

Sismo, intervención: feliz 2026
Empecemos las entregas de este nuevo año con un lugar común que, como la mayoría de ellos, es rotundamente falso: el 2026 empezó rudo. Se trata de una aseveración que requiere de creer en muchas supersticiones, empezando porque la medición arbitraria en ciclos conlleva necesariamente una suerte de renacimiento, refundación, reinicio que aplicara para todos los procesos, personas y personajes, fenómenos y las otras cosas de que está poblado accidentalmente el mundo.
Esta extraña confianza que se tiene al botón de reset que supondría tener cada año nuevo negaría la existencia de procesos, secuencias más allá del ciclo referido, como si se tratara de ejercicios fiscales y no de la realidad que tan poco suele allanarse a las mediciones humanas por miles de factores, el principal, porque es mucho más grande que la humanidad cuya pequeñez no alcanzamos a reconocer (a lo mejor por eso nos cuesta tanto reconocer las maravillas que solemos crear).
Así que el año que inició el jueves “nos ha traído ya” (según dice la jerga popular), un sismo y una intervención militar norteamericana en Latinoamérica. Pero ninguno de los fenómenos apareció porque llegó el 2026; llevaban mucho tiempo gestándose y sencillamente les tocó ser los primeros noticiones del 2026.
Guajolotas para el susto
Para el sismo hay explicaciones geológicas que nos remontarían a millones de años, placas tectónicas, movimientos, acumulación de energías, y así que llevaron exactamente a que el segundo día del año se presentara un temblor que asustó a muchos, tanto por el espantoso sonido de la alarma sísmica (suponemos que así debe ser para marcar el ambiente y cumplir efectivamente su función de alertarnos), como por la duración e intensidad del movimiento que, afortunadamente en Morelos sólo provocó el susto de muchos que aun vivían la resaca del recalentado. Es decir, el sismo no fue consecuencia del año nuevo ni tendría que arruinarse la esperanza de un 2026 mejor (sólo porque el anhelo y trabajo para construir un mundo mejor es una de las experiencias compartidas por casi todo el mundo).

De cualquier forma, el acontecimiento muy temprano para días de vacaciones invernales sirvió para calmar el anhelo de mis paisanos de un enorme bolillo con algo diferente al recalentado, algunos, solito para el susto, y otros, relleno de tamal (la famosa gualojota) para el pretexto de seguir con la tragadera, al fin que la dieta empezará hasta pasada la Rosca de Reyes.
Arepas para el otro
Con su antiguo lema de campaña Make America Great Again, Donald Trump revivió hace mucho el pensamiento tan arraigado en la derecha estadounidense de ser el policía del mundo. Su segundo periodo presidencial significó un mayor endurecimiento de la política exterior del vecino del norte. Los enemigos (la mayoría más bien ficticios) de los Estados Unidos fueron retomando viejos rostros en sujetos que, por supuesto no son buenas personas, pero su falta de bonhomía tiene muy poco que ver con los intereses norteamericanos.
El contexto internacional busca alternativas a los modelos económicos y políticos que ofrecen los regímenes del final del siglo XX y principio del XXI, incapaces todos de atender los problemas fundamentales de la humanidad de esta época (tan simples como la libertad, la ética, la justicia, la trascendencia). Esta gesta política de la humanidad y la evidente falta de talento de la ciencia política y (mucho peor) de los gobiernos para generar nuevos y efectivos modelos de organización social hace que surjan accidentes recurrentes como los populismos de derechas e izquierdas, que revivan los autoritarismos, y que los gobiernos de prácticamente todo el mundo recurran a paradigmas, discursos y maniqueísmos que se habían superado desde hace casi cuatro décadas.
Un ambiente como éste explica apariciones como Donald Trump, pero también como Nicolás Maduro y en general, como toda la pléyade de indefendibles representantes de los radicalismos en el planeta.
El enfrentamiento de Trump (que no de los Estados Unidos) con Nicolás Maduro (no con Venezuela), es el clímax de un camino de desencuentros en los que la popularidad y el supuesto respaldo social, se han impuesto al derecho internacional, a los valores diplomáticos y a la paz mundial, esa que dicen salvaguardar haciendo la guerra. Acá viene muy bien recordar a George Carlin “Fighting for peace is like screwing for virginity”.
Al final, los líderes mundiales indefendibles suelen cometer atrocidades igual de indefendibles.
Pero tampoco esa intervención armada es culpa del 2026, se venía gestando desde hace mucho tiempo.
No arruinemos la esperanza
En todo caso, y acá es donde el cinismo de no reconocer como un determinismo la arbitrariedad de los ciclos ayuda mucho, no debemos perder la esperanza de un futuro mejor sólo a partir de los eventos que ocurrieron los primeros días del 2026. Siempre hay la posibilidad de trabajar para romper los procesos catastróficos o prevenir sus efectos, basta con poder identificarlos. Para eso tenemos alerta sísmica, y a lo mejor convendría desarrollar una app que nos alerte de las catástrofes políticas cuando aún hay tiempo para cambiar el rumbo. Sé de mucha gente que pagaría por algo así. Sería un buen negocio para tiempos como el actual.
@martinellito / martinellito@outlook.com

