

En estas fechas conviene hacer un ejercicio sencillo: pensar en las mujeres de nuestra vida. En la mamá, la abuela, las tías, las amigas. Hacer el recuento honesto de cuántas veces han sostenido emocionalmente a sus parejas, a sus hijos y a toda la familia, mientras su propio bienestar quedaba en segundo plano, muchas veces sin ser nombrado, mucho menos reconocido.
Pero este trabajo histórico de cansancio crónico y emocional no ocurre en el vacío, se suma a una carga ya desigual de trabajo doméstico y de cuidados que se intensifican en estas fiestas. En México, las mujeres dedicamos en promedio cuarenta horas semanales a estas tareas, frente a dieciséis horas que destinan los hombres, de acuerdo con datos del INEGI. Diciembre, lejos de aliviar esta desigualdad la convierte en una carga pesada más reuniones, más compromisos, más expectativas y menos espacio para el descanso.
La socióloga Carolyn Rosenthal nombró este fenómeno como kinkeeping: el trabajo invisible que históricamente realizan las mujeres para mantener la armonía familiar. Organizar el intercambio, tener un regalo extra por si alguien lo olvidó, mediar conflictos, cuidar vínculos, asegurarse de que todas y todos estén bien. Kin (familia) y keeping (mantener, sostener).
El problema es que esta labor de sostén emocional también opera como una red de silencios. Cuando las mujeres están ocupadas en mantener la paz, se les exige tolerar incomodidades, minimizar agresiones y callar violencias para que la celebración no se fracture. Así, el mismo trabajo que mantiene unida a la familia se convierte, muchas veces, en un mecanismo que protege al agresor y deja solas a las víctimas. Una gran proporción de mujeres que vivieron violencia sexual en la infancia señala a un familiar como agresor. Las reuniones navideñas recrean escenarios donde esa violencia puede repetirse, casas llenas, vigilancia relajada, jerarquías intactas, consumo de alcohol y prácticas normalizadas como obligar a niñas y niños a saludar de beso, sentarse en piernas ajenas o tolerar contactos que incomodan.
Por eso, cuando hablamos de violencia en diciembre, no hablamos de excepciones ni de accidentes. Hablamos de un entramado de cargas, silencios y mandatos que se intensifican en nombre del amor, la familia y la tradición. Pensar en ello no arruina las fiestas; al contrario, permite preguntarnos quiénes las sostienen y a qué costo.
Así que, si de verdad queremos aprovechar el espíritu navideño, quizá valga la pena repensar cómo convivimos. Dejar de cuestionar a la sobrina sobre si tendrá o no tendrá hijas e hijos. Dejar de opinar sobre cuerpos, decisiones o vidas que no nos pertenecen. Dejar de pedirle a las infancias que saluden de beso “por educación”. Dejar de normalizar comentarios incómodos bajo el pretexto de la confianza.

Y, sobre todo, dejar de poner en duda la palabra de una niña, una adolescente o una mujer que señala una agresión, incluso y especialmente cuando el señalamiento incomoda, cuando apunta al abuelo, al tío, al primo, al amigo de la familia. Creerles también es una forma de cuidado. Sería un buen regalo navideño. Y si de desear se trata en estas fechas, le deseo una sorora, llena de ternura y feminista navidad.

