

¿Cuándo fue la última vez que reiniciaste?
Uno de mis profesores en el bachillerato decía que las computadoras, como las personas, se dividían en dos tipos: las que actualizan su sistema y las que se quedan colgadas para siempre en una versión obsoleta. Lo decía mientras soplaba con paciencia un disquete Verbatim que se negaba a funcionar en su vieja computadora, convencido de que la tecnología y la vida compartían una misma ironía y ambas te exigen actualizarte cuando menos te lo esperas.
En su momento me hizo gracia, pero no fue hasta que decidí terminar una relación de muchos años que entendí lo que realmente quería decir. Porque, ¿cómo explicas que alguien con quien empezaste a compartir la vida, ambos funcionando bajo el mismo «Windows 2000», termine siendo incompatible contigo años después?
¿Cómo explicas que los cumpleaños en el calendario, los planes de Navidad, las vacaciones soñadas en para el próximo verano y esa casita en San Sebastián donde juraron retirarse juntos, de repente pierdan todo su significado? Que esos sueños compartidos, que antes llenaban de ilusión, ahora solo provoquen un vacío extraño, como una página de error 404 que no lleva a ninguna parte.
En mi caso, no fue un virus instantáneo lo que jodió el sistema. Más bien, fue un proceso lento, como cuando tu computadora empieza a dar señales de que algo no anda bien, se traba, no responde, y cada tarea que antes parecía fácil se convierte en un verdadero suplicio. Así era nuestra relación. Las conversaciones que antes fluían ahora estaban llenas de silencios incómodos; las risas se convirtieron en pausas, y cada plan, cada promesa, se sentía como un archivo corrupto que ninguno de los dos podía abrir.
Y no solo me pasó con él. También con amigas que sentía como hermanas. Una de ellas, en particular, parecía desconectada de mí, aunque estuviéramos juntas. Era de esas personas demandantes que no respetan limites; si le hablaba de mis sueños, los minimizaba; si compartía mis miedos, los invalidaba con un «no es para tanto». Durante mucho tiempo pensé que yo era una exagerada, que tal vez yo esperaba demasiado. Pero con el tiempo entendí que las amistades también evolucionan, y aunque el cariño permanezca, a veces es momento de dejar ir. Lo aprendí de la manera más dura, como un verdadero duelo, con lágrimas y sentimientos encontrados, pero también con la certeza de que no puedes quedarte atrapada en ninguna relación que te drena en lugar de nutrirte.

Y qué decir de los familiares tóxicos, esos que se niegan a actualizarse. Los que insisten en que sus creencias de hace décadas son la verdad absoluta. Durante años intenté «compatibilizar» con ellos, ajustarme, rebajar mi “versión de Windows” para encajar. Hasta que un día me di cuenta de que no era mi trabajo cargar con su resistencia al cambio ni con sus sistemas operativos obsoletos.
Creo que lo más difícil de ser emocionalmente responsable, de hacerse mayor, es que la vida te envía notificaciones de actualización, como esos recordatorios toca pelotas que de repente saltan en la pantalla de la computadora. Puedes ignorarlos por un tiempo, hacer como que no están ahí, o darle a “recordarme más tarde” con la esperanza de que se olviden de ti, pero al final vuelven, más insistentes que nunca. Y tarde o temprano, el sistema colapsa, y ahí estás, con todo trabado, preguntándote por qué no aceptaste la actualización a tiempo.
El problema es que no todos se atreven. Hay quienes ignoran las notificaciones, temiendo que el nuevo software sea demasiado complicado o que su sistema no aguante los cambios. Y así pasan los años, viviendo con el mismo sistema operativo de su juventud. Hablan un lenguaje desfasado, procesan lento los cambios, siguen escuchando a Ricardo Arjona y terminan frustrados porque el mundo sigue evolucionando mientras ellos se quedan atrapados en un Windows 1.0 emocional.
Actualizarse no es fácil. A veces la vida no te da opción y te manda un fallo crítico, un divorcio, una pérdida de un ser querido que te sacude el alma, dejándote con un “pantallazo azul» que te obliga a pedir ayuda.
De repente, te encuentras con el corazón en la mano buscando un técnico, un terapeuta, un amigo, o una botella de tequila que te ayude a reiniciar. La buena noticia es que una vez que te atreves a instalar esa nueva versión, el cambio casi siempre es alucinante. Procesas las emociones con más rapidez, te conectas con los demás sin necesidad de cables enredados, y empiezas a ver el mundo con una claridad que antes ni imaginabas.
Mis actualizaciones han sido casi siempre dolorosas. Lo perdí todo con mi divorcio: mi rutina, mis planes, mis ahorros y esa visión de futuro que habíamos construido juntos. Todas esas expectativas de vida que parecían tan seguras, tan sólidas, se desmoronaron como un castillo de arena. Fue como tener que comprar una computadora nueva y empezar desde cero. Con ayuda profesional y muchas lágrimas, abrí mi sistema a nuevas ideas, nuevas formas de amar, de trabajar, de entender el mundo. Porque la verdad no se trata de qué tan rápido sea tu procesador, sino de qué tan dispuesto estás a mejorar, “actualizar el software” y adaptarte.
Ahora sé que mi profesor tenía razón. Cuando la vida te envía una actualización, lo mejor no es ignorarla. Hay que instalarla y confiar en que el sistema, aunque al principio parezca lento o incierto, se adaptará. Porque las caídas, esas que a veces nos paralizan, no son fallos permanentes, sino más bien son el medio, “el código” con el que la vida nos enseña a ser mejores. Y al final, cada reinicio nos acerca más a la versión de nosotros mismos que necesitamos para ser verdaderamente compatibles con nuestro presente, con los demás y, sobre todo, con lo que siempre soñamos ser.

Imagen cortesía de la autora

