

El sarampión no tiene cura, pero es prevenible.
El sarampión no tiene cura, pero sí puede prevenirse. El agente infeccioso causante del sarampión es un virus para el cual existe una vacuna desde 1963 en el mundo, y en México desde 1972. La vacuna consiste en virus debilitados, con nula o baja capacidad de infección, pero capaces de inducir la respuesta inmune de manera duradera. Al vacunarnos nuestro cuerpo desarrolla anticuerpos que se unen al virus y lo destruyen. La negativa de algunas personas y grupos sociales a vacunarse ya sea por concepciones erróneas, negligencia y hasta por ignorancia, no solo las hace vulnerables, sino también ponen en riesgo a su entorno familiar y social.
El virus del sarampión (para abreviar, MeV) es sumamente contagioso, mucho más que el SARS-Cov-2 causante del COVID. Una sola persona enferma puede contagiar de 12 a 18 personas, mientras la variante Omicron considerada la versión más transmisible del SARS-Cov-2, puede contagiar entre 6 y 8 personas. Como el SARS-Cov-2–, el virus del sarampión tiene un genoma de ARN con una envoltura de lípidos y glicoproteínas. Una persona enferma expulsa al toser millones de gotas milimétricas que engloban el virus. El virus es muy estable; puede vivir hasta dos horas en el ambiente. En un cuarto cerrado, el virus permanece, aunque la persona enferma se haya retirado
El MeV entra por las vías respiratorias y alcanza los pulmones. En personas vacunadas, el sistema inmune lo reconoce rápidamente y limita la infección. En quienes no lo están, el MeV se adhiere a las células pulmonares, penetra en ellas y secuestra su maquinaria bioquímica para reproducirse masivamente. Desde ahí se disemina a los ganglios linfáticos y al resto del organismo a través de la sangre.
Los primeros síntomas del sarampión —fiebre alta, tos y escurrimiento nasal— se confunden con otras infecciones respiratorias. Un signo distintivo previo, antes de la aparición de las máculas rojizas en el cuerpo, son las manchas de Koplik, pequeñas lesiones blanquecinas en la mucosa bucal. Para entonces, la persona ya ha sido contagiosa durante varios días.
El sarampión puede causar neumonía, infecciones del oído y encefalitis, una inflamación grave del cerebro. Puede ser mortal, pero incluso cuando no lo es, deja secuelas importantes como ceguera o pérdida de la audición. Un efecto sumamente pernicioso es la llamada “amnesia inmunológica”: el virus borra parte de la memoria del sistema inmune, dejando al organismo vulnerable a infecciones que ya había superado.

Fuentes históricas atribuyen al médico persa Rhazes en el siglo X, la primera descripción del sarampión. Pero es posible que el sarampión haya estado presente desde la aparición de los grandes centros urbanos en Asia, Egipto y en el Mediterráneo, pero por la naturaleza de sus síntomas haya sido considerado en la misma clase de enfermedades como la rubeola o la viruela.
Recientemente, basados en la reconstrucción de la secuencia genómica de MeV, atrapados en un pedazo de pulmón conservado en formalina desde 1904 en el Museo de Historia de la Medicina de Berlín, se pudo obtener una representación ancestral –filogenia–de este virus. Al compararlo con otros virus de la familia, como los de peste bovina y de otros animales silvestres, se dedujo que el MeV invadió al humano –probablemente desde los bovinos– hace 4,000 años. Sin embargo, la versión moderna del virus se estableció alrededor del año 300 A. C., coincidiendo con la aparición de núcleos poblacionales capaces de sostener la transmisión activa del virus.
Estos conceptos indican pautas epidemiológicas para el control y erradicación del sarampión. Una de ellas es reducir al mínimo el número de personas susceptibles. Allí reside la importancia de la vacunación hasta alcanzar una cobertura amplia y sostenida, que haga prácticamente imposible la transmisión del MeV. Que hoy muera un niño o un adulto por sarampión es un fracaso de la salud pública y de políticas de gobierno desatinadas. Se trata de una enfermedad prevenible; permitir su reaparición es un error evitable y costoso.
“Que hoy muera un niño o un adulto por sarampión es un fracaso de la salud pública y de políticas de gobierno desatinadas. Se trata de una enfermedad prevenible; permitir su reaparición es un error evitable y costoso”

