

Ciudades esponja: la lección de esta temporada
Las lluvias intensas de los últimos días han puesto a prueba a ciudades y comunidades de todo el país. En Morelos, después de meses de calor y sequía, la llegada de estos aguaceros ha sido un alivio para los campos, los ríos y las presas. Sin embargo, el agua que tanta falta nos hace muchas veces se nos escapa entre inundaciones, drenajes saturados y escurrimientos que se pierden rumbo al mar, cargando consigo basura y contaminantes. Lo que hoy recibimos como una bendición, mañana puede convertirse en un problema si no cambiamos la forma en que gestionamos el agua de lluvia.
La Ciudad de México ofrece un ejemplo claro. Este verano ha roto récords: casi el doble de lluvia que el promedio mensual, tormentas que descargan 50 milímetros en apenas 20 minutos, y episodios como el del pasado 10 de agosto, cuando un aguacero paralizó durante más de cuatro horas el Aeropuerto Internacional, afectando a más de 15 mil pasajeros y más de un centenar de vuelos. Las imágenes de calles convertidas en ríos y estaciones de metro cerradas muestran que la infraestructura actual no está pensada para un clima tan extremo y variable. Y sin embargo, ese mismo volumen de agua, bien manejado, podría recargar acuíferos, abastecer cisternas y reducir la presión sobre el sistema Cutzamala.
En lugar de resignarnos a que cada temporada de lluvias sea sinónimo de caos, deberíamos aprovecharla como una herramienta de adaptación. La naturaleza ya nos da la pauta: los suelos, cuando están sanos y cubiertos de vegetación, infiltran el agua de forma natural. De ahí surgen conceptos como el de “ciudades esponja”, aplicados con éxito en lugares como China, que integran parques, humedales urbanos, techos verdes y pavimentos permeables para absorber, filtrar y almacenar el agua de lluvia. En Morelos y en la CDMX, esto implicaría restaurar cauces, recuperar barrancas, proteger zonas de recarga y rediseñar el espacio urbano para que el agua no sea vista como un enemigo, sino como un recurso.
En México ya existen esfuerzos que nos muestran el camino. En Xalapa, Veracruz, el proyecto de humedales artificiales en zonas urbanas ha permitido reducir inundaciones, filtrar contaminantes y crear espacios verdes comunitarios. En Guadalajara, el Parque Huentitán integra jardines de lluvia y pavimentos permeables que canalizan el agua hacia sistemas de infiltración. Incluso en la propia Ciudad de México, iniciativas como el Parque Lineal Gran Canal han comenzado a reconvertir infraestructura gris en corredores verdes que captan y retienen agua pluvial, mejorando el paisaje urbano y la calidad de vida.
En Morelos, municipios como Jiutepec y Cuernavaca podrían implementar estrategias similares: transformar camellones en áreas de retención, instalar jardines de lluvia en plazas públicas, aprovechar techos de escuelas y edificios municipales para captar agua, y utilizarla en riego o para servicios no potables. No se trata de proyectos costosos, sino de cambios de diseño urbano que, multiplicados, pueden marcar una diferencia en la gestión del agua y en la prevención de desastres.

La temporada de lluvias es, al mismo tiempo, un reto y una oportunidad. Si seguimos dependiendo únicamente de drenajes para expulsar el agua lo más rápido posible, perderemos un recurso vital y multiplicaremos los daños. Si, en cambio, la infiltramos, la almacenamos y la reutilizamos, estaremos construyendo ciudades más seguras, resilientes y con mayor seguridad hídrica. Convertir la emergencia en oportunidad es, quizá, la mejor lección que estas tormentas pueden dejarnos.
*Profesor, consultor y gerente general de AQUATOR

