Un amor imperecedero y sin límites brilla a mí alrededor como un millón de soles.

Llamándome y llamándome a través del universo.

(John Lennon. Across The universe)

Las manecillas del viejo reloj de la catedral parecían temblar. Las últimas horas de ese lunes 8 de diciembre de 1980 agonizaban entre el frío que exhalaba el clima, las sombras nocturnas se deslizaban como escarchas por las calles de la colonial ciudad. En una casa de la calle 1º de Mayo un grupo de amigos, alumnos de la Universidad Autónoma de Zacatecas, nos preparábamos para el próximo examen de Sistemas Eléctricos de Potencia. Mientras unos estudiaban, otros preparaban algunos bocadillos para aguantar despiertos las largas horas que anteceden al crepúsculo matutino. La consigna era aprovechar toda la noche. La vigilia sería casi total y al amanecer un refrescante baño nos dejaría listos para el examen.

El aroma del café se paseaba por la casa. El ambiente era fraterno y respetuoso. La música que transmitía la XELK, una de las radiodifusoras locales, tenía un volumen moderado. Eran pasadas las 11 de la noche cuando de repente la música de La Revolución de Emiliano Zapata enmudeció, los acordes de Nasty Sex se desvanecieron en el súbito silencio. Enseguida la trémula voz del locutor, Nicolás Reséndiz Solís, anunció: “Interrumpimos este programa para darles una lamentable noticia, hace unos minutos falleció John Lennon a causa de los disparos que le hizo un fanático. Más tarde proporcionaremos mayores detalles”. Luego de esa sorpresiva noticia la música se trasfiguró. Las armonías de Imagine no fueron suficientes para apaciguar el dolor, mucho menos para cambiar el hecho irreversible de que John Lennon estaba muerto. En esos momentos su espíritu ya deambulaba más allá de las sutiles fronteras terrenales, atendiendo las llamadas del universo y deslumbrado por sus millones de soles.

Todos suspendimos nuestras actividades, desconcertados y confusos por el fatal acontecimiento sólo intercambiamos miradas, no podíamos expresar con palabras la gran pena que en ese momento compartíamos. Así permanecimos durante unos momentos, sumergidos en el aturdimiento nadie acertó a decir algo oportuno para salir de ese pasmo.

Con la calma que trae el tiempo, los días siguientes se impregnaron con el consuelo de la música que dejó John Lennon. Las crónicas periodísticas del 9 de diciembre dieron testimonio de la espontaneidad que conglomeró a miles de personas en las cercanías del neoyorkino edificio Dakota, lugar donde vivía John Lennon y a cuya entrada fue asesinado. Un periodista describió la escena diciendo que el lugar asemejaba el santuario de Lourdes o una iglesia mexicana, por las abundantes flores depositadas y las luminosas velas encendidas en las vecindades del edificio. La gente sujetada al espíritu de John Lennon, a modo de plegaria, entonaba a coro sus canciones.

Después de esa agitada noche del 8 de diciembre de 1980 era difícil aceptar que el largo y sinuoso camino que había peregrinado John Lennon llegaba a su fin. Tratando de buscar alivio al dolor compartido algunos parecíamos escuchar su voz diciéndonos: “Así que, queridísimos amigos, tan sólo tienen que seguir, los sueños se acabaron.” Estaba claro que la vida tiene que seguir y que cada uno marca el ritmo e intensidad de sus propios respiros y pulsaciones. Pero también quedó claro que la vitalidad, creatividad y sensibilidad de Lennon ya era un legado a la humanidad.

Con Lennon aprendimos que el amor es real y se puede alcanzar y tocar; que el amor es libre y la libertad es amor; que es mejor hacer el amor y no la guerra; que todo lo que el mundo necesita es amor; que hay que dar el poder a la gente y que después de un largo, frío y solitario invierno llega el sol.

Imagen: collider.com

Francisco Javier González Quiñones