TIEMPO DE DEFINICIONES

 

Nuestro país sigue en pie, a pesar de que hay fuerzas internas y externas interesadas en debilitarlo, con el fin de tener control sobre su territorio, sus riquezas naturales, sus recursos fiscales y su población.

Estoy convencido de que es tiempo de definiciones personales frente a muchos aspectos de nuestra vida familiar, laboral, social y política. No podemos seguir ignorando o fingiendo que no está pasando nada en el mundo, y en México, lo cual definitivamente ha de moldear un nuevo orden nacional e internacional. No podemos soslayar, en la dimensión cotidiana, lo complejo y difícil que es y será el tener suficientes alimentos, servicio de agua potable, servicios médicos, empleo y seguridad pública, si no encontramos nuevas fórmulas para entre todos generar esos bienes y servicios y estar en capacidad de disponer de ellos.

Ya no hay cabida para el pensamiento mágico de que el gobierno, sin importarnos cómo lo haga, es quien debe resolver todos nuestros problemas. Ya no podemos seguir vulnerando nuestra dignidad colectiva, sabiendo que personas y empresas, dentro y fuera del gobierno, cometen abusos, lesionan el patrimonio personal y colectivo, y a las cuales, sin embargo, no les pasa nada y siguen viviendo en el paraíso de la impunidad.

Ya no es tiempo de que nuestro gobierno sea políticamente correcto frente a los abusos que otros gobiernos cometen contra su población y la nuestra, especialmente los que se autonombran democráticos y defensores de los derechos humanos.

Ya es tiempo de que comprendamos que la llamada “globalización”, promovida por las grandes corporaciones multinacionales de “clase mundial”, con la complicidad de gobiernos nacionales, es un camino seguro al suicidio colectivo, cuya racionalidad ha consistido en que las sociedades entreguemos nuestra soberanía, destruyamos todo aquello que asegura nuestra autosuficiencia y autonomía, y así, ya desnudos e inermes, nos convirtamos en masas serviles de trabajadores y consumidores al servicio del proyecto de acumulación ilimitada de recursos para unos cuantos avispados enfermos de codicia y de poder.

Por todo esto, y mucho más, es urgente pensar cuál es la mejor forma de organizarnos como sociedad, bajo los criterios de corresponsabilidad en la construcción del bienestar colectivo. Es por eso que siguiendo la línea que planteamos en nuestra colaboración del pasado 18 de noviembre, sobre la propuesta de un “Desarrollo a escala humana: una opción para el futuro” (1986), elaborada por Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martín Hopenhayn, publicada en Santiago (Chile), teniendo como referencia la crisis latinoamericana, (http://habitat.aq.upm.es/deh/) es importante que reflexionemos en México sobre temas como los siguientes:

1. ¿Qué tipo de República es la que realmente somos y queremos ser? Formalmente hemos sido una República Federal, resultante de un pacto celebrado por Estados libres y soberanos, constituidos a su vez por Municipios Libres, gustosos de pertenecer a esta agrupación colectiva llamada Estados Unidos Mexicanos.

Esto suena muy bien, con el inconveniente de que culturalmente parece que estamos destinados a no dejar de depender de lo que hace y dice el presidente o la presidenta de este país federado, al margen de la existencia de grandes aparatos burocráticos con funciones ejecutivas, legislativas y judiciales que existen en cada uno de los estados federados y sus respectivos municipios.

¿No sería acaso preferible, reconsiderar las cosas y convertirnos en una república unitaria o centralista, con un gobierno central que tome las decisiones que afectan a todo el territorio, a través de gobernadores estatales y presidentes municipales designados desde el centro y responsables frente al gobierno central? Todo ello conservando las características de una república democrática que posee una carta magna y cuyos habitantes eligen a los poderes centrales.

2. ¿Qué tipo de empresas queremos que existan en México? Está claro que el modelo ideológico globalizador/neoliberal destruye gradualmente la plataforma económica de producción, distribución y consumo propia de cada país, para dar cabida a la plataforma creada por las firmas transnacionales. El mercado interno pasa a segundo plano, y la economía se programa para la exportación, al menos por dos razones: ser un eslabón en la cadena productiva internacional, marcada por la segmentación para optimizar costos y bajar riesgos, y, por otra parte, para generar las suficientes divisas en dólares para que los países sigan apuntalando esa divisa hegemónica y estén en condición de cumplir los compromisos de la eterna e impagable deuda externa, clara expresión de la esclavitud moderna.

Por esta razón, habría que fijar reglas muy claras de inversión nacional y extranjera en materia económica, olvidándose de la fantasía del “libre mercado” que sólo disfraza procesos naturales de monopolio y de aplicación de la regla natural de que el “pez grande se come al chico”.

En las siguientes entregas seguiremos hablando de éstas y otras temáticas.

*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

Vicente Arredondo Ramírez