

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses no es el principio de la libertad para Venezuela, es un síntoma más del imperialismo estadounidense. Les gusta decir que hacen las cosas por la virtud de la democracia, pero incluso el presidente Trump ha reconocido los factores alternos influyendo en esta decisión. El imperialismo se ha vuelto tan rutinario que ya ni siquiera ofrece una justificación para sí mismo. Que Trump se presente como liberador de Venezuela mientras proclama que ahora él va a «administrar» el país es una burla al concepto de soberanía. Reconocer esto no nos exime de aceptar una realidad incómoda: Maduro tampoco representaba soberanía alguna. Venezuela bajo Maduro no era socialismo (desde hace unos años es más capitalista que el propio Estados Unidos), era una dictadura cuyo único poder era la manipulación de la escasez. La caída de este régimen ofrece cambio, no algo bueno, pero distinto y tal vez preferible a lo que hemos visto.
Por un lado, el movimiento de María Corina Machado, ganadora del Nobel y favorita de inversionistas internacionales, promete privatizar 500 empresas estatales y abrir el país a un capital extranjero que «respete la transparencia y la competencia justa». Suena bien en papel. En la práctica, su proyecto no es de reconstrucción nacional sino de liquidación: vender lo que queda de Venezuela al mejor postor. Toda su retórica democrática y liberal oculta un modelo de política gobernado por la confianza de inversionistas y no por justicia. Los pobres (gran mayoría del país) simplemente dejan de importar en su visión de Venezuela como un paraíso fiscal.
Por otro lado, Delcy Rodríguez, ahora presidenta interina y aparente preferida de Washington, representa la continuación del chavismo sin Chávez ni Maduro. Su ascenso es accidental pero no arbitrario: es una tecnócrata que estabilizó parcialmente la economía venezolana bajo sanciones brutales, incrementó la producción petrolera y desarrolló relaciones con la industria energética estadounidense. A diferencia de Maduro, cuya legitimidad (o lo que quedaba de ella) era puramente revolucionaria, Rodríguez tendrá que justificar su gobierno mediante resultados tangibles. No puede pintarse como heredera del podrido y abusivo cadáver de Chávez. Su única carta es la competencia administrativa.
Y aquí está lo que muchos progresistas no quieren admitir: en la jerarquía de desastres, Rodríguez podría ser el menos catastrófico de los futuros posibles. No porque sea buena (dirigió el SEBIN mientras cometía crímenes contra la humanidad), sino porque sus incentivos la empujan hacia la inversión pública para mantener el poder. Si el capital petrolero estadounidense fluye hacia Venezuela bajo su administración, su única manera de justificar su posición es poner este capital, o parte de él, en las manos del pueblo venezolano, utilizarlo para reconstruir hospitales, carreteras y escuelas. Además, dado que es parte de la cúpula de poder preexistente, tiene la posibilidad de mantener un país estable, pues existe un riesgo real de que el ejército venezolano se fragmente. Los altos mandos han estado profundamente involucrados en el narcotráfico y la corrupción chavista. Si se pierde el control centralizado, podríamos ver una repetición de Irak: milicias regionales, violencia sectaria y colapso total del Estado.
Reconozco que esto suena cínico. Lo es. Pero el cinismo es la única respuesta racional a una situación donde las tres opciones viables son: (1) una presidenta interina que dirigió una agencia de inteligencia acusada de crímenes contra la humanidad; (2) una opositora liberal que quiere convertir Venezuela en zona de inversión especulativa; (3) colapso institucional y más intervención militar estadounidense disfrazada de «transición democrática» al estilo Irak. La pregunta no es cuál preferimos, sino cuál nos da más tiempo para imaginar algo mejor. Y yo prefiero a la mujer que tiene que construir cosas para mantenerse en el poder sobre la que quiere vender el país y llamarlo libertad.
Así que no, no defiendo el imperialismo americano, pero dadas las circunstancias, nos ha dejado en un lugar mejor que antes. Eventualmente Venezuela necesitará un proyecto que sintetice desarrollo económico con justicia social, que utilice el Estado para guiar mercados sin asfixiarlos, que construya soberanía real en lugar de elegir entre amos. Pero ese proyecto no existe hoy. Y fantasear con él mientras el país se desangra es irresponsable.


