No uses tu teléfono a las tres de la mañana

Elsa Sanlara

Cuando estaba soltera, mi abuela me decía que nada bueno pasaba después de las tres de la mañana. A esa hora, según ella, anda suelto el diablo. Yo tardé años en comprobarlo, a esa hora una está cansada, sensible y con el criterio bajo mínimos.

Hace una semana tuve insomnio. De ese que no se arregla con té de valeriana ni con respiraciones profundas. Y, para completar el cuadro, el individuo con el que comparto vida y cama, por la noche se convierte en un tenor roncador fuera de tempo, y eso definitivamente no ayuda.

A las tres en punto me fui a la habitación de invitados, agarré el teléfono y empecé a leer cosas que no deberían leerse a esa hora. Sí, caí en las garras de las teorías conspirativas. No porque me interesen demasiado, sino porque a esa hora el cerebro entra en una zona rara, no está despierto ni dormido, y cualquier estupidez puede parecer brillante y convincente. Así terminé leyendo, otra vez, sobre la llegada del hombre a la Luna.

Ese momento en el que, supuestamente, el mundo entero se quedó quieto. Gente pegada al televisor, familias en silencio, niños sentados en el suelo, adultos que no sabían bien qué estaban viendo, pero entendían que era histórico. El ser humano saliendo del planeta, pisando algo que no era suyo. Y cuando Neil Armstrong bajó de la nave, millones de personas creyeron, aunque fuera por un segundo, que lo imposible no era tan imposible.

Y después, claro, aparecieron los conspiranoides. Los que están seguros de que nunca pasó, de que fue un montaje mal iluminado, de que la bandera se movía raro y las sombras no coincidían, de que alguien, en algún estudio de Hollywood, se había fumado algo de dudosa calidad. Y, por supuesto, a las tres y media de la mañana, con el mundo en silencio y mi tenor roncador alcanzando notas que deberían ser estudiadas, todo eso me pareció perfectamente lógico. Y así, en algún momento me quedé dormida con el teléfono en la cara.

Dos días después, cuando ya había olvidado el asunto, me llegó un correo electrónico que decía: “tus botas de astronauta están en camino”.

Abrí el correo convencida de que alguien había usado mi tarjeta de crédito. Pero no, todo parecía legítimo. El recibo, mi nombre, mi dirección y unas botas de mi talla. Entonces los recuerdos empezaron a sucederse uno tras otro y me vi a mí misma, en pleno delirio nocturno, decidiendo comprar unas botas que no eran precisamente normales.

Me reí y pensé que, en cuanto llegaran, las devolvería. Pero cuando llegaron, no pude.

Eran botas para la nieve, pero tan grandes, y tan toscas que no se distinguía la derecha de la izquierda. Me las probé y me vi en el espejo. No parecía una astronauta, parecía un Papá Pitufo artrítico, en plena crisis de mediana edad. Caminé por la casa como si estuviera aprendiendo a moverme en otro planeta. Torpe, lenta y carcajeándome sola.

Más tarde llegaron mi marido y mi hijastra. Ambos se atacaron de la risa, de esa risa histérica que te dobla el cuerpo, te hace llorar y te obliga a parar, sin aire, porque ya no puedes más.

Esa misma mañana mi marido me había dicho que estaba agotado, que el invierno se le estaba haciendo largo, que empezaba a notarlo en el ánimo. Esa noche, sin planearlo, nos reímos los tres como hacía tiempo no pasaba. Una risa tonta, de esas que no arreglan nada, pero aflojan lo que sea que uno traiga apretado en el pecho.

Y justo ahí entendí que no había comprado unas botas. Había comprado un paréntesis en mi vida.

Y creo que todos, si somos honestos, hemos hecho algo parecido alguna vez. Comprar una planta cuando no estás seguro de poder cuidarla, solo porque necesitabas algo vivo en casa. Pedir una vela que huele a bosque o a brisa marina porque querías que el aire cambiara. Un libro nuevo, aunque tengas otros cinco empezados. Unos tenis cuando lo que realmente estabas comprando era la fantasía de volver a moverte. Un billete de avión a un sitio con mar, o con frío, o con silencio; da igual, mientras no sea aquí. Algo que, visto desde afuera, no resuelve nada, pero por dentro acomoda un poco.

Sí, es consumismo. Pero también es supervivencia emocional, es terapia mal empaquetada.

Seguramente ninguno de nosotros va a llegar a la Luna. No todos vamos a hacer algo que paralice al mundo frente a una pantalla. Pero casi todos, en algún momento, necesitamos sentir que estamos un poco en los cuernos de la Luna. Aunque sea cinco minutos. Aunque sea caminando mal. Aunque sea haciendo el ridículo en el pasillo de tu casa.

Mi abuela diría que es una tontería gastar dinero así. Era una mujer sabia. Y por eso sé que también entendía que hay noches en la vida en las que no se trata de dormir, sino de resistir en la oscuridad hasta que pase.

Y hay días en los que la vida, por pura gracia divina, te pone unas botas absurdas y te permite seguir caminando. Aunque no sepas hacia dónde. Aunque no tenga sentido. Aunque, por un rato, necesites fingir que no estás aquí, que eres un astronauta y que estás flotando encima de la Luna.

Hellomagazine.com. Cortesía de la autora

LA JORNADA MORELOS