El hielo negro de la vida 

El sábado pasado me caí por las escaleras de casa. Doce escalones que conozco de memoria, que he bajado cientos de veces y que ese día me traicionaron con la misma frialdad con la que Carlos traicionó a Lady Di. 

Salí como cada mañana, rumbo al gimnasio. Sin guantes ni chaqueta, porque la noche anterior no había nevado y estábamos a –2 °C, que aquí, en el noreste americano, en invierno, casi cuenta como verano. Café en una mano, electrolitos en la otra, porque he aprendido lo importante que es estar hidratado. Lo que no he aprendido, evidentemente, es a mirar dónde piso.  

Bajé el primer escalón y el suelo desapareció. El café fue directo a mi cara, los escalones se fueron presentando uno por uno con mi trasero. Intenté agarrarme al barandal, pero hubiera necesitado ser Hulk para frenar la caída libre de este cuerpo majestuoso con un solo brazo. Finalmente, aterricé en el asfalto.  

El dolor fue tan brutal que el mundo se apagó de golpe. Cuando abrí los ojos no sentía las piernas y empecé a repetir “no siento las piernas”, con el mismo dramatismo que Sylvester Stallone en Rambo. Tampoco sentía las manos. Entonces supe que no me había roto nada; simplemente me estaba congelando.  

Como pude, saqué el teléfono y llamé a mi marido, que a las 6:00 a.m. de un sábado duerme, como alguien que no tiene deudas ni culpas. Consideré insistir, pero mi mente catastrófica lo imaginó bajando medio dormido, resbalando, cayendo encima de mí y matándome. Ese final no lo merecía ninguno de los dos. 

Así que me quedé sola. Con el frío, con el dolor y con ese vacío interno que llega cuando uno finalmente acepta que nadie va a venir a salvarte. No porque el mundo sea cruel, sino porque así funciona este circo que llamamos vida. Porque en algún momento —tirados en el suelo o no— todos escuchamos esa voz. Nuestro Pepito Grillo personal. Esa voz que no te dice que todo va a estar bien, que simplemente te grita: «Levanta el culo, ¡carajo!». 

Me limpié las lágrimas. Intenté ponerme en pie, pero resbalaba, el suelo entero era una pista de hielo. Fue entonces cuando vi una cubeta de sal al pie de la escalera, casi cubierta por la nieve, olvidada ahí desde quién sabe cuándo. Sabía que en teoría estaba vacía —esas cubetas se dejan ahí para que alguien las tire—, pero aun así la abrí con los dedos entumecidos por el frío, con la esperanza de que quedara algo. Y había. No mucha, pero la justa. Rocié un poco de sal en el asfalto para poder levantarme y, de escalón en escalón, agarrada al barandal con lo poco que me quedaba de dignidad, conseguí llegar a casa.

A ese tipo de hielo los gringos le llaman black ice. No es negro ni blanco; es más bien transparente, una capa tan fina que parece que no existe hasta que ya estás en el suelo preguntándote qué pasó. Y eso es lo más traicionero de todo. 

Ese «hielo negro» me recuerda a esas épocas de la vida en las que uno no ve venir el colapso. Con veinticinco años terminé con medio cuerpo paralizado por un ictus. No hubo señal de alarma, solo acumulación, estrés, proyectos, responsabilidades que iba aceptando porque no sabía decir que no. Hasta que mi cuerpo decidió parar por mí. 

El desamor es exactamente igual. Mi matrimonio anterior duró once años y no se rompió en un día. No hubo traición, no hubo dramas. Se fue enfriando en silencio, en todas esas cosas pequeñas que parecían insignificantes por separado y que, juntas, fueron formando esa capa invisible sobre la que un día descubres que ya no puedes sostenerte. No hubo un momento exacto. Cuando quise verlo, el hielo ya lo cubría todo. 

Con las amistades pasa algo parecido. A veces no se rompen, se enfrían. Con comentarios pasivo-agresivos que se dejan pasar, sentimientos que nunca se validan, conversaciones que se vuelven cada vez más superficiales hasta que ya no resuenan con nada. Los planes se posponen hasta que dejan de proponerse. Y un día caes en la cuenta de que hace meses que no sabes nada de alguien que antes sabía todo de ti. 

Nos enseñaron a reconocer los precipicios. Los peligros con nombre, los monstruos, las crisis, el diagnóstico médico, el jefe que es un tirano y que puede despedirte en cualquier momento, la pelea que termina a gritos. Nos prepararon para lo dramático. Pero nadie nos explicó que las caídas que más duelen no ocurren en terreno desconocido. Ocurren en casa, en los doce escalones de siempre, en las relaciones que creíamos resueltas, en las mañanas que jurábamos tener bajo control. 

Lo que me rescató ese sábado no fue el valor ni la fortaleza. Fue una cubeta de sal olvidada por descuido al pie de la escalera. Una casualidad. Una coincidencia. Una «Dioscidencia». Depende en qué creas. 

Dios, la vida, el universo —o como quieras llamarle— rara vez manda helicópteros ni rescates espectaculares como en las películas de James Bond. Generalmente manda cubetas de sal olvidadas en el lugar exacto, en el momento exacto, con la cantidad justa para que puedas ponerte en pie. 

Y la diferencia entre levantarse o quedarse tirado en el suelo casi nunca es la fuerza. Es la consciencia. Abrir los ojos, darse cuenta de que hay hielo y recordar que la sal casi siempre está ahí.  

Lo trágico de la vida no es el hielo negro. Lo trágico es cuando el golpe te deja tan aturdido que te quedas tirado en el suelo, compadeciéndote de ti mismo… y olvidas que también existe la sal. 

Imagen cortesía de la autora
Elsa Sanlara