

Último día de un viaje vivo y vivido
La media mañana comenzó con un almuerzo en el mismo bar del día anterior y en donde le copié a Juanjo, mi vecino de barra, lo que comía y bebía. Se notaba que Juanjo era del barrio y asiduo del lugar por la familiaridad con que hablaba con los camareros y al saludar a las demás personas que llegaban a tomar café. Lo seguí, pidiendo como él un montado de aguacate con panceta y pimientos asados, y no tuve pena de acompañarlo con una caña bien tirada. Como digestivo de mediodía brindé con un chopito de licor de hierbas.
Salí y tan sólo a unos pasos del bar, en la estación Pacífico, tomé el metro que me llevó sin cambiar de línea a la Gran Vía. Esta vez no me extravié cuando salí del metro a fin de recorrer el camino por esta bulliciosa y famosa avenida con dirección a Callao. En el trayecto aparecieron las dos primeras sorpresas. Iba felizmente distraído, viendo a las personas que transitan, cuando llamaron mi atención unos saltimbanquis coloridos que hacían piruetas y, algunos pasos más adelante, la botarga de un gorila que, aunque no averigüé lo que anunciaba, era tan real que decidí tomarle una fotografía. Divertido, gracias a estas escenas callejeras, giré la vista hacia las tiendas y me di cuenta de que estaba pasando frente a una gran vitrina llena de libros. El lugar era ni más ni menos que la primera Casa del Libro fundada en Madrid a la que entré atraído como un hambriento nocturno ante un puesto de tacos. Me dirigí directo hacia una de las personas que atienden para preguntar por un libro que por días había estado buscando sin éxito, tanto en Madrid como en Santiago de Compostela, debido a que el día en que lo compré en el casco viejo de esa ciudad gallega, de sólo verlo y hojearlo, Laura me dijo, con todo tino: “Hay que buscar uno para regalárselo a nuestro compadre Rafael Pérez Gay”, pues sabíamos de su relación con Cortázar, ese gran escritor argentino, no solamente como lector y en algún momento como su editor, y a quien incluso conoció en persona. En una ocasión memorable, en la casa del director de Nueva Imagen, a sus 29 años, cuando era el gerente de esa editorial Rafa presenció de cerca una conversación entre Julio Cortázar y Juan Rulfo.
Afortunadamente, ese último día del viaje apareció mi buena estrella y la librera me dio la noticia de que tenían un ejemplar, el único, a la venta. Con el libro al fin en mis manos, Cortázar y los libros, recordé el magnífico trabajo de su autor, Jesús Marchamalo, en el que nos ofrece un recorrido por la biblioteca personal del escritor argentino, y que en algunos de los más de 4 500 libros que la componen aparecen los subrayados y los comentarios al margen del propio Cortázar. Al caminar por los pasillos de la librería no soporté la tentación —aunque me había prometido hacerlo— de comprar otro libro que se me atravesó en la mesa de novedades, ¿Qué pasa con Baum? de Woody Allen. Así, salí del edificio en el que en 1923 fue inaugurado este templo de los libros, La Casa del Libro de la Gran Vía, con mi bolsa de libros en una mano. Satisfecho, seguí mi ruta trazada desde la noche anterior.
A pocos metros de la librería, sobre la acera, se me acercó un hombre que hacía entrevistas y al saber que era mexicano me preguntó sobre la hispanidad y qué pensaba de lo que nos había dejado España. Un mes después de esa entrevista de banqueta un amigo que vive en Madrid me mandó un mensaje con un comentario gracioso: “Mira los desfiguros que andas haciendo en Madrid” y agregaba “abre el link”. Para mi asombro esa aparición de “El Biólogo” en las cámaras había quedado grabada y distribuida en una plataforma. En ella respondía a la pregunta de qué nos había dejado España diciendo fijamente a la cámara que a este país le agradecemos muchas cosas tales como el idioma y, por supuesto, las cantinas.
Me despedí del entrevistador y continué mi andar hasta la plaza del Callao y desde ahí caminé para averiguar si aún existía la tienda de discos que conocí hace años. Mi buena suerte continuó y, gustoso, la encontré sin dificultad. Al entrar saludé al propietario —un melómano— y conversamos sobre flamenco. De pronto él se acercó a un estante y sacó dos discos compactos, me los ofreció y me dijo que eran de las primeras grabaciones que hay del cantaor flamenco que más admiro, el Camarón de la Isla. Cuando los escuché a mi regreso a México supe que había comprado una joya en donde la voz de José Monge brilla con toda su fuerza.

Para continuar hice una pausa obligada en una taberna del barrio, la cual conocí guiado por Pedro Costa. En una mesa de la terraza bebí por el recuerdo de mi amigo Pedro un vermut servido de la barrica. Seguí gozando esta despedida de Madrid recorriendo los recovecos, calles y callejones desde Callao hasta la plaza de Cascorro deseando encontrar a mi amigo Amadeo, el tabernero más veterano de Madrid, que desde 1942 es propietario de Casa Amadeo en donde se preparan los mejores caracoles de Madrid. Este hombre menudo de 92 años sigue atendiendo personalmente su famosa taberna y, con sabiduría y humor, suele afirmar: “Soy un filósofo selvático, no asfáltico” y al servir los caracoles muestra con autoridad a los clientes cómo deben comerlos: “Es preciso echar para atrás la cabeza antes de llevarlos a la boca y usar la concha como cuchara para beber el jugoso caldo”. Entré y preferí buscar un lugar frente a la barra que conocí la primera vez que estuve ahí y no en sus mesas ni en la terraza. Al verme, Amadeo se acercó esbozando una sonrisa y me saludó con un abrazo al tiempo que les decía a los camareros, que pasaban presurosos: “Este señor que ven aquí sentado es mi amigo, todo lo que pida va por la casa y además le sirven una copa de mi vino tinto favorito”.
Con los sabores de esos caracoles guisados en un perol de alquimista, y que por cortesía estaban coronados con un poco de callos a la madrileña, salí de la taberna acompañado de otro placer, el saberme amigo de este gran hombre venido de Adrada de Haza, un pequeño pueblo de Burgos, para hacer felices a miles de comensales que han probado echar la cabeza hacia atrás para comer sus caracoles. Tomé el metro hacia mi departamento mientras Laura se preparaba para ir al teatro con Marta y Úrsula a ver una puesta en escena sobre Octavio Paz en el teatro de La Abadía, y según me contaron, más que la obra lo que gozaron fue la conversación de más tarde mientras compartían unos deliciosos montaditos madrileños en un bar del barrio de Argüelles. Esa noche me perdí el acompañarlas pues debía levantarme muy temprano para esperar, a las seis de la mañana, al taxista —quien llegó puntual— que ese jueves me llevaría al aeropuerto para regresar a México.
Esta última noche, antes de dormir, me vino a la cabeza un pensamiento sobre este viaje que tan sólo duró 28 días, pero que fue interminable por lo fantástico y cuyas historias, gracias a la generosidad de Enrique Balp, han tenido cabida en el periódico que dirige para que ustedes lleguen a estas mis Vagancias semanales. Así que esa noche apunté en mi libreta una nota gramatical que deseo leer en voz alta: “Cuando viajo debo conjugar el verbo to be en castellano, es decir, prefiero estar que ser”.
Estimados viajeros, no tengo mejores palabras para finalizar este viaje que las que encontré en Viaje a Portugal de José Saramago: “No es verdad. El viaje no acaba nunca. El fin de un viaje es sólo el inicio de otro. Hay que ver lo que no se ha visto, ver otra vez lo que ya se vio. Hay que volver a los pasos ya dados, para repetirlos y para trazar caminos nuevos a su lado. Hay que comenzar de nuevo el viaje. Siempre. El viajero vuelve al camino”.
*Bailarín tropical apasionado de viajes, bares y cantinas, que desea que estas Vagancias semanales sean una bocanada de oxígeno, un remanso divertido de la cotidianidad.

Foto: Cortesía del autor

