Quiero ser huevona

 

Después de las vacaciones de verano, volver a la rutina y enfrentar la realidad es brutal. Es como estar feliz en la piscina y saltar del trampolín, solo para darte cuenta en pleno vuelo de que la piscina está vacía. Este año, mi dolor de espalda no quiso quedarse fuera y decidió subirse al tren del «regreso a clases» en primera clase.

El miércoles por la mañana, después de ducharme, tomé la brillante decisión de ‘secarme al aire’ y tender la cama con una toalla en la cabeza, sintiéndome Cleopatra en versión doméstica. Mientras luchaba con la sábana ajustable —sí, esa invención demoníaca que parece tener vida propia—, justo cuando estaba en el duelo final con la esquina rebelde, mis vértebras lesionadas y los músculos de la espalda hicieron su entrada triunfal. Un espasmo, desde la parte baja hasta la nuca, me dejó tirada boca abajo, convertida en una piltrafilla humana, sin poder respirar ni gritar. Lo único que salía de mi boca era un quejido, como el mugido de una vaca deshidratada en medio del desierto.

Y ahí me quedé, inmóvil y con el trasero al aire. Sola en casa, el pánico me invadió al pensar que no podría levantarme sin ayuda, como ya me había pasado antes. Mi móvil brillaba por su ausencia, pero entonces recordé que mi reloj estaba conectado al teléfono. La idea de quedarme paralizada y desnuda por horas me hizo considerar seriamente llamar al 911.

Pero entonces recordé que los paramédicos de mi pueblo entrenan en el mismo gimnasio que yo. En ese instante, el poco pudor que le queda a alguien con semejante nivel de dolor decidió salvarme del bochorno de ser rescatada en ese escenario tan humillante y luego tener que verlos, cara a cara, en el único gimnasio del pueblo.

Así que decidí aguantar como una gladiadora en su última batalla. Veinte eternos minutos después, con lágrimas en los ojos y las nalgas congeladas por el aire acondicionado, logré moverme lo suficiente para recuperar la respiración. Al fin me incorporé, me puse un albornoz y fui directa por mis pastillas para el dolor, esas que mi médico me recetó para “situaciones críticas”. Pero, cuando encontré el frasco, descubrí que las benditas pastillas habían caducado hacía tres meses. La cereza del pastel para mi particular “regreso a clases”.
Lo que siguió fue otra odisea: conseguir que mi médico me recetara de nuevo el medicamento, pero esa es una historia para otro día. Finalmente, a las 7 pm, la farmacia tenía mis pastillas listas y, en cuanto las tuve en mis manos, me las tomé con la misma ansiedad que una yonqui inyectándose debajo de un puente.

El sábado, aun con dolor, le dije a mi marido que cenáramos fuera, porque esa noche habría ‘un pinche menos’ en la cocina. En casa, cocinar en familia los fines de semana es una tradición. Mi marido me aseguró que él y la niña se encargarían de todo y que mi única tarea sería «sentarme y verme bonita». Durante la preparación de la cena, me sentí incómoda. Desde mi silla, di instrucciones y, más de una vez, me levanté a limpiar lo que me perturbaba. Mi marido me miró y me soltó:

—¿Por qué no puedes estar sin hacer nada?

—No lo sé —respondí con un suspiro—, el caos me perturba y no ayudar me agobia.

Fue entonces cuando, por primera vez en toda la noche, me quedé quieta, absorta en mis pensamientos. Me pregunté por qué a la mayoría de las mujeres nos cuesta estar sentadas, relajadas, sin hacer absolutamente nada. Tal vez es porque, de alguna forma, nos enseñaron que debemos, que tenemos que ser serviciales, como si nuestro valor se midiera en cuánto ayudamos, cuánto limpiamos o cuántas tareas llevamos a cabo al mismo tiempo.
Nadie nos lo dijo explícitamente, pero lo vimos en nuestras madres, en nuestras abuelas, siempre ocupadas, siempre al pie del cañón.

Es posible que nunca nos hayan enseñado a simplemente sentarnos y disfrutar del momento sin sentir esa necesidad interna de intervenir de comedirnos.

No nos enseñaron a honrar nuestro cuerpo cansado o enfermo, ni mucho menos a bajar el ritmo en esos días del mes cuando nuestras hormonas no nos dejan dar más. Pero seguimos, dando el 120%, porque nos hemos convencido de que «si no lo hago yo, no lo hace nadie». Aunque, tal vez, la razón por la que nadie más lo hace es porque no nos permitimos dejar que nos ayuden.
Quizás lo que necesitamos es simplemente aprender a ser huevonas, sí, huevonas de tiempo completo. ¿Qué tiene de malo sentarse, descansar y dejar que alguien más se encargue por un rato? La vida moderna nos exige tener trabajos fuera de casa, darlo todo en nuestras carreras, ser líderes y, luego, llegar a casa y ser todólogas. Para nosotras, mujeres criadas bajo la mirada vigilante de madres y abuelas siempre dispuestas, la idea de ‘no hacer nada’ en casa suena casi a pecado.

Pero estoy convencida que ser huevona no es un defecto; es un acto de rebelión. Un acto de amor propio, de escuchar a tu cuerpo y decir: «Hoy no me toca a mí». Es aceptar que está bien sentarse y simplemente… ser y estar. Disfrutar de una cena sin sentir la necesidad de levantarse a cada rato, ver cómo otros toman el mando sin culpa, o pasar una tarde sin preocuparse por el polvillo del suelo. Así que sí, quiero ser huevona. Quiero, de vez en cuando, permitirme el lujo de hacer lo mínimo necesario y no sentirme menos valiosa por ello. Quiero aprender a disfrutar esos momentos en los que no estoy corriendo detrás de todo y de todos.

Me declaro en mi era huevona, y eso no me va a hacer menos virtuosa, solo menos cansada.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara