El restaurador de La Habana Vieja que tanto amó a México

 

Al estar en 2008 en la Biblioteca Nacional José Martí en La Habana, preciosa tierra de mi abuela paterna, y a punto de presentar mi libro “Los Volcanes de Cuernavaca” en su auditorio, pregunté quién era el autor del embellecimiento que estaban realizando en parte de esa ciudad: “Eusebio Leal”, me respondieron. En ese momento me hice la promesa de algún día escribir sobre él. Hace tres días que coincidí con el joven de 31 años, ingeniero y que se desempeña en la gestión del patrimonio cultural cubano, Arsenio Manuel Sánchez Pantoja, lo cumplí. De visita en México por cuestiones cultural-patrimoniales, quiso conocer Cuernavaca. Al saber, quien esto escribe, que trabajó con Leal directamente los tres últimos años de su vida y sigue laborando en su oficina, reportera al fin, de muy buena manera, le dije: “Ud. no se me va sin que lo entreviste”.

Y en la plática que siguió queridos lectores, me fue develando lo mejor de un hombre conocido como el restaurador de La Habana, quien durante más de cincuenta años, –comenzó a los 25 de edad-, se dedicó al inmenso trabajo de devolver la belleza, pese a enormes dificultades económicas, en la zona que comprende el centro histórico, labor que su muerte interrumpió el 31 de julio del 2020 “aunque no pudo cerrar todos sus proyectos, logró ver la mayoría ya cumplidos y los que no pudo siguen bajo el liderazgo de la Arq. Perla Rosales a la que Leal dejó en su lugar antes de morir”.

Hace cinco años de su ausencia, ¿qué ha pasado Arsenio?, pregunto: “Mira chica, su ausencia es tan solo física”, –puntualiza-, “porque Eusebio, a pesar de su fallecimiento, sigue presente en la Isla entera porque dejó escuela, dejó doctrina, dejo pasión y misión en las generaciones que él formó. Y todo eso, no solo lo heredamos y aprendimos de su mano, sino también su amor por el patrimonio cubano que es la identidad misma de la nación”. Con estas palabras continuamos esta plática muy de Cuba.

-¿Sentía Leal algún acercamiento con México?-, pregunto. “Era grande lo que Leal sentía por México Lya”, me dice. Respecto a su amor por este gran país, debo confesar que la única otra nacionalidad que aceptó en su vida, además de la cubana, fue la de México. Amaba entrañablemente a este país y uno de sus primeros proyectos insignia es la Casa del Benemérito de las Américas Benito Juárez, conocida como Casa de México que se ubica en la misma Habana Vieja y que se inauguró el 1º. de noviembre de 1988 ante la presencia del comandante Fidel Castro y el presidente de México, Miguel de la Madrid Hurtado”.

Arsenio Manuel quien sigue su labor con la coordinación de la llamada Red de Oficina del Historiador y del Conservador de las Ciudades Patrimoniales de Cuba, continúa narrando: “Era tanto su apego a la cultura e historia de México, que recién se publicó en su honor el libro: México en el Alma Leal de Cuba, de los autores Magda Resik Aguirre y Miguel Hernández Montesino donde destacan que Leal definía que las relaciones entre Cuba y México ´eran tan Inseparables como el alma del cuerpo´”.

Describa por favor –le pido-, un día de trabajo de su ex jefe: “Chica, conocía La Habana como la palma de su mano, la recorría siempre a pie, no solo para identificar las acciones que había que realizar sino también para planear nuevos proyectos. No solo eso, le encantaba estar en contacto directo con la gente. Siempre era reconocido y saludado, pero también escuchaba lo que la comunidad le trasmitía, incluso en ocasiones, problemas de carácter personal que en su oficina también se atendían.

“A diario vestido de gris, al igual que los sencillos constructores, andaba por las calles generalmente solo. Nunca tuvo guardaespaldas, era tan querido que no necesitaba protección. A pesar de que tenía chofer por sus ocupaciones, casi nunca lo utilizaba, él mismo manejaba un pequeño Peugeot que Fidel le regaló. No le gustaba andar con nada en la mano, si alguien le entregaba algún documento, nota o carta, al primer colaborador que se encontraba le decía que se lo llevara para la oficina. No le gustaban los celulares, ni las computadoras, revisaba sus correos electrónicos y enviaba las respuestas dictándolas a sus colaboradores”.

Le pregunto a Arsenio qué es lo que más orgullo le dejó el trabajar con él. Responde, sin pestañear siquiera: “lo fundamental fueron sus permanentes enseñanzas, siempre exigiendo que se preserve todo patrimonio tanto el local, nacional como el de valor universal. Eso me ha motivado a seguir con mi proyecto Isla Patrimonial para el rescate del patrimonio en la Isla de la Juventud. Otro elemento de orgullo para mí, fue la perseverancia y esfuerzo sin límite, fue su desvelo en su última gran obra la restauración total del Capitolio de La Habana desde lo más alto de la Cúpula, bajando por todos sus recintos, hasta llegar a la ´Cripta del Mambí Desconocido´, (Mambí es el soldado que luchó en las tres guerras de Independencia cubana), monumento funerario y memorial que honra el sacrificio de los héroes anónimos”.

“Por eso –continúa Arsenio Manuel-, la obra de Leal no fue solo el restaurar piedras o muros, vigas o incluso inmuebles completos, sino restaurar almas, como lo dijo la poetisa cubana Fina García Marruz: “En su sacrificio humilde, en la entrega tenaz de sus horas, en la vehemencia prometéica con que ama a La Habana, Eusebio Leal, como en tantas otras cosas, ahí es donde está su huella. Cuando lo olviden los hombres, todavía lo recordarán las piedras”. Con esto termino esta entrevista. Hasta el próximo miércoles.

En esta imagen aparece Eusebio Leal con Fidel Castro, ambos de saco y corbata, mostrándole un ejemplar del libro “Para no olvidar” (curiosa coincidencia con el nombre de mi columna) que es una recopilación de fotos del Antes y Después de todas las obras que impulsó el historiador y restaurador de La Habana Vieja. Foto tomada de Habana Radio, emisora de la Oficina de don Eusebio, proporcionada por la autora para su publicación.

Lya Gutiérrez Quintanilla