

Crimen y ciudad
La presencia del tema de las violencias se está convirtiendo en un elemento estructural de las ciudades, si bien no debemos olvidar el componente rural o semirrural de estas. Esto es cada vez más evidente en países como México, en donde cada vez más las localidades pequeñas están jugando un papel central en cuestiones de narcotráfico (producción, procesamiento y trasiego), de extracción ilegal de combustible (huachicol) y de extorsiones a la población.
La semana pasada se realizó un seminario en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, en donde se discutieron temas relacionados con la producción de violencias urbanas en América Latina. El foro fue organizado por Patricia Ramírez Kuri y contó con invitados internacionales como Fernando Carrión de FLACSO Ecuador y Enrique Oviedo de la CEPAL. El primero presentó una visión multifactorial de la violencia, que involucra una componente histórica en la región, una estructural (al ya estar entretejida la violencia a los procesos cotidianos), plural (al incorporar una variedad de actores), y relacional (al involucrar las violencias interpersonales).
En su intervención, el funcionario de la CEPAL presentó el comportamiento del Producto Interno Bruto en la región, comentando que éste resulta de algún modo relativo, ya que no considera el impacto de dos elementos importantes: la economía informal y la economía criminal, las cuales revelan factores que van más allá de la producción de los bienes y servicios formales. Otra limitante de las comisiones de las Naciones Unidas encargadas de analizar las condiciones económicas de los países y proponer medidas o políticas públicas acordes a los objetivos de desarrollo global, es que dichas políticas son filtradas por los gobiernos, adaptadas de acuerdo con sus intereses, y modeladas según las circunstancias que se presenten.
Se discutieron también cuestiones sobre el papel del Estado en el mantenimiento de la violencia como un continuum, en donde las comunidades son sometidas por el poder del crimen organizado que se apropia del territorio y captura las capacidades de reacción del gobierno en turno. Es por ello que para llegar al estrato profundo de las violencias es necesario reestablecer los mecanismos de control fundamentales para dirigir el desarrollo de una nación: los normativos, que permitan inhibir el lavado de capitales ilegales en empresas, proyectos e instrumentos de financiamiento; judiciales, con la tarea primigenia de bajar los niveles de impunidad (en el caso mexicano mantenidos a lo largo de décadas en porcentajes cercanos al 98%); y por último acuerdos multilaterales en donde los países en todo el continente establezcan acuerdo y medidas comunes ante el crimen organizado.
Es así que, si bien el entender las dinámicas de la economía criminal es el primer paso para solucionar el problema, si bien esto no tiene impacto sin el compromiso de actuar en consecuencia. En ese contexto, las dinámicas espaciales del crimen adquieren relevancia al situarse al centro de la economía (en sus distintas acepciones) lo que tiene un impacto directo en la calidad de vida de los ciudadanos.

Finalmente, estuvo circulando la pregunta sobre cuáles son las nuevas configuraciones de la violencia –que a veces se considera intrínseca al carácter latinoamericano–, a lo que se puede responder que existen tres elementos centrales que definen este fenómeno en la actualidad: la velocidad, la escala y la captura del territorio. El primero destaca la velocidad con que crecen estas organizaciones, tanto en el medio urbano como el rural, recordando el caso Ecuatoriano, en donde en apenas unos años el país se equiparó a los niveles de países como el nuestro. La escala, en cambio, ha sido un factor que ha hecho aumentar el tamaño de los mercados, convirtiéndose en una industria delictiva multinacional con un poder económico difícil de contener. El tercer elemento se refiere a la apropiación espacial, en donde ésta se vuelve instrumental y patrimonio de los grupos de la delincuencia organizada. Es así que la economía criminal se manifiesta y se infiltra en el territorio, condicionando los procesos e interacciones entre sus habitantes.

Foto: Augusto Zurita / Cortesía del autor

