

Todo empezó hace siete días, aunque si te soy sincera, yo creo que el universo llevaba meses practicando puntería. El jueves pasado, cuando la tarde empezó a volverse gris y el viento hizo ese silbidito agudo que anuncia una brutal tormenta invernal, agarré mi montaña de ropa sucia y la aventé a la lavadora con la ilusión mínima de sentir que al menos una cosa en mi vida tenía un ciclo claro y predecible. Cincuenta y cinco minutos después, la lavadora emitió sus notitas felices, como si hubiera ganado un concurso de música y quisiera presumírmelo. Me levanté sin ganas y con una bendita resignación doméstica a trasladar mis trapitos mojados a la secadora. Abrí la puerta de la lavandería y me encontré con un desastre.
Un charco gigantesco de agua cubría el piso como si alguien hubiera intentado recrear el Titanic en versión casera. Juro que por un segundo escuché a los violinistas tocar y vi a DiCaprio flotando sobre la lavadora. Yo, que para el drama tengo licenciatura, solté un grito que habría ganado un Oscar si alguien me hubiera filmado. Mi esposo llegó corriendo, creyendo que me había roto la columna o que había entrado un oso a la casa. Nada de eso. Solo agua. Mucha agua.
Resultó ser una simple goma rota de la lavadora. Una pieza chiquita y miserable que decidió renunciar a su empleo sin previo aviso, en mitad de la semana. Y eso fue apenas la primera señal.
Porque después vino el desfile de desastres menores, esos que no matan, pero sacan canas verdes. Dos copas de cristal austriaco estrelladas contra el suelo. La pantalla del iPhone de mi hijastra hecha pedazos. Mi platón de porcelana portuguesa, el único objeto en esa casa que yo trataba con más cariño que a varios miembros de mi familia, se rompió de la forma más absurda. Y para rematar, mis airpods decidieron jubilarse después de un par de años de mucho uso.
Kapará, es la palabra que retumba una y otra vez a todo volumen en mi cabeza.
La primera vez que escuché la palabra kapará fue después de una ruptura tan dolorosa que hasta los vagabundos me ofrecían pañuelos. Yo caminaba por la vida con esa cara de desamparo que se te queda cuando el corazón se hace papilla. Puedes maquillarte como si fueras a un desfile, peinarte con el esmero de una Kardashian, pero cuando estás rota, se te nota hasta en la postura. Todo en ti huele a tristeza.

A mí me criaron bajo la bandera de la estrictísima tradición católica, apostólica y romana. Un hogar donde el dolor es un deber, la culpa viene en dosis generosas y Dios es una especie de auditor que revisa cada uno de tus movimientos para asegurarse de que no estés disfrutando demasiado. Con ese sistema, una crece convencida de que, si te portas bien, te va bien, y si te va mal es porque Dios está cobrando alguna factura pendiente. Pero esa ruptura —esa en particular— me dejó sin brújula, sin catecismo y sin ganas de seguir creyendo que el sufrimiento siempre viene con premio al final.
En ese hoyo existencial donde no sabes si llorar, rezar o emigrar, me volví poli religiosa. Probé de todo. Meditaciones raras, tarot con amigas, yoga emocional que hacía sudar más el ego que el cuerpo. Lo que fuera con tal de no llorar en el estacionamiento de mi trabajo. Hasta que una amiga —de esas que parecen gurús, y son 100% whitexicans— me dijo que la Cábala podía salvarme. Y yo, tan quebrada, le creí.
Fui a una sesión donde intentaban enseñarme sobre mundos superiores, energías internas y no sé cuántos niveles vibracionales. Ahí conocí a Benjamín, un maestro de la Torá con ojos de buena gente y una calma que me irritaba un poco, no lo voy a negar. Estaba yo en plena confesión emocional, tratando de no llorar mientras hablábamos de mis dramas espirituales, cuando moví el codo y tiré mi taza de café. Se rompió en el suelo como si también quisiera renunciar a mi vida.
Benjamín pegó un brinquito y dijo: “kapará” con la fuerza de quien espanta un mal presagio. Y yo, hija del sarcasmo y de Televisa, solté el primer reflejo mexicano que me salió, y dije: “tu mamá también”. Él se rió como si le hubiera contado el mejor chiste del mundo y se agachó a recoger los pedazos conmigo.
Me explicó que kapará significa expiación. Que en la tradición yidis es la idea de que cuando debes algo al universo, Dios a veces permite que se rompa una cosa en vez de permitir que te rompas tú. Que los objetos, los platos, las tazas, las gomas de lavadora, pagan pequeñas cuotas para salvarnos de las grandes tragedias. Me contó que su abuela levantaba los brazos al cielo cada vez que algo se rompía y daba gracias, porque el daño se quedaba afuera, no adentro.
Desde ese día adopté el ritual.
Ese jueves, mientras secaba la inundación de mi lavandería, entendí que llevaba semanas sosteniéndolo todo menos a mí. Respondiendo correos en piloto automático, cargando problemas ajenos, resolviendo cosas sin descanso, acumulando pendientes como quien acumula piedras en los bolsillos sin darse cuenta de que cada una te hunde un poco más. Pensé en todas esas cosas rotas de la semana y me cayó el veinte, Dios me estaba avisando que la verdadera ruptura estaba ocurriendo en mí y yo ni en cuenta.
Ese kapará no era por la goma muerta. Era por mí. Era una alerta. Un aviso amoroso de Dios, del universo, del destino o de quien esté a cargo del departamento de tragedias menores. Era la forma de decirme que, si no paraba, la que iba a romperse era yo.
La vida tiene esa fea costumbre de avisarte, primero susurra, luego rompe cosas, luego te tira el agua encima. Y si sigues sin hacer caso, ahí sí te desarma por completo. Yo prefiero escuchar desde la primera taza rota, porque no quiero conocer la fase final. Nadie quiere.
Y ahí, en medio del caos, sentí una especie de ternura absurda por todo lo que se rompió esa semana. Las copas, el iPhone, el platón portugués, los airpods. Todos esos objetos sacrificándose como soldados anónimos en una guerra emocional que yo ni sabía que estaba librando.
La belleza —aunque a veces venga envuelta en desastre— está en que incluso en las semanas más torcidas, incluso cuando todo parece desmoronarse, siempre queda la oportunidad de pausar, respirar, reajustar, perdonar y perdonarte. Y comenzar otra vez sin tantas exigencias, sin tanta prisa, sin tanta culpa heredada.
Así que levanto las manos al cielo, como hacía la abuela de Benjamín, y digo con humor, con gratitud y con un pedazo de fe cansada pero firme: Kapará.
Qué suerte que esta vez se rompió lo de afuera y no me rompí yo.

Imagen: b.a.vansise /skirball_cultural center la Instagram

