

¿Quién es tu Bon Jovi?
Estoy segura de que Bon Jovi jamás imaginó que sería un héroe al despertar aquella mañana. Hace unas semanas, mientras filmaba un videoclip, el famoso cantante de los ochenta cruzó un puente y, en lugar de encontrar inspiración para una canción, se topó con una chica a punto de saltar al vacío.
Cuando leí la noticia, pensé que era otra estrategia publicitaria, de esas milimétricamente diseñadas, con una guitarra acústica de fondo y una melancolía perfectamente calculada. Pero las imágenes, captadas por cámaras de seguridad y compartidas por la policía, eran demasiado crudas, demasiado reales como para ser fabricadas.
En un acto que probablemente cambió la vida de ambos, Bon Jovi se detuvo, habló con ella y la convenció de no saltar. Cuando la chica estuvo a salvo, los dos se abrazaron, como si en ese gesto comprimieran años de dolor, pero también de esperanza. Esa escena, tan íntima y tan humana, me hizo pensar en los “Bon Jovi” que han cruzado mi vida, justo cuando las tormentas internas eran más fuertes que las ganas de seguir.
Hace unos días, llegó a mi oficina una chica para colaborar en un proyecto administrativo. Era joven, guapa, con una sonrisa que iluminaba la habitación y unos ojos de mirada compasiva, esos que solo tienen quienes han visitado el infierno y han logrado regresar.
Desde el primer momento, sentí un halo de madurez en ella, inusual para alguien de su edad. Esa madurez parecía haber sido forjada en las batallas más oscuras, esas que se libran contra los propios demonios.

Lo que parecía ser un día rutinario, lleno de papeleo y correos electrónicos, se transformó en una jornada inesperada, cargada de emociones y conversaciones profundas sobre salud mental. A medida que hablábamos, su voz, al principio tímida, comenzó a entrelazar confesiones, reflexiones y miedos que se sentían tan cercanos que parecían propios. En cuestión de horas, las máscaras de la frialdad corporativa se desmoronaron, dejando espacio para una conexión honesta, vulnerable, casi cruda, entre dos almas que conocían bien el peso de las batallas que nadie ve.
Hablamos de esa nube pesada que a veces no se va, aunque el sol brille. Del dolor, de la angustia constante en el pecho, esa sensación que transforma cada latido del corazón en una especie de castigo. Me contó de sus miedos, de las expectativas imposibles para alguien de su edad, del ruido constante de la vida cotidiana, que a veces no te deja escuchar tu propia voz.
Mientras la escuchaba, fue imposible no verme reflejada en sus palabras. Me vi a los 20 años, cargando una tormenta interna que nadie parecía notar, librando una guerra silenciosa en la que la mayor batalla era contra mí misma.
Le conté que mi salud mental no siempre fue lo que es hoy, que ha mejorado muchísimo, pero que el camino no ha sido fácil. Nada fácil.
He pasado más de la mitad de mi vida con depresión, sintiéndome atrapada en un cuarto oscuro, sin saber por qué, buscando desesperadamente una salida que no sabía si existía.
Lo más cruel de la depresión es que te aísla, te inhabilita y te convence de que siempre será así, aunque no sea cierto, porque siempre hay luz esperando al otro lado de la oscuridad. Siempre.
Secretamente, sentí alivio de no tener 20 años en los tiempos que corren. No sé si habría podido sobrevivir a la constante sobreinformación y a la implacable sobreexposición de las vidas propias o ajenas, esas que tienen una habilidad única para desgastarnos de formas profunda.
Estamos siendo bombardeados con información que no sabemos cómo procesar: la guerra, la política, los desastres naturales. Las redes sociales alimentan nuestra ansiedad, mientras los algoritmos deciden qué debemos ver, pensar y sentir. Vivimos atrapados en un vaivén constante entre la comparación, la incertidumbre y el miedo.
Y, aun así, seguimos caminando como si nada, con una sonrisa digna de Facebook o Instagram, porque el mundo nos exige ser invencibles y vibrar alto.
Pero nadie cruza el puente solo. Siempre hay alguien, algo, que nos salva. Puede ser un terapeuta que te da herramientas para no caer en espiral al “séptimo círculo del infierno”, o tu madre, que reza en silencio por las noches y cuya fe te sostiene sin que lo sepas. Puede ser ese amigo que, con un chiste estúpido, parece desatar los nudos en tu pecho. O tu abuela, que te sirve tu comida favorita con ese cariño que lo cura todo, incluso lo que no se nombra.
A veces, es tu mascota que te recibe con entusiasmo cuando vuelves a casa, porque para ella tú eres todo su mundo. O quizá es esa pasión que te devuelve la fuerza, como escribir, pintar, correr o cualquier cosa que, de alguna manera, te hace sentir vivo otra vez.
Y todo eso me recuerda la importancia de estar alertas, no solo a nuestras propias batallas, sino a las de los demás. A veces, basta con preguntar: «¿Cómo estás?» y estar realmente dispuestos a escuchar la respuesta, incluso si duele, incluso si es incómoda. Y, otras veces, no hace falta decir nada; solo estar presente, en silencio, acompañando en ese cuarto oscuro, sin señalar dónde está la puerta de salida.
En algún momento, la vida nos coloca en un puente. A veces somos quienes, al borde del abismo, necesitamos que alguien nos vea, nos hable y nos sostenga antes de caer. Y otras veces, somos Bon Jovi, quien, seguramente con más miedo que certezas, encuentra el valor de acercarse, tender una mano y ofrecer palabras que, aunque no curen del todo, tienen el poder de salvar.

Cortesía de la autora

