

Sintomatología depresiva y consumo de sustancias: lo que revelan los datos en México
Edna Arillo Santillán y Rosibel Rodríguez Bolaños*
En México, alrededor de 16.7% de las personas adultas de 20 años y más viven con sintomatología depresiva, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut).
La evidencia científica muestra que, para algunas personas, el alcohol, el tabaco o la cannabis se convierten en una forma de “automedicación” emocional. El consumo crónico de estas sustancias puede intensificar la sintomatología depresiva al alterar los sistemas de recompensa y de respuesta al estrés en el cerebro. El problema es que esta relación no va en un solo sentido; es decir, la depresión puede llevar al consumo de sustancias pero también el consumo puede detonar o agravar los síntomas de la depresión. Cuando ambos problemas coexisten, el cuadro suele ser más severo y se incrementa el riesgo de intentos suicidas. Por ello, atenderlos de manera separada limita la efectividad de las estrategias de salud pública.
Un estudio reciente, desarrollado por investigadoras e investigadores del Instituto Nacional de Salud Pública (INSP) con datos de la Ensanut, confirma esta estrecha relación y revela diferencias importantes entre mujeres y hombres. La sintomatología depresiva afecta casi el doble a las mujeres que a los hombres (20.4% contra 10.9%). Esta brecha no se explica solamente por factores biológicos. En México, la depresión femenina está profundamente ligada a las desigualdades, como la sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, precariedad laboral, violencia de género y menor acceso a redes de apoyo. Además, las mujeres tienden a reconocer y reportar con mayor frecuencia su malestar emocional. En contraste, muchos hombres, socializados culturalmente bajo normas de masculinidad que desalientan la expresión emocional, suelen ocultar los síntomas, lo que puede traducirse en conductas de riesgo, como el consumo de sustancias.
El estudio también muestra que la nicotina se asocia con sintomatología depresiva en ambos sexos, pero revela una mayor vulnerabilidad femenina. En las mujeres, a pesar de que ellas consumen menos que los hombres, incluso el consumo ocasional se relaciona con síntomas depresivos. En el caso de la cannabis, la asociación con sintomatología depresiva aparece únicamente en mujeres. Este hallazgo cuestiona la idea de que sus riesgos son iguales para todos. En México, el consumo de esta sustancia en mujeres es menos frecuente y más estigmatizado, lo que puede amplificar sus efectos negativos sobre la salud mental, especialmente cuando ocurre en contextos de vulnerabilidad emocional.

Por otro lado, el alcohol, aunque es ampliamente consumido, no mostró en este estudio una asociación directa con la sintomatología depresiva. Esto no implica que sea inocuo, sino que su vínculo con la salud mental es más complejo y está mediado por factores culturales, como la convivencia y la normalización social de su consumo.
Los hallazgos son claros: la salud mental y las adicciones deben atenderse de forma conjunta y con perspectiva de género. No afectan ni se expresan igual en mujeres y hombres, por lo que las políticas públicas deben reconocer estas diferencias y abordar simultáneamente ambos problemas.
¿Qué podemos hacer?
En el nivel individual, la evidencia coincide en que la prevención de la depresión y del consumo de nicotina, alcohol y cannabis no depende solamente de la “fuerza de voluntad”, sino del fortalecimiento de factores protectores psicosociales.
Lo primero sería reconocer tempranamente síntomas como tristeza persistente, irritabilidad, fatiga o problemas de sueño que alerten a buscar ayuda antes de que el malestar derive en depresión y el consumo se vuelva problemático.
El apoyo social también es clave. Contar con personas de confianza reduce de manera consistente el riesgo de depresión y consumo problemático. Para las mujeres, estas redes ayudan a amortiguar la sobrecarga y la violencia estructural que pueden vivir; para los hombres, podrían ser espacios para expresar emociones sin que recurran a las sustancias como válvula de escape.
También resultan fundamentales las estrategias de afrontamiento sin sustancias; por ejemplo, actividad física, técnicas de respiración, actividades recreativas, regulación emocional y autocuidado básico, como una buena calidad del sueño. Finalmente, el sentido de propósito, como la autoeficacia y la búsqueda temprana de apoyo profesional pueden reducir la progresión del malestar emocional.
Sin embargo, prevenir la depresión y el consumo de sustancias no es sólo una responsabilidad individual, ya que requiere de condiciones sociales y políticas públicas sensibles al género y al contexto mexicano, que reconozcan que la salud mental es, ante todo, un derecho, no un privilegio.
*Especialistas en salud pública. Invitadas por el Dr. Eduardo C. Lazcano Ponce.

Foto: El Congresista / Especial

