

La Cosa Nostra I/II
La historia de la mafia siciliana ha sido objeto de numerosas películas y series televisivas, en las que se resalta la importancia de los vínculos familiares y de la estricta secrecía que rige su funcionamiento. Sin embargo, más allá de los estereotipos asociados a esta modalidad de crimen organizado, conviene señalar que, de acuerdo con el Reporte Mundial de Drogas de la UNODC, las mafias italianas manejan hoy entre el doble y el triple de los recursos que los cárteles mexicanos ingresan anualmente.
Por ello resulta relevante asomarnos a lo que ha ocurrido en las últimas décadas, con el fin de establecer referentes que permitan hacer comparaciones útiles y, en el mejor de los casos, recuperar las estrategias que hayan demostrado cierto grado de eficacia. Sin necesidad de remontarnos demasiado en el tiempo, podemos situarnos en la campiña siciliana de la posguerra, cuando una población –ya de por sí empobrecida– buscaba alternativas de subsistencia en el sur de un país devastado, en donde la presencia del Estado era prácticamente ausente.
Es en este contexto donde florece el crimen organizado, sostenido por una tríada informal compuesta por el representante del gobierno, el jefe mafioso y el cura del pueblo. Como ha señalado el magistrado antimafia Giuseppe Ayala en diversas entrevistas, el hecho de que Sicilia dependiera históricamente de poderes imperiales externos generó la necesidad de crear una forma de poder interno, capaz de controlar territorios, lealtades y recursos.
Las organizaciones se estructuraban en familias —ya sea por parentesco o por asociación— que dominaban negocios en zonas específicas, pero manteniendo espacios de diálogo a través de las llamadas “comisiones”, donde los capos de las distintas familias decidían de manera colegiada el rumbo de las comunidades y de los individuos. Este mismo esquema sería exportado a ciudades como Chicago y Nueva York, adonde se desplazaron varios millones de migrantes del sur de Italia durante las primeras décadas del siglo XX.
Es en los años veinte cuando las familias mafiosas se consolidan bajo la estructura de la Cosa Nostra, con una organización piramidal que generaba enormes ganancias a partir del tráfico de alcohol durante la prohibición. Tras este periodo, se afianzan las cinco familias que dominarían el crimen organizado en Estados Unidos durante las siguientes décadas. La mafia se convierte así en un negocio de largo plazo dedicado al narcotráfico, la extorsión y el asesinato, en el que, además del dinero, el poder adquiere un valor fundamental.

Ya en la década de los ochenta, una comisión encabezada por el entonces Fiscal Federal del Distrito Sur de Nueva York abordó el fenómeno de manera integral, partiendo del reconocimiento de la mafia como una estructura jerárquica que operaba de forma similar a una empresa, con múltiples ramificaciones que alcanzaban a políticos, empresariado y al mismo sistema financiero mediante el lavado de dinero.
Esta nueva estrategia se apoyó en el uso agresivo de la Ley RICO (Ley de organizaciones criminales y prácticas de extorsión), al aplicarla a las cúpulas criminales más que a los ejecutores de menor rango. Su objetivo central era el de afectar el flujo financiero de las organizaciones mafiosas, suministrado por sindicatos, empresas–fachada, licitaciones gubernamentales y mecanismos de lavado. Asimismo, se agruparon distintos delitos en procesos unificados, lo que permitió obtener sentencias extendidas y construir casos sólidos que no pudieran ser desestimados.
La experiencia comparada en el combate al crimen organizado muestra que el debilitamiento sostenido de las organizaciones criminales ha ocurrido únicamente cuando el Estado ha logrado intervenir de manera simultánea sobre tres dimensiones específicas: la estructura de mando de las organizaciones, sus mecanismos de financiamiento y los circuitos institucionales que facilitan su reproducción.
Más allá de la persecución de delitos individuales, los mayores avances se han registrado cuando las políticas públicas se han orientado a desarticular jerarquías, interrumpir flujos de capital y reducir los espacios de tolerancia social y política que permiten la continuidad de estas redes. En este sentido es que el análisis de otros contextos contribuye a la identificación de variables institucionales clave, las cuales han demostrado incidir en la reducción de la capacidad operativa y financiera de las organizaciones criminales.

La mafia italiana. Foto: Cortesía / Katherine Bowers_pexel

