Esto decía el Modelo Educativo para el Siglo XXI elaborado por la Dirección Nacional de los Tecnológicos: “En la cuestión económica, el país transita en la vía del cambio de un modelo de protección gubernamental…hacia la apertura internacional del mercado y el fomento a las exportaciones en un marco de limitación de la intervención del Estado en la economía”. Y en la página 12 del Enfoque Estratégico: “Ni los gobiernos ni sus instituciones controlan la economía; es el mercado”.

Asegurando este enunciado como un axioma nos alejamos de toda reflexión crítica. Por lo menos podríamos plantear algunas preguntas: ¿Es así? Si lo es, ¿ha sido provechoso para la sociedad? ¿Cuáles han sido las ventajas de que el Mercado, ese ente plenipotenciario, sujete bajo su mando a toda la sociedad en su economía, en su política, en su cultura? ¿Se advierten las consecuencias históricas y culturales de aceptar esta frase como la realidad sin más? ¿Dónde queda el papel del Estado como tal?

¿Se da aquí un planteamiento crítico? Es decir, ¿Es correcto –económicamente- que el Estado abandone sus responsabilidades y compromisos con la sociedad? ¿Cuáles han sido las consecuencias de esa decisión tecnocrática a lo largo de más de 30 años?

Sigue diciendo: “Esta transición, afectada por el actual panorama de la economía mundial, exige ahora el fortalecimiento de las redes económicas internas del país para disminuir los efectos de la dependencia internacional, y prepararlo para una interdependencia más justa y equitativa entre las naciones”.

Inevitablemente surgen más cuestionamientos: ¿De verdad, con seriedad, se piensa que podríamos –así como íbamos- disminuir los efectos de la dependencia internacional y preparar a nuestro país para una interdependencia más justa y equitativa entre las naciones?

En el Programa Institucional de Innovación y Desarrollo del Instituto Tecnológico de Zacatepec (2001-2006) se lee: “La educación tecnológica en un escenario como éste ofrecerá un capital humano de calidad capaz de impulsar mayores niveles de competencia entre los productos y servicios que ofrece nuestro país y que a su vez, dichos productos y servicios cumplan con las normas y estándares internacionales”

He aquí el problema. El punto de partida. El enfoque fundamental.

Se insiste mucho en la necesidad de potenciar la educación, pero sólo para poder subsistir en este mundo globalizado y de mercados sin fronteras. Para ello las Universidades y los Institutos de Educación “Superior” tienen que proveer al Mercado-Patrón de mano de obra barata, flexibilizada, dócil y –por supuesto- competitiva. Christian Laval da cuenta de la subordinación de la escuela al proyecto económico neoliberal:

“Las universidades son, cada vez más, meras productoras de capital humano para ser vendido en el mercado laboral. En la cultura de mercado, la emancipación por el conocimiento, vieja herencia de la Ilustración, se considera una idea obsoleta. Aproximar la escuela y la economía, poner la escuela al día, es decir, meterla en cintura, tal es la voluntad histórica de los modernizadores de la actualidad. No hay que olvidar la presión simbólica y política ejercida a escala mundial por las grandes organizaciones liberales como la OCDE, el BM, la OMC, la Comisión Europea, que no sólo unifican las reglas del comercio y la producción, sino que cuadran igualmente las políticas educativas y las mentalidades de los responsables”. “La escuela no es una empresa”, Paidós, 2004.

Por su parte, el filósofo Adolfo Sánchez Vázquez –de feliz memoria- afirma:

“La mercantilización avasallante del neoliberalismo convierte todo en MERCANCÍA y la actividad humana se juzga por el criterio de la productividad, del éxito, de la eficiencia, de la rentabilidad en términos económicos. En ese sistema… en su fase más explotadora y depredadora, el neoliberalismo, la Universidad no puede escapar a sus amenazas. Pero ante ellas, tiene que hacer frente a la tendencia impulsada por los organismos económicos internacionales hegemonizados por Estados Unidos para privatizar la educación superior”. (La autonomía, amenazada por el neoliberalismo”, La Jornada, 14 de octubre 2004, pág. 15).

Tristemente la escuela ha dejado de ser el punto crítico de la sociedad civil, su papel se ha visto reducido. No es más el espacio donde debería determinarse crítica y reflexivamente el rumbo que la sociedad en su conjunto debería seguir; el punto de partida para avanzar en el análisis y la impugnación de la realidad socioeconómica imperante, el sitio donde maduraría, mediante el debate reflexivo, la concientización política de los implicados en el proceso educativo.

Si este Modelo Educativo realmente responde “a los desafíos que impone el nuevo horizonte de la época”, podríamos esperar lógicamente que asuma como desafío la transformación radical de esta sociedad injusta, mezquina, individualista y –ergo- inhumana. Asistimos también, lamentablemente, a la sicilianización de México tal como lo señala Leonardo Sciascia (Conversación con Federico Campbell, “La memoria de Sciascia”, FCE, pág. 237):

“Yo entiendo por sicilianización de Italia y del mundo una pérdida progresiva del valor de las ideas, ante el surgimiento arrollador de los intereses particulares…Ha habido una caída del espíritu público, mientras que antes, incluso si las cosas ya eran así, había la esperanza de que las cosas pudieran no ser así. Ahora esta esperanza ya no existe”. (Jenaro Villamil, República de Pantalla en: La Jornada, agosto 8, 2004, pág. 4).

Seguiremos…

Hugo Carbajal Aguilar