

La flor que espanta al diablo
Dicen en mi pueblo que en las últimas horas del 28 y las primeras del 29 de septiembre, el diablo anda suelto. Que recorre los pueblos buscando puertas y ventanas abiertas para colarse y que, por eso, hay que levantarle murallas con cruces de flores amarillas de pericón.
No me acordaba de esa tradición hasta hace unos días, cuando el aroma me la devolvió de golpe. Caminaba por el mercado de mi pueblo y me crucé con una carreta rebosante de flores de pericón. Una flor con un amarillo único, con un aroma fresco y terroso, mezcla extraña entre lo medicinal y lo sagrado. En un instante regresé a mi infancia, a esas noches en que mi madre y mi abuela llenaban puertas y ventanas con esas flores, convencidas de que el diablo no entraba si olía a pericón.
Iba acompañada de una amiga veracruzana. Cuando le solté:
—Aquí, el 28 en la noche, el diablo anda suelto.
Ella me miró incrédula y soltó una carcajada. Yo le dije que no bromeaba y la animé a preguntarle a los hombres que estaban frente a la carreta, armando cruces con las flores.

Cuando mi amiga les lanzó la pregunta, los muchachos nos miraron con la cara de quien escucha a alguien preguntar si el agua moja.
—Pues claro que sí —dijo uno, sin dejar de doblar tallos.
—¿No sabías? —remató otro.
Mi amiga, curiosa, siguió con un “¿y por qué?” tras otro. Ellos respondían con frases cortas:
—Así es la tradición.
—Siempre se ha hecho.
—Si no lo haces, allá tú.
Al final se encogieron de hombros, como niños atrapados sin tarea. Todos voltearon hacia el hombre mayor que trabajaba en silencio en la esquina de la carreta, como si él guardara la versión oficial.
El hombre hacía cruces al mismo ritmo, pero con un compás solemne. Nos observaba sin decir palabra. Uno de los jóvenes lo señaló:
—Pregúntele a don Francisco. Él sí se sabe la historia.
El hombre bajó la vista y murmuró sin ganas:
—No tengo tiempo. Búsquenlo en Facebook, ahí está todo.
Me reí. A mí lo que más me gusta es escuchar historias, con esas pausas que pesan más que las palabras. Le sonreí, casi le supliqué. Él repitió que no.
De repente, uno de los chicos dijo:
—No quiere contarla porque le da miedo, le dan hasta escalofríos.
Bingo, pensé. Si algo mueve más que el miedo es el ego.
—Ay, perdón que le haya insistido tanto —le solté a don Francisco en tono pasivo-agresivo— no sabía que a usted le daba miedo hablar de eso.
El hombre carraspeó. Sus manos dejaron de trenzar cruces y fue ahí donde supe que había dado justo en el blanco, en el orgullo del macho mexicano.
Y habló.
Nos contó que todo viene de la gran batalla entre San Miguel Arcángel y el diablo. Que San Miguel lo venció, pero ninguna victoria en la vida es absoluta. El caído, cada año, justo en la víspera del día de San Miguel, aprovecha para escaparse, como si se le concediera una sola noche de libertad antes de que el arcángel vuelva a ponerlo en su sitio.
Esa noche es la del 28 de septiembre. Por eso se dice que “lo sueltan”, para que vague entre nosotros. Y las flores de pericón, con su amarillo que lo enceguece y su olor fuerte que lo irrita, se convierten en muralla.
Dijo que, para los católicos, San Miguel es el ángel mayor. Pero entre los pueblos nahuas —descendientes de los antiguos mexicas—, su figura se mezcló con Tláloc, dios de la lluvia y de las cosechas. Así, el pericón terminó siendo un sincretismo perfecto, un rezo católico y magia indígena, cruz contra el diablo y amuleto contra la sequía.
Don Francisco hizo una pausa y bajó la voz.
—Esa es la historia que todos saben. Pero yo sé otra.
Contó que una vez un hombre caminaba de noche por el campo y se le apareció “aquel”, el caído. Quería llevarse su alma. El hombre peleó como pudo, pero pronto cayó de rodillas, vencido. Entonces suplicó a Dios que le diera fuerza, porque solo con su ayuda podría librarse.
De pronto, sin saber cómo, se levantó y corrió unos pasos hasta volver a caer de rodillas… justo en medio de un sembradío de pericón. Y “aquel” (el diablo) ya no pudo tocarlo.
Entonces guardó silencio. Lo miré fijo. En sus ojos había terror, que intentó disimular girando la cabeza. Retomó las flores, volvió a trenzar cruces con manos temblorosas y, apenas en un susurro, dijo:
—Esa es la historia.
No nos dijo que aquel hombre había sido él. No hacía falta. Se entendía en la forma en que nunca pronunció “diablo” ni “Satanás”. Siempre dijo ‘aquel’ o ‘el caído’, como si nombrarlo fuera invocarlo.
Me quedé pensando en mi infancia, en mi madre colocando cruces en puertas y ventanas. Y entendí que la tradición no es tanto para protegernos del diablo como para enseñarnos que, aunque tengamos miedo, siempre hay un ritual, una oración, una flor y un ser superior —llámale como quieras— que podemos poner entre nosotros y la oscuridad.
Quizá por eso la tradición sigue viva. Porque en mi pueblo saben que el mal existe, pero también la fe. Y mientras alguien siga colocando un gesto de luz —una vela, una flor, una oración—, el mal podrá rondar y la oscuridad cerrarnos el paso. Pero nunca nos encontrará del todo desarmados. Porque incluso en la noche más larga, basta una chispa de fe, y esa siempre será más fuerte que las sombras.

Pericón. Foto cortesía de la autora

