

Amor Fati
He pasado media vida persiguiendo meseros.
Soy de esas personas que hacen un pedido en un restaurante y no pueden simplemente sentarse a esperar. No. Yo necesito supervisar, verificar, reconfirmar.
Cuando ordeno comida, la duda me invade. ¿Lo habrá anotado bien? ¿Recordará que el aderezo de la ensalada lo quiero aparte? ¿Habrá entendido que la carne debe estar poco hecha? ¿Y que el agua mineral la quiero fría, pero sin hielo?
Así que, para evitar tragedias, a los dos minutos llamo al mesero otra vez.
—Perdona, solo para confirmar, ¿sí anotaste la temperatura de la carne?

—Sí, señorita.
—Ah, perfecto. ¿Y lo del aderezo aparte, también?
—Sí, también.
—Ah, ok. Muchas gracias.
Respiro. Sonrío. Pero no me relajo.
Porque soy una impaciente crónica.
Es decir, de esas personas que sienten que si algo tarda más de lo esperado, algo debe estar fallando. Que si no tienen confirmación de que las cosas van bien, entonces seguro van mal. No es que quiera todo rápido, es que quiero certeza.
Pero la vida no funciona así.
No soy de las que piden y confían. No. Yo pido algo y luego me dedico a vigilar que todo vaya según lo planeado. Lanzo un memorándum a Dios y a la corte celestial y después empiezo a cuestionarlo todo.
A ver si Dios me entendió bien. A ver si no se confundió con otro pedido. A ver si no tengo que recordarle que lo mío es urgente.
Y, por si acaso, diseño un plan B, C y D, por si mi solicitud se perdió en el sistema, por si Dios está ocupado con pedidos más urgentes, por si los planetas no están alineados o por si el universo, en un acto de rebeldía, decidió no conspirar a mi favor.
Vivir así es estúpidamente agotador.
Pero lo tenía tan normalizado que nunca lo cuestioné, hasta que hace unos días leí sobre un restaurante en Japón donde los meseros, para ser contratados, deben padecer demencia o Alzheimer.
Se llama “El Restaurante de las Órdenes Equivocadas” y funciona, literalmente, como su nombre lo indica. Llegas, pides lo que quieres y tal vez, solo tal vez, te lo traen. Pides un agua de jamaica bien fría y en su lugar aparece un plato de enchiladas. Se te antoja un flan y terminas con unos tamales. Ordenas un plato de pozole caliente y, en un giro inesperado del destino, te sirven un cóctel de mariscos bien frio.
Ahí, el menú es una sugerencia, y lo que llega a la mesa, un absoluto misterio.
Y, sin embargo, nadie se enoja. Nadie reclama ni exige hablar con el gerente. Nadie se indigna porque el platillo que recibió no es el que tenía en mente. La gente se ríe, se sorprende, se deja llevar.
Justo ahí entendí lo que Nietzsche llamó amor fati: el amor al destino, la aceptación radical de lo que es, sin resistencia, sin reclamos, sin deseos de que las cosas sean distintas.
Cuando terminé de leer sobre este lugar, sentí un nudo en la garganta. Me dieron ganas de reír y de llorar al mismo tiempo porque, sin darme cuenta, he desperdiciado mucha energía tratando de que “el restaurante de la vida” no se equivocara con mi orden. Llenando mi cabeza de planes, trabajando para que cada cosa llegara justo como la pedí, como si eso me garantizara algo.
Pasé años previendo, ajustando, anticipando, cargando mis días de ansiedad, de inconformidad, de frustración, sin darme cuenta de que la vida no es un menú a la carta donde haces un pedido y te lo traen exactamente como lo imaginaste.
Nos pasamos la vida pidiéndole cosas a Dios, al destino, al universo.
Pedimos amor. Pedimos éxito. Pedimos felicidad, estabilidad, oportunidades, certezas. Creemos que, por haber sido claros en nuestra orden, por trabajar duro, por ir a terapia, por hacer afirmaciones frente al espejo, lo que llegará a la mesa será exactamente lo que pedimos.
Pero lo que nadie nos dijo es que los meseros de la vida tienen Alzheimer.
Pides estabilidad y te mandan caos.
Pides un gran amor y terminas con una rata de dos patas que te rompe el corazón.
Pides felicidad y te llega una crisis existencial.
Pides un ascenso en el trabajo y te despiden.
Y entonces te enojas. Te levantas de la mesa y exiges respuestas. Quieres saber por qué no te trajeron lo que pediste, por qué no recibiste lo que esperabas, por qué tu pedido parece haber llegado a otra mesa mientras tú te quedas con algo que nunca pediste ni quisiste.
Pero la vida siempre nos va a sorprender.
Porque a veces, lo que pedimos no es lo que necesitamos. Porque a veces, lo que más nos duele es lo que más nos transforma. Porque a veces, el plato equivocado es el que termina cambiándonos la vida.
Tal vez la clave no está en exigir que todo salga como lo imaginamos, sino en aprender a disfrutar lo que llega, en soltar la necesidad de control y confiar en que, aunque el pedido no se parezca en nada a lo que esperábamos, puede ser exactamente lo que necesitábamos.

Imagen cortesía de la autora

