

Cartas para cuando ya sea demasiado tarde
La invitación llegó en un WhatsApp inesperado, de esos que abres pensando que es el grupo de los memes… y terminas con el corazón en la garganta.
Era de la Editorial Orsai, una editorial argentina que me invitaban a formar parte de un libro colectivo, junto a 300 escritores de Iberoamérica. Dije que sí sin pensarlo. Porque hay decisiones que no se piensan, se responden con el corazón.
Lo que no me esperaba era el tema del libro: “Cartas para cuando ya sea demasiado tarde”.
Y yo, que tengo un doctorado no oficial en llegar tarde a todo —a las fiestas, a las modas, al amor propio— me quedé pensando que, por una vez, quizá sí estaba a tiempo, para decir lo que nunca dije, o lo que dije mal.
Escribir esa carta fue hacer arqueología emocional. Buscar entre los escombros ese “algo” que debí haber dicho y no dije, ese abrazo que no di, ese cuidado que no ofrecí, ese mensaje de texto que ignoré. Y estoy segura de que sabes de lo que hablo, porque todos tenemos esos “hubieras”, aunque los escondamos bajo la alfombra de la prisa o del orgullo.

Ese libro, como la vida, viene sin instrucciones. Y no las necesita. Cada carta es una ventana distinta, unas dan al mar, otras a la infancia o al olvido. Hay cartas a padres muertos, a hijos que no llegaron, a amores que se fueron sin cerrar la puerta. Cartas al yo que fuimos cuando aún creíamos que siempre habría tiempo.
Y aunque ninguna se parece a otra, todas comparten ese punto exacto en el que el diálogo ya no es posible, pero la necesidad de hablar sigue viva.
Yo escribí porque, aunque me considero una cínica, todavía creo —con una devoción casi religiosa— que escribir es un acto de fe. Fe en que alguien, en algún rincón del mundo, con el corazón hecho trizas, se cruce con tus palabras y sienta, aunque sea por un segundo, que no está tan solo.
Y a veces, escribir empieza mucho antes de poner una sola palabra en el papel. A veces empieza con ver el dolor de alguien más y no mirar hacia otro lado.
Hace poco, en una reunión de trabajo, una compañera con título Senior se conectó visiblemente triste. Es de esas mujeres que siempre parecen salidas de la portada de Forbes, pero esa mañana apareció sin maquillaje y con los ojos hinchados. Su perrita había muerto. Llevaban catorce años juntas. Catorce.
Algunos dijeron “lo siento”, otros mandaron emojis tristes por el chat de la reunión, y unos cuantos más evitaron mirar al elefante lloroso en medio de la videoconferencia.
Ella, encima, pidió disculpas por “presentarse así”. Como si la tristeza necesitara permiso
Yo interrumpí la reunión con la misma sutileza con la que uno patea una puerta, y dije:
—En mi tierra se cree que, cuando alguien muere, su alma tiene que cruzar un río. Y si en vida trató bien a los perros, uno la espera en la orilla para ayudarle a cruzar hacia el descanso eterno. Así que estoy segura de que tu perrita va a estar ahí, esperándote.
Me dio las gracias, mientras se le escurrían un par de lágrimas. Y la reunión siguió. Como si nada.
Pero yo me quedé pensando en lo solos que estamos cuando el dolor no encaja en las categorías “aceptables”. Porque todavía hay quien cree que perder a un perro duele menos que perder a un abuelo con quien apenas compartiste tiempo. Como si el amor se pudiera medir por consanguinidad. Como si no doliera más la ausencia de quien te sostuvo cuando todo se caía, que la de alguien que estuvo, pero no estuvo.
Porque el dolor no entiende de apellidos, ni de normas, ni de calendarios
Mi padre, por ejemplo, no lloró en el funeral de su papá. Ni en la misa. Ni cuando venían a darle el pésame.
No fue porque no lo amara. Fue porque, como hijo mayor, quedó atrapado en esa vorágine de trámites y papeles que impone la muerte. No hubo espacio para sentir. Alguien tenía que encargarse de todo.
Pero una noche, seis meses después, se sentó en la cama y rompió en llanto. No lloraba solo a su padre. Lloraba por lo que fue, pero sobre todo por lo que ya no sería.
Y esa noche su cuerpo se rindió a lo que su alma lleva postergando.
Porque el duelo no tiene fecha de vencimiento.
Nos dijeron que tiene cinco etapas —negación, ira, negociación, tristeza, aceptación— como si fuera una fila ordenada de sentimientos. Como si fuera un videojuego. Como si después del “nivel cinco” te dieran un certificado de paz interior.
Pero no funciona así.
Hay quienes se quedan años en la negación. Otros brincan directo a la aceptación. Hay quienes corren maratones. Quienes hacen memes. Quienes se rapan. Quienes escriben. Y todos, absolutamente todos, están en su derecho de vivir su duelo como les salga del moño.
Porque el duelo, como el amor, se conjuga en primera persona.
Por eso escribí esa carta para el libro. No para cerrar, ni para sanar. La escribí porque hay palabras que se te quedan atoradas entre el pecho y la tráquea, y si no las sacas, te comen por dentro. Palabras que nadie te pidió, pero que igual necesitaban salir. A veces, lo único que nos salva… es decir lo que no dijimos. Aunque ya no haya nadie al otro lado para escucharlo.


