

Raúl
Cuando tenía 9 años, mi hermano me enseñó a jugar ajedrez. Un día se sentó conmigo en la sala de la casa, sacó un tablero de madera con piezas talladas a mano y me enseñó.
Me dijo:
—Lo primero que hay que hacer es elegir quién saca, es decir, quién mueve la primera pieza. Para eso se sortea. Elige una mano.
Y me mostró sus dos puños cerrados frente a mí. En cada uno había un peón de color diferente. Elegí la derecha. Al abrirla, se asomó un peón blanco, o más bien color madera. Como era de esperarse, la pieza blanca tenía la primera ofensiva. (Hasta en ese juego había privilegio.)
Durante una buena temporada jugamos cada tarde al menos una partida. Yo iba mejorando con los días, pero aún no lograba derrotarlo. Sin embargo, en cada nueva partida aprendía movimientos, estrategia. Cada día me volvía más fuerte.
Una tarde cualquiera, por fin pude vencerlo. Lo miré a los ojos y le dije:
—¡Jaque mate!
Eso significaba que había arrinconado a su rey y que no tenía escapatoria ni defensa posible. Recuerdo que se molestó muchísimo. Aventó el tablero por el aire y algunas piezas de madera se estrellaron contra el suelo, astillándose. Quizá pensó: ¿Cómo es posible que un crío me haya vencido?
Mientras mi yo de 9 años se agachaba a recoger las piezas rotas, se decía a sí mismo con orgullo: “Bien. Ya has aprendido a jugar ajedrez.”

Era una habilidad que pocos de mis compañeros en la escuela tenían, y que yo guardaba en secreto. Poco a poco me di cuenta de que aprender otras cosas que no favorecían a la esfera popular me realizaban de manera silenciosa. Era acceder a un mundo diferente, uno más especial, el mío.
Más tarde aprendí un instrumento de forma autodidacta, y mis tardes de ajedrez pasaron a ser tardes musicales, escuchando trova y descifrando esa manera imposible de tocar la guitarra, esa forma hermosa de gente que inventa acordes sin saber que los está inventando. Ese fue otro de mis secretos. Pocos de mis compañeros resonaban con eso.
Entendí que para acceder a ese otro mundo —el que no es el popular— había que hacer un esfuerzo, y con suerte, encontrar una especie de guía o gurú que alumbrara el sendero.
Yo tenía a mi hermano.
Eduardo (lalo)
En la secundaria conocí a Lalo. Él fue la primera persona que me enseñó a escuchar música, a realmente escucharla.
Déjame te explico: yo era capaz de oír canciones, pero hasta entonces no sabía cómo des-hebrar esa masa sonora en partes, reconocer la línea de bajo, los sintetizadores, las armonías, las secciones de una batería, etc. Tenía un gusto muy en bruto, digamos.
Lalo vivía en un departamento en la Calzada Leandro Valle, una calle que bajaba desde un espiral conocido como El Caracol. Un día me dijo:
—Oye, ¿por qué no te vienes al departamento a escuchar música?
Me pareció un concepto un poco raro. A esa edad me invitaban a jugar videojuegos o algún deporte, pero nunca a sentarme a escuchar música. Fui con algo de timidez. Toqué el timbre y, minutos después, Lalo me abrió con una sonrisa. Subimos hasta su departamento, encendió un viejo reproductor, me ofreció algo de comer y repitió:
—¿Escuchamos música?
Le dije que sí, sin saber muy bien de qué iba la cosa. Nos tiramos en la sala, rodeados de cuadros pintados por su tío, y escuchamos en silencio.
De vez en cuando, Lalo hacía comentarios: sobre los instrumentos, la estructura de la canción, las voces, los cambios. Yo no lo sabía entonces, pero esas pequeñas reuniones estaban por cambiar mi vida.
En ese pequeño departamento —que se volvió una especie de escuela para mí— Lalo me mostró bandas y músicos como: Tool, Anathema, Dave Matthews Band, King Crimson, Porcupine Tree, La Lupita, Béla Fleck and the Flecktones, Pat Metheny, Pedro Aznar, The Mars Volta, entre otros. Esa temporada en la Leandro Valle me hizo amar la música aún más. Ya no había vuelta atrás: estaba por convertirme en músico.
Hace un año estuve en Japón y entré en un café que me voló la cabeza. Era un listening bar, o Jazz Kissa, aunque estaba anunciado como jazz café. Pensé que habría música en vivo, pero en el sótano de un edificio encontré un bar con luces tenues y un reproductor de alta fidelidad.
Entré con dos amigos charlando, y de inmediato la dueña nos hizo un gesto con el dedo sobre los labios que reclamaba silencio. La gente estaba tirada en sillones, fumando o tomando una copa, en completo silencio. El concepto era simple pero profundo: sentarse a tomar algo y escuchar música sin interrupciones, como un ritual. Era una conexión consciente, una percepción atenta del sonido, tanto acústica como psicológica. Un puente al conocimiento.
Por un momento sentí que volvía al viejo departamento de Lalo. A su sala. A los cuadros de su tío. Casi podía verlo ahí, con los ojos cerrados, concentrado. Después de tantos años, encontraba de nuevo un lugar para simplemente sentarme a escuchar música, como hacía mucho no lo hacía.
No lo sé… quizá en el futuro ponga uno de esos lugares. Tal vez solo así pueda devolverle el favor a Lalo: en forma de otras personas. Enseñarles, como él lo hizo conmigo, a escuchar, a guardar silencio y a pertenecer a algo más grande que uno mismo.
Entendí que para acceder a ese otro mundo —el que no es el popular— había que hacer un esfuerzo, y con suerte, encontrar una especie de guía o gurú que alumbrara el sendero. Yo tenía a Lalo.

