

MÁS ALLÁ DEL GOBIERNO FILANTRÓPICO
Octavio Paz, poeta, pensador, diplomático mexicano y ganador del premio Nobel de literatura (1914-1998) escribió el ensayo El Ogro Filantrópico, publicado en la revista Vuelta 21, en agosto de 1978. En dicho trabajo hace la radiografía del sistema mexicano, conducido por el partido de Estado (PRI), y en el que describe la manera en que el gobierno se reproduce a sí mismo para su propio beneficio, y de cómo gratifica a la sociedad para que no cuestione su poder hegemónico.
En respuesta a esa situación, el escritor señala lo siguiente:
“Creo que, como los otros países de América Latina, México debe encontrar su propia modernidad. En cierto sentido debe inventarla. Pero inventarla a partir de las formas de vivir y morir; producir y gastan, trabajar y gozar que ha creado nuestro pueblo. Es una tarea que exige aparte de circunstancias históricas y sociales favorables, un extraordinario realismo y una imaginación no menos extraordinaria.
No necesito recordar que el renacimiento de la imaginación, lo mismo en el dominio del arte que en el de la política, siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica.
Creo que a nuestra generación y a la que sigue les ha tocado este quehacer. Pero antes de emprender la crítica de nuestras sociedades, de su historia y de su presente, los escritores hispanoamericanos debemos empezar por la crítica de nosotros mismos. Lo primero es curarnos de la intoxicación de las ideologías simplistas y simplificadoras”.

En los años posteriores a este ensayo, la modernización de nuestro país no se buscó atendiendo las recomendaciones emitidas por Octavio Paz, sino que se impuso un camino totalmente distinto al aceptar la imposición de un modelo de crecimiento económico operado por gobiernos, empresas y organismos extranjeros, con el consiguiente desmantelamiento de las leyes y fórmulas administrativas construidas por los gobiernos nacionales, bajo el modelo tradicional de Estado/nación. Con esto, todo indicaba que el “Ogro Filantrópico” desaparecería; sin embargo, lo que sucedió fue que se transformó. El gobierno siguió siendo una camarilla de beneficiarios del poder, pero ahora con un perfil tecnocrático/financiero al servicio del proyecto globalizador/neoliberal impuesto desde fuera, y lo “filantrópico” de su función se mantuvo en programas y proyectos de atención a la pobreza, racionalmente formulados y operados, cuya finalidad era atender los rezagos históricos, a la vez que los daños colaterales de marginación producidos por el modelo neoliberal.
El fracaso de este modelo se empezó a constatar muy pronto, aunque tuvo su preminencia durante más de tres décadas, hasta que, a partir de las elecciones federales del 2018, se inició en México un proceso de desactivación gradual del modelo, por la vía legislativa y la vía de política pública.
La llamada “cuarta transformación” plantea un modelo de desarrollo basado en premisas y conceptos tales como “primero los pobres”, “desarrollo con bienestar”, “bienestar compartido”, “distribución justa de la riqueza”, “combate a la corrupción”, “soberanía nacional”, “defensa de los recursos nacionales”, “economía moral”, “humanismo mexicano”.
La pregunta es si este cambio de modelo es en realidad un regreso corregido y aumentado de la parte “filantrópica” del Ogro descrito por Octavio Paz, o bien responde, como se ha dicho, a hacer efectivos determinados derechos humanos/sociales, sin que existan pretensiones, ni posibilidades de construir un Ogro semejante al que existió con el PRI.
Habría que valorar en qué medida las premisas en que se sustenta la cuarta transformación responden a las consideraciones hechas por Paz, sobre la necesidad de que México invente su propia modernidad, “a partir de las formas de vivir y morir; producir y gastar; trabajar y gozar que ha creado nuestro pueblo”, y si en efecto se está trazando el camino con realismo e imaginación, teniendo en cuenta las circunstancias históricas y sociales, y resultado de un proceso colectivo de análisis y crítica sobre nuestra realidad nacional.
Habría también que analizar, si lo que la cuarta transformación llama “humanismo mexicano” atendería en alguna medida a la propuesta de crear o recrear nuestra propia modernidad, en un entorno mundial marcado ya por la posmodernidad. Pareciera que ese concepto del “humanismo mexicano” está en formación, y que con frecuencia está referido a tener en cuenta la parte indígena de nuestro ser mestizo, a la manera en que los monjes, como Don Vasco de Quiroga y Fray Bartolomé de las Casas, que acompañaron a los conquistadores españoles, crearon relaciones con los pueblos indígenas, inspiradas por la propuesta humanista de pensadores europeos como Tomás Moro, Erasmo de Rotterdam, y Francisco de Vitoria. Ese pensamiento humanista socio/religioso abogaba por el respeto a la dignidad humana y al reconocimiento del potencial del ser humano para su propio desarrollo y el de la comunidad.
El rumbo que habrá de tomar nuestro país, y el papel de su gobierno, estará sin duda determinado en gran medida por lo que vaya sucediendo en el entorno internacional, y muy específicamente por el comportamiento de nuestro país vecino del norte, seguramente desesperado ante la evidente pérdida de su poder hegemónico. Por lo pronto, la prepotencia del hegemón quedó confirmada y oficializada con los primeros “decretos ejecutivos” que firmó el reinaugurado presidente Trump.
En este sentido, habrá que tener mucha claridad sobre lo que queremos como país, lo cual, más allá de retóricas, quedará claramente reflejado en el modelo de generación y distribución de la riqueza nacional, los presupuestos anuales de ingresos y egresos, los avances en la seguridad pública, el ejercicio real del estado de derecho, la corresponsabilidad ciudadana en la gestión de lo público/gubernamental, y la forma de operar el pacto federal. Todo esto sumado medirá el rumbo, intensidad y velocidad de lo que en materia de transformación y modernización habrá de suceder o no, en nuestro país.
*Interesado en temas de construcción de ciudadanía.

