“Se vende arte, se regalan ilusiones”
(Crónica del coleccionista que aprendió a ver)

Cristo Contel*

Hay quienes creen que coleccionar arte es como elegir cojines para el sofá: cuestión de gusto, capricho o decoración. Y aunque la intuición es importante, esa visión empobrece uno de los actos más comprometidos —y peligrosos— dentro del arte. Coleccionar es tomar partido. Es decir “esto vale” en un mundo donde todo grita por atención. Pero ¿qué significa que algo valga? ¿Qué hace que una obra merezca entrar en una colección y no en un contenedor reciclado? Son preguntas que aquí apenas rozamos, pero que abordaré con mayor profundidad en futuras entregas.

En un escenario donde las fronteras entre arte, autorrepresentación y visibilidad se diluyen, no sorprende que la figura del “artista” se multiplique al ritmo de las redes. Instagram ha transformado el modo en que se presenta —y a veces se fabrica— una trayectoria artística. Esta inflación simbólica no siempre parte del engaño, sino de un sistema que valora más el relato que la obra. Así, el currículum se vuelve escenografía: premios sin contexto, exposiciones que se sobredimensionan, biografías que apuestan más por el efecto que por la sustancia. La autogestión es legítima, pero también requiere responsabilidad: construir una voz artística no es lo mismo que construir una marca.

Y como si no bastara con los falsos artistas, están los que comercian arte como si vendieran aceite de serpiente: vendedores disfrazados de curadores, que con el cinismo de un estafador de feria de circo ofrecen el traje del rey: piezas sin discurso, sin fuerza, pero envueltas en el lenguaje seductor de la exclusividad y la inversión segura. Y ahí va el coleccionista, emocionado por adquirir “la próxima gran firma”, cuando en realidad ha comprado una ilusión. Muchos terminan creyendo que poseen un Baldessari reencarnado, cuando apenas colocaron un decorado caro. Y lo peor es que nadie se atreve a decir que el rey está desnudo.

Ante todo esto, el coleccionismo necesita claridad. No tanto en reglas, sino en mirada. Porque el problema no está solo en el fraude de los otros, sino en nuestra falta de preparación para ver. Nos dejamos seducir por lo que brilla, por lo que repite fórmulas, por lo que parece arte porque se parece al arte. Y entonces se cuelan impostores. El daño no es menor: cada vez que un coleccionista elige una pieza sin sustancia, se debilita la idea misma del arte como lenguaje con sentido.

Sin embargo, no se trata de exigir una trayectoria impecable. Muchos grandes artistas comenzaron fuera de toda institución. Lo que importa es la seriedad del trabajo, la constancia, el vínculo entre forma y pensamiento. En Morelos, como en cualquier parte del mundo, hay artistas que aún no han ganado premios ni viajado a bienales, pero cuya obra está empapada de preguntas auténticas. Coleccionar arte local no es un acto menor: es formar parte de una historia que todavía se escribe. Mientras algunos corren a las ferias internacionales en busca de nombres consagrados, otros encuentran en el calor del barrio, de la escena, el pulso de lo que está por venir.” Eso también es visión.

Coleccionar también puede ser emocional. Está bien comprar una obra porque nos conmueve, nos recuerda algo, nos arranca de la inercia. Pero incluso ahí se requiere honestidad. No confundamos gusto con grandeza. Tener un cuadro bonito en la sala no es lo mismo que tener una obra potente. Y no hay error en ninguna de las dos decisiones, siempre que sepamos diferenciarlas. Porque si uno se engaña creyendo que una pieza menor es una joya revolucionaria, corre el riesgo de convertir su casa en un museo de fantasías.

En los grandes centros del arte —Basilea, Nueva York, Pekín— la conversación sobre el coleccionismo ha dejado de girar solo en torno a inversión. Se habla de compromiso, de pensamiento curatorial, de colecciones que dan forma a un tiempo. No hay que esperar a tener millones para comenzar. Basta con un ojo alerta, con el deseo genuino de entender lo que se está produciendo hoy, aquí, cerca. Y un poco de valentía para decir “esto me importa”, incluso si nadie más lo ve aún.

Porque, en el fondo, coleccionar no es acumular objetos. Es apostar por proyectos. Apostar por artistas que están luchando por darles forma. Apostar, incluso, por uno mismo: por esa parte nuestra que quiere dejar constancia de que no todo en el mundo es ruido. Que aún hay gestos que resisten el olvido.

*Director del MMAC y Artista.

La Jornada Morelos