A / Ser santo

Una mañana de domingo en que a nadie le interesaba el futbol y la televisión estaba apagada, la conversación llegó a las ventajas y los peligros de la santidad.

—Yo nunca he visto a un santo —dijo el carnicero, diestro destazador de cerdos y borregos.

—Ni falta que hace —dijo Marta, sin interés en el tema.

—En cierta ocasión, antes de que ninguno de nosotros hubiera nacido, de esta isla sacaron a un santo —dijo con aire de misterio Ramón el Cojo y, ya que todos estuvieron atentos:

«—Una vez, el gobernador del estado tuvo la urgencia de contar con un santo, pues se había comprometido a tenerlo con el presidente de la República, o con el papa, o con algún otro funcionario, así que habló con sus gentes y les encomendó que le buscaran uno. Encontraron a varios hombres y mujeres que, según ellos, podían pasar por santos; pero en cuanto los ponían a prueba, a las claras se veía que no lo eran.

«El más impaciente era el presidente municipal de San Miguel de Afuera, bisabuelo del Bien Peinado y en nada mejor que el bisnieto; según su costumbre, le había asegurado al gobernador que ya le tenía el santo que necesitaba. De manera que habló con su jefe de Policía:

«—Ni modo: tú vas a ser nuestro santo. Desde hoy te sientas a rezar y a meditar todo el día; te dejas crecer el pelo y la barba y no vuelvas a matar ni a una cucaracha.

«El policía hizo lo que le pedían y, cuando lo vio, el gobernador sintió que en verdad era un santo. Se arrodilló, puso la frente en el piso, le pidió una diputación y lo mandó a la capital del país.

«El presidente municipal supo cobrarse la gratitud del gobernador, y cuando su empleado regresó le dio un centenario y le dijo:

«—Te felicito. Anda a bañarte, rasúrate y regresa a la chamba.

«Pero el hombre había descubierto su vocación.

«—Jamás —le dijo— volveré a trabajar contigo. De ahora

en adelante sólo voy a rezar y meditar.»

B/ El pájaro maravilloso

En ocasiones, el marinero hablaba de manera oscura, con ejemplos que no todos entendían de un mismo modo y que él se negaba a explicar. Mientras la gente discutía los sentidos de esas historias, él se escurría rumbo a Las Rayas, y caminaba a solas, murmurando como suyos versos que otros habían escrito.

—Una vez —dicen que una vez dijo el marinero— llegó a una isla de otros mares un pájaro maravilloso que anidó muy alto.

Jamás nadie lo había visto. Unos hombres decidieron atraparlo y comenzaron a formar una escala, una pirámide de brazos, hombros y piernas. Cuando ya uno de ellos estiraba los brazos para tomar al ave, algunos se dolieron del peso, perdieron la paciencia y se retiraron: todos se vinieron abajo. No siempre —agregaba el marinero tras una larga pausa— esperamos el tiempo que hace falta.

*Doctor honoris causa por El Colegio de Morelos. Catedrático en la UNAM. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

Felipe Garrido