La vida no se pone mejor con los años

 

Tenía veinticinco años la primera vez que terminé en emergencias por un ataque de pánico, con una enfermera hablándome como si fuera sorda—ese tono condescendiente que se reserva para los niños y los moribundos—repitiéndome:

“Elsa, cariño, vas a estar bien. Esto no es un infarto”.

Yo, mientras tanto, me arrancaba la mascarilla de oxígeno con el dramatismo de quien creció viendo telenovelas de Televisa y le pedía, por favor, que donaran mi cuerpo a la ciencia. Porque si iba a morir lejos de mi México lindo y querido, al menos que sirviera para algo.

Llevaba menos de un año viviendo en España. Recién casada, recién emigrada, recién todo. De esas etapas en las que una se supone que debería estar flotando en una nube rosa y, sin embargo, lo único que flotaba en mi vida era la ansiedad. Para rematar, estaba en pleno reajuste de antidepresivos porque—palabras textuales de mi médico de cabecera—“los médicos gringos medican como para sedar a una vaca”.

Yo, por supuesto, era la vaca. Y estaba muy lejos de mi corral.

Después de verme hiperventilar como si me persiguieran los leones del Coliseo, inyectarme varios cócteles de “la felicidad” y confirmar que, efectivamente, no me estaba muriendo, me derivaron con un psiquiatra de larga trayectoria. Uno que, por suerte, había hecho una especialidad en Texas, así que entendía bastante mejor mi contexto, mi diagnóstico, mi idioma emocional y ese caos híbrido que es vivir entre culturas.

Fue el primer médico que tuvo el tiempo—y la paciencia—de explicarme que yo no estaba rota. Simplemente, la química de mi cerebro funcionaba distinto.

Un par de años después, en una visita de rutina—aburrida de vivir aplanada emocionalmente—le pregunté si algún día podría dejar el medicamento.

Me dijo que no lo recomendaba, que los veintes eran una montaña rusa emocional, que estaba recién casada, que seguramente tendría hijos, que la vida era intensa y que quizá, más adelante, después de los cuarenta y cinco o cincuenta, cuando la vida fuera —según él— menos estresante, podríamos volver a hablar del tema.

El chiste, por supuesto, se contó solo.

Yo nunca quise hijos, ni perros, ni plantas, así que un par de años más tarde, como quien se quita las rueditas de la bici antes de tiempo, dejé el medicamento. Ha sido una de las mejores decisiones de mi vida, aunque la transición fue horrible—y el vivir sin medicamentos—me exige llevar una vida casi monacal.

Hoy, después de darme múltiples golpes contra la pared—emocionales, físicos y profesionales—tengo claro que la vida no se pone mejor ni menos estresante cuando maduramos. Especialmente después de los cuarenta. Lo único que pasa es que nos volvemos más resilientes. Supongo que nadie le explicó a mi psiquiatra que entre los cuarenta y los cincuenta las mujeres no entramos en una etapa zen, sino en la perimenopausia, ese parque de diversiones hormonal donde el estrés, la ansiedad y el encabronamiento se multiplican como gremlins mojados.

La vida no baja el ritmo. No espera a nadie. Ni a los jóvenes, ni a los viejos, ni a las mujeres, ni a los hombres. Y si algo tengo claro es que la vida no se pone mejor con los años, la vida únicamente se pone mejor con dinero.

No con lujos. Sino con margen.

Con margen para no vivir en modo emergencia permanente. Para pagar terapia sin hacer cuentas mentales. Para tomar decisiones sin pánico. Para poder decir libremente “quiero el divorcio”. Para descansar sin culpa. El dinero no cura la ansiedad, pero evita que vivas con el agua al cuello. Y eso, créeme, cambia todo.

En mis veintes y treintas gasté como si el futuro fuera una ocurrencia lejana. En alivios rápidos. Compras impulsivas. Fiestas eternas con personas que no sumaban. Invertí en relaciones que drenaban más de lo que daban. Y nadie me dijo—o quizá sí, pero no escuché— que cuando despilfarras, no solo se gasta dinero, se gasta energía, tiempo y salud.

La vida, con su pedagogía “japuta”, me ha ido enseñando que, para tener dinero, primero tienes que aprender a no tirarlo. A no gastarlo en anestesias emocionales. A entender que cada peso mal puesto es una hora de vida que no vuelve.

Cuando los expertos hablan de 2026, no hablan de catástrofes, sino de cambios que ya están aquí. Inflación que baja, pero la vida no vuelve a ser “barata”. Mercados laborales más inestables, la inteligencia artificial acelerando procesos, sí, pero también dejando obsoletas profesiones completas y una jubilación que, para muchos, ya no será un retiro dorado sino un acto de supervivencia bien planeado.

Por eso creo que este año no va a premiar al que aparenta, sino al que se anticipa. Al que entiende que el verdadero lujo ya no es gastar, sino tener margen. Un colchoncito. Algo que te deje dormir sin hacer cuentas mentales a las tres de la mañana.

Yo ya entendí que no puedo aspirar a una vida sin estrés —eso no existe—, pero sí a una vida con margen. Margen para respirar, para elegir, para no volver a emergencias, hiperventilando, preguntándome qué demonios hice mal.

Porque sé que, cuando todo se sacude a tu alrededor, no te salva la edad, ni la madurez, ni el positivismo mágico-pendejo.

Te salva el margen.

Imagen: Freepik

Elsa Sanlara