércoles.
En esta imagen aparece don Amado Castañeda Gómez, el hijo del general brigadier Manuel Reyes (por haber nacido el día de los Reyes Magos) Castañeda Mendoza, quien en los años 80 concedió a la autora de esta entrevista, un verídico relato de las vicisitudes que pasaron los sobrevivientes zapatistas. Foto: Cortesía de Arturo Castañeda Paredes, el nieto del general e hijo de don Amado, para ser publicada en esta columna.

