A pesar de vivir en sociedades formalmente democráticas, nuestras prácticas culturales revelan una persistente fascinación por estructuras feudales. Esta paradoja se manifiesta en el éxito masivo de producciones como Dune, donde casas nobles luchan por el control de planetas, o en la obsesión global con series como The Crown, que convierten los rituales monárquicos en espectáculo contemporáneo.

El atractivo de estas narrativas no es casual. Responde a necesidades psicológicas profundas: las jerarquías sociales claras ofrecen un mapa para navegar la complejidad del mundo moderno, proporcionando sensación de orden y pertenencia. Eventos como la Met Gala operan como cortes feudales del siglo XXI, donde las nuevas élites -celebridades, magnates, influencers- exhiben su estatus a través de elaborados rituales de exclusividad y consumo conspicuo.

Incluso en sistemas democráticos, el poder tiende a concentrarse en formas que recuerdan al feudalismo: dinastías políticas, fortunas familiares que atraviesan generaciones, redes de influencia que funcionan como modernas relaciones vasalláticas. Las plataformas digitales han creado incluso una nueva nobleza: los «influencers» como señores feudales de la atención, con sus seguidores como siervos de la era algorítmica.

Esta tensión entre democracia formal y mentalidad feudal plantea preguntas incómodas: ¿Realmente creemos en la igualdad, o solo la celebramos retóricamente mientras perpetuamos estructuras jerárquicas? ¿Nuestro consumo cultural revela una nostalgia por órdenes sociales más rígidos? La respuesta quizás esté en reconocer que el ser humano siempre ha necesitado tanto libertad como pertenencia, tanto movilidad social como rituales que den sentido a la existencia.

El desafío contemporáneo consiste en construir instituciones que satisfagan estas necesidades contradictorias sin caer ni en la ilusión de una igualdad perfecta ni en la resignación ante jerarquías inmutables. Comprender nuestro feudalismo cultural no es condenarlo, sino reconocerlo como parte fundamental de nuestra psicología social – un legado histórico que, como muestran Dune y Fundación, probablemente nos acompañará incluso en las galaxias más distantes.

ASAP Rocky llegando a la Gala del Met 2023. Foto: Jutharat Pinyodoonyachet para The New York Times

Gabriel Humberto Hernández-Bringas Ortiz