¿Cuándo vas a matar a la vaca?

 

Hace unas semanas vi un documental en Netflix sobre el sobreconsumismo. No recuerdo el título exacto, pero sí recuerdo que me impactó. Hablaban de lo mucho que compramos, lo poco que realmente necesitamos y cómo desechamos sin conciencia alguna. Algo que, inevitablemente, destruye al planeta y, aunque no queramos admitirlo, también a nosotros mismos.

Desde que vi el documental, y en lo que podría llamarse un intento de conciencia hipócrita, llevo más de tres semanas sin comprar nada en Amazon. No sé cuánto me durará esta racha, pero por ahora me siento victoriosa. Cada año, como tradición navideña, me regalo algo especial, y este año decidí que quería un obsequio con historia, algo que no viniera envuelto en plástico ni con un código de barras.

El fin de semana pasado me di a la tarea de recorrer Boston en busca de uno de esos tesoros. Entré a una tienda ubicada en un sótano, una de esas que parecen un viaje al pasado. Apenas crucé la puerta, el olor a madera vieja y humedad me hizo estornudar. Había espejos con molduras gastadas, sillas del siglo pasado, relojes que ya no marcaban el tiempo y un anticuario, un hombre mayor, que parecía sacado de otra época.

Lo primero que llamó mi atención fue un collar hecho con monedas de mi México, datadas entre 1944 y 1955. Fue amor a primera vista. Lo tomé entre mis manos y sentí un poco de nostalgia. Esas monedas habían circulado en los años en que nacieron mis padres, y me gustó imaginar que quizás ellos habían jugado con alguna de ellas. Se lo pedí al anticuario para que lo empacara. Había encontrado mi regalo de Navidad.

Mientras esperaba que lo empacara, algo más captó mi atención. Sobre el escritorio del hombre, vi una figura de una vaca pequeña, algo antropomorfa, con un aspecto muy guerrero. Estaba cubierta por una armadura típica de la dinastía china y, lo que más me llamó la atención, es que tenía símbolos de abundancia grabados en el cuerpo.

—¿Qué precio tiene esa vaca? —le pregunté al anticuario.
—No, esa no está en venta. La saqué de la vitrina para limpiarla esta mañana.
—¿Por qué no está en venta? —insistí, porque su tono despertó mi curiosidad.
—Esa vaca me cambió la vida.

Sonreí discretamente, pensando que era una de esas frases típicas que los vendedores usan para darle valor sentimental a las cosas, para acto seguido doblar el precio.

—La heredé de mi abuelo —continuó el hombre.

Me contó que su abuelo vivió en un pequeño pueblo junto a su abuela, su padre y sus tíos. No tenían mucho, solo una vaca. Pero con ella se las arreglaban. La ordeñaban, vendían la leche y sobrevivían. No era una vida nada próspera, pero sí estable.

Un día, llegó un viajero al pueblo. Era un hombre extraño, como esos sabios que aparecen en los cuentos. Se acercó a su casa, pidió un vaso de agua y, antes de marcharse, preguntó:


—¿De qué viven?

El abuelo respondió con orgullo que vivían de la vaca. Vendían leche, hacían queso y, gracias a ella, podía sacar a su familia adelante. El viajero asintió, le agradeció y, al despedirse, dejó una frase que se quedó grabada en la memoria del abuelo:

—Si algún día quieres cambiar tu vida, mata tu vaca.

«Pero ¿cómo iban a matar lo único que les daba sustento?» —me relató el anticuario, casi como si hubiera estado ahí.

Sin embargo, esa idea se quedó clavada en la mente del abuelo. Días después, tomó una decisión que cambiaría su vida. Mató a la vaca, vendió la carne y usó el dinero para comprar unas herramientas. Con ellas empezó a reparar y fabricar muebles y, poco a poco, se convirtió en uno de los ebanistas más prósperos de la ciudad.

—Un día, mi abuelo vino sorpresivamente a visitarme a casa con un regalo en la mano —continuó, mientras acariciaba suavemente la figura— y me contó esta historia. El regalo era esta pieza, una figura que había adquirido en uno de sus viajes alrededor del mundo. Yo soy abogado de profesión, pero nunca me gustó mi trabajo. Lo odiaba, vivía infeliz, aunque me daba estabilidad. Esa misma noche, después de mirar esta vaca durante horas, tomé la decisión de dedicarme a las antigüedades. Maté mi propia vaca, la abogacía, y aquí estoy.

El anticuario hizo una pausa y me miró, como buscando una reacción. Yo lo escuchaba atenta, con cara de póker, mientras tomaba notas mentales y, al mismo tiempo, pensaba: ¿Por qué carajos no puedo salir de compras tranquilamente sin que la vida me haga cuestionarme mi existencia?

Volvió a colocar la figura en la vitrina con cuidado, como quien guarda un tesoro invaluable.

—Esta vaca es un recordatorio de aquel salto al vacío. Por eso no está en venta.

Me quedé mirándolo. Por un momento, la tienda entera pareció detenerse.

—¿Y tú? —preguntó de pronto, rompiendo el silencio—. ¿Cuál es tu vaca?

La pregunta me tomó por sorpresa. Intenté responder, pero no pude. Porque lo sabía. En el fondo, sabía perfectamente cuál era mi vaca, pero admitirlo en voz alta me daba vergüenza, me daba miedo.

—Solo en la adversidad crecemos. Salir de la comodidad nos obliga a descubrir de qué estamos hechos —continuó él, mientras terminaba de empacar mi collar—. A veces es un trabajo. A veces es una pareja que te da migajas, amistades o incluso familia que te mantienen pequeño. Lo más difícil no es identificar tu vaca. Lo más jodido es decidir que ya es hora de dejarla ir.

Salí de la tienda con el collar en mi bolso, pero con algo mucho más pesado en el pecho. Mientras caminaba por la calle, solo una pregunta resonaba en mi cabeza: ¿Cuándo voy a matar mi vaca?

Ilustración cortesía de la autora

Elsa Sanlara