André Willhelm*

Las culturas cambian y se trasforman a lo largo del tiempo. Un hecho del que pocas veces somos conscientes, a lo largo y ancho del mundo todo está en continuo movimiento, tendemos a ver a la gente del pasado y a sus civilizaciones del mundo antiguo como estatuas inamovibles, actuando de la misma manera y rezando a sus mismos dioses que permanecieron inmutables durante cientos de años. Hasta que de pronto como por arte de magia su civilización colapsa, su gente desaparece, mucha información se pierde y en ocasiones todo lo que queda son piedras que alguna vez fueron poderosas construcciones y uno que otro relato de los días antiguos, que se trasmite de generación en generación, como si fuese el eco de una melodía maravillosa, atractiva de tararear pero cuya poderosa lírica original sin darnos cuenta, se ha distorsionado y transformado en algo distinto pero a la vez familiar.

Ejemplos de cómo los dioses se transforman, cambian de roles y crecen o disminuyen en importancia. Hay muchos, como el legendario Odin para los vikingos, Woden para los sajones y Wodanaz para los más antiguos pueblos germánicos que saquearon Roma. Pero que mejor ejemplo de estos cambios que una figura mitológica por excelencia, e ícono cultural de México del que todos al menos una vez hemos oído mencionar, cuyas peculiares características físicas captan el asombro y la maravilla de grandes y chicos por igual, hablo de Quetzalcóatl. Un dios serpiente de naturaleza terrenal y celestial, cuyos orígenes antes de adoptar su nombre náhuatl se remontan a lo más antiguo de las civilizaciones mesoamericanas un pasado del que sabemos trágicamente poco, pero que nos ha dejado un regalo sin igual. Sin duda su figura serpentina ha recorrido un largo camino desde los misteriosos olmecas, pasando por la legendaria Teotihuacán, en la cual la serpiente emplumada pasaría a explotar en popularidad y se convertiría en una figura icónica en toda Mesoamérica con cada cultura, cambiando y agregando características únicas a su relato y expandiendo su mitología y adoptando diferentes nombres desde kukulkan a Q uq umatz. Trasformando su leyenda desde un dios de la fertilidad encarnado el ciclo del maíz, que desciende al inframundo y creador de la humanidad y dragón del viento a venus, icono caído en la tentación que en llamas asciende a los cielos y promete regresar.

Ahora surge la pregunta ¿Por qué de los muchos dioses de Teotihuacán la Serpiente Emplumada del maíz fue la que más sobresalió? ¿Por qué tanta fascinación con este dragón mexicano?

Ciertamente ha cautivado al imaginario colectivo, también en nuestros tiempos haciendo apariciones en modernas obras de arte y en distintos medios audiovisuales. Más allá de los meros documentales traspasando al mundo del entretenimiento, tal es su legado que incluso el reptil prehistórico más grande que volase sobre los cielos y que vivió junto a los célebres dinosaurios lleva su nombre. (Quetzalcoatlus norhropi con una envergadura de 13 metros de largo). Si le preguntan a este humilde escritor la clave de tal éxito está en darnos cuenta de que ¡los mitos son verdad!.

Puede que sus acontecimientos no existan en un sentido físico material pero el relato que trasmiten oculta una profunda verdad en la cual podemos descubrir aspectos profundos de nuestra naturaleza humana, viendo los mitos a través de una mirada diferente.

La Serpiente Emplumada nos hace vernos a nosotros mismos en su naturaleza, simbolizando lo terrenal con lo divino, a aprender y reflexionar, entender los caminos de nuestros antepasados. Sus errores y virtudes nos enseñan a despertar la conciencia y ver que la vida al igual que la serpiente siempre está en constante cambio y movimiento.

*Chef de Casa Historia. IG : andre.willhelm

Ilustración por André (Chef de Casa Historia)

La Jornada Morelos