Compré el reloj de un muerto

 

Ha muerto en mi pueblo una mujer mayor. Cuando eso pasa, los herederos hacen lo que manda la costumbre gringa, es decir, abren la casa del difunto y venden hasta el último suspiro. En Estados Unidos lo llaman Estate Sale, un nombre elegante para la brutalidad de ponerle precio a la memoria. En español no tenemos palabra para eso, quizá porque nosotros, cuando alguien muere, hacemos café, encendemos velas, nos emborrachamos y lloramos juntos. Aquí, en cambio, se factura.

El Estate Sale me sabe a velorio sin duelo, sin llanto y con terminal bancaria. Los herederos publican anuncios, y los que somos carroñeros de la curiosidad llegamos con dinero en el bolsillo y cara de “yo solo vengo a ver”, dispuestos a comprar lo que queda de una vida. No sé si buscamos una lámpara o una chispa de la vida que se apagó ahí. Pero me gusta pensar que, en el fondo, vamos por ambas.

El aire dentro de esas casas siempre se siente espeso, como si el tiempo se negara a avanzar. No huele solo a polvo, huele a espera. En el baño todavía cuelga una toalla, la taza del desayuno sigue en el fregadero, y sobre el buró alguien dejó una pastilla a medio tragar. Es como entrar en un sueño interrumpido.

Vi el anuncio en la página de Facebook del pueblo. Decían que todo debía irse en menos de cuarenta y ocho horas, todo, y me pareció brutal la frialdad con la que se puede liquidar una vida. Me contaron que la mujer, una de esos mecenas con apellido de museo y gusto por el arte caro, había muerto hacía tres semanas. Su esposo se le adelantó un mes antes y, según los vecinos, ella ya estaba empacando para mudarse a una comunidad de retiro. Había empezado a separar sus objetos más queridos de las obras que donaría al centro de arte. En la sala quedaban antigüedades, cuadros, cristalería fina. Mientras los demás revisaban joyas y vajillas, yo me quedé mirando el refrigerador. Había tres notas pegadas con imanes: una lista de compras, una cita médica y otra que decía “llamar a Nancy”. Me quedé pensando si a la muerta le dio tiempo de hacerlo. ¿Quién sería Nancy? ¿Una amiga, una hermana, una hija que se distanció? ¿Le iba a pedir perdón, decirle que la quería, o la sorprendió la muerte justo antes de marcar el número?

Bajé al sótano y encontré una caja antigua de galletas. Dentro había cartas, un tarot y dos fotos de dos hombres jóvenes, sonrientes, de esos que parecen felices sin saber que un día terminarán olvidados en una caja. Sus miradas seguían vivas, como si no aceptaran la condena del olvido. Al fondo de la caja encontré un reloj Patek Philippe guardado en una bolsa de terciopelo negro. El cuero estaba agrietado, pero el reloj seguía intacto. Lo giré entre mis manos y vi el mecanismo moverse, una danza perfecta de engranajes como si dentro quedara un corazón que aún no sabía que su dueño ya no estaba.

Pregunté el precio y el chico que atendía la venta del sótano me dijo una cantidad ridícula por todo. No tenía idea de lo que sostenía entre las manos. No tuve la poca vergüenza de regatear… aunque ganas no me faltaron. En la planta de arriba estaban los abrigos, varios Rolex y las joyas de vitrina. Alguien debió pensar que en esta caja no había nada de valor. Me la llevé entera porque sentí que el reloj me había elegido a mí.

Pensé que esas ventas no son solo para vaciar casas, sino para exorcizar culpas. Los hijos venden para no cargar con los fantasmas, los compradores compramos para llenar los nuestros. Cada objeto es una ofrenda, un intento torpe de seguir vivos a través de lo que poseemos.

Y mientras hurgaba entre los armarios, pensé en cuántas cosas acumulamos creyendo que nos definen, como ropa que ya no usamos, tazas con nombres de ciudades que apenas visitamos, cartas que nadie más leerá. Guardamos objetos como si fueran parte del alma, convencidos de que así la vida no se nos escapa del todo. Pero un día alguien pondrá cada cosa sobre una mesa y le colgará un precio.

A mi lado, una señora señaló una cómoda inglesa, lacada en rojo, seguramente de finales del siglo diecinueve.

—¿Cuánto cuesta esto? —preguntó.

— Mil dólares —respondió el chico.

—¿Setecientos? —insistió.

—Trato hecho —dijo el chico, sin pensarlo.

Pensé que, si la difunta la oyera, se levantaría del ataúd solo para morirse otra vez, esta vez de puro encabronamiento. Y también pensé que, en vida, todos terminamos siendo mercaderes, vendiendo lo que no deberíamos, rebajando lo que alguna vez fue sagrado. Regateamos la dignidad para encajar, el amor para no quedarnos solos, la memoria para poder dormir sin culpa. Creemos que el alma tiene descuentos, que siempre habrá un después. Pero no.

Salí con la caja de galletas bajo el brazo, las fotos, el reloj y las cartas del tarot. El reloj sigue funcionando, aunque cada día se para a la misma hora, las tres en punto. A veces creo que no se detiene, que solo hace memoria. Cuando el segundero se congela, juro que oigo un clic tenue, como el eco de una llamada que nunca se hizo.
Tal vez era la hora en que tenía que llamar a Nancy.

Imagen cortesía de la autora

Elsa Sanlara