

De nuevo al camino de Santiago
Muy cerca de ser ochentón, en 2024 me animé a recorrer partes del Camino de Santiago por la ruta francesa, la más habitual, desde Roncesvalles en los bajos Pirineos hasta Santiago de Compostela. De los 750 kilómetros de ese trayecto, un grupo de amigos caminamos 110 durante seis días, en dos o tres tramos diarios; desde luego, fueron seleccionados los más atractivos por su belleza natural, por su arquitectura medieval y por su historia. (Entre tramo y tramo nos movíamos en un vehículo con chofer que nos iba dejando y recogiendo, sucesivamente).
En 2025, ahora sí a un pelo (o a dos) de mi octava década, regresamos al mismo destino, pero por la ruta del norte, también llamada ruta del mar. Este derrotero que va desde Irún -en los Países Vascos, junto al Cantábrico, en la frontera con Francia- y llega hasta Santiago suma casi 700 kilómetros, de los cuales caminamos 145 en ocho días, asimismo en dos o tres tramos diarios seleccionados por su especial atractivo.
Pasamos por San Sebastián y por supuesto comimos sus afamados pinchos en uno de los muchos bares del casco antiguo. De su gran variedad, yo opté por uno de foie (hígado) de pato, otro de chipirón (calamar), otro más de hongos a la plancha, uno de carrillera (cachete) de cerdo y el último de ravioles de mollejas con puerros (poro); no di para más. Vino tinto, indispensable.
Viene al caso recordar que el pincho -del verbo pinchar: clavar algo punzante en alguna cosa-, en México equivale al alambre o brocheta -del francés brochette, diminutivo de broche, aguja-. Solo que la brocheta suele ser más larga, puede ser una porción suficiente para una persona, en tanto que el pincho se come de uno o dos bocados. Y ya entrados en estas materias lingüísticas, digamos que, en España, la diferencia entre pincho y tapa es que el pincho tiene un palillo que une a sus ingredientes, mientras que los de la tapa se mantienen integrados por gravedad sobre un trozo de pan; al parecer, el nombre proviene de que en los bares se consentía a los clientes “tapando” la copa de vino que pedían con ese pan aderezado.
En Bilbao fue la primera pernocta. En las comidas y cenas que hicimos en hoteles la cocina no demeritó. Estaban concertados menús muy variados con platillos típicos de cada región que atravesamos: la Vascongada, Cantabria, Asturias y Galicia. Siempre con botellas de vino al centro que eran remplazadas en cuanto se vaciaban. Guisados de muy diversas maneras, comimos merluza, bacalao (fresco), ternera, cordero, cerdo y pollo, destacadamente zancos (pierna y muslo). Eran estofados, horneados o a la plancha. El acompañamiento habitual eran patatas (papas), cocinadas de diferentes formas. A veces otras verduras; recuerdo en particular unos anchos y tiernos ejotes, en trozos, cocinados con tocino, deliciosos. Por supuesto que no les llaman ejotes, que es palabra náhuatl (ejotl), sino judías. Para cada tiempo, siempre nos servían los meseros directamente al plato y, al terminar, nos ofrecían repetir; yo lo hice con frecuencia.

En Asturias me di vuelo con la fabada, que me encanta. Una ocasión, como repetí una porción muy bien servida -igual que la primera-, con cierta dificultad terminé con el plato fuerte. En Melide no podíamos dejar de visitar uno de los más reconocidos lugares para comer pulpos a la gallega; contra las reglas del buen gusto, todos dejamos los platos impolutos, pues el pan también era delicioso y nos sirvió para limpiar ese espejo final de aceite de oliva saborizado con los jugos decantados del molusco. En Lugo -ya tierra adentro, cerca de Santiago- una comida fue una verdadera orgía de costillitas de cerdo: pusieron en la mesa anafres con carbón rebosantes de trozos de costillar y, al final, los rebosantes (pero de huesos) eran los platos de cada comensal; estaban exquisitas. Raras veces hartos de vino, lo rebajábamos con gaseosa de limón para convertirlo en “tinto de verano”. En alguna escala carretera me comí unos deliciosos torreznos, esos trocitos dorados de panceta (o beicon o bacón o tocineta, como le dicen allá), que tanto me recuerdan a nuestros chales morelenses.
En algunos tramos largos de caminata, cuando ya empezaba a sentirse el cansancio en serio, los “peregrinos” de mi grupo que estaban cerca de mí, agradecían mi previsión al sacar mi anforita llena con anís para compartirlo. El agotamiento menguaba, el ánimo se elevaba y las risas predominaban. Fueron carcajadas una vez que le ofrecí a Fernanda las gotas de la felicidad: con gusto se empinó vertical la petaquera, pero contenía mucho más que gotas, así que hizo un buche, luego se le salieron los ojos como en las caricaturas y finalmente llegamos todos encantados a nuestro destino.
Entrecomillé la palabra peregrinos porque en estricto sentido no todos los veinticinco miembros del grupo lo éramos; algunos, como yo, íbamos por el interés histórico y el gusto por el senderismo (sin que, además, oculté mi carácter mitotero). Otros tendrían una motivación religiosa, aunque nadie lo expresó así. Quizá la mayoría sí perseguía fines de superación personal. De hecho, las organizadoras tienen una sociedad de esa índole llamada Aditya, encabezada por Ivonne Madrid, querida y admirada amiga. Una de las vertientes que manejan es el yoga. A diario teníamos una actividad liderada por ella y por Vero, su colega, y de verdad que fueron muy enriquecedoras.
Una ocasión, ya tarde avanzando en el autobús, agotados, Vero nos dirigió un ejercicio de yoga nidra (que yo, irrespetuoso, le puse yoga sidra, pues acabábamos de beberla en Gijón, donde es un ícono local). Se trata de una práctica para el relajamiento y fue tan efectiva que todos acabamos dormidos. Desde ese día yo le pedía a Vero que nos pusiera el ejercicio de “a la rru rru yoga”.

