Dengue en México. 47 años desde su regreso y sombrías expectativas a corto plazo en el control de sus epidemias

Ildefonso Fernández Salas*

En 1978, el dengue reemergió en México por Tapachula, Chiapas. De origen africano, el término suajili ke-denga pepo describía síntomas como posesión de espíritus malignos. El virus llegó a una región sin defensas inmunológicas y con abundantes poblaciones de Aedes aegypti, el mosquito que, según registros, llegó con Colón en los barriles de agua de sus carabelas.

Tras casi medio siglo de epidemias en México y América Latina, la gráfica de casos muestra ciclos ascendentes y descendentes. Pero alcanzar 13 millones en 2024 es histórico. Más allá de la gravedad clínica del virus, la baja efectividad en el control del mosquito explica la persistencia del problema. Aunque es cierto que “sin criaderos no hay mosquitos”, muy pocos programas de control han tenido éxito. Los ciclos anuales de casos lo demuestran.

El ciclo biológico del mosquito (huevo, larva, pupa y adulto) es clave para entender las estrategias de control. En los años 80, la lucha contra el dengue pasó a manos de los programas de paludismo. Intentaron adaptar sus técnicas al Aedes, pero el contexto urbano era incompatible con los rociados casa por casa. Se recurrió a máquinas fumigadoras de 18 caballos de fuerza para dispersar niebla insecticida desde la calle. Aunque eficaces en parques y exteriores en EUA, en México, los resultados fueron pobres. El Aedes prefiere la sangre humana y reposa dentro de las casas en rincones sombríos, protegidos de la escasa niebla que consigue atravesar bardas altas, filas de árboles en los jardines y ventanas cerradas. Las evaluaciones indican que estas fumigaciones matan a menos del 30% de los mosquitos en el interior de las casas.

Aún con esa baja eficacia, se sigue usando este método, generando una falsa sensación de seguridad. Además, los insecticidas usados, en su mayoría piretroides sintéticos, se degradan en menos de 48 horas. Por otra parte, las larvas, que emergen de camadas de unos 100 huevos, se desarrollan en más de 400 tipos de recipientes, desde cacharros pequeños hasta piletas de 800 litros. Aunque hay larvicidas disponibles, cada vez hay más resistencia de los hogares a permitir el acceso a técnicos del programa por inseguridad o bien no hay nadie en el hogar para atender a las brigadas. Se estima que más de 40% de las casas no reciben tratamiento vectorial.

Un problema grave es la creencia de que el mosquito solamente vive dentro de casas, dejando sin atender focos activos como lotes baldíos, fábricas, talleres, escuelas, mercados y parques. Estos criaderos generan millones de mosquitos que vuelven a reinfestar zonas ya tratadas. Además, la fase de huevo representa otro reto. La hembra deposita los huevos ligeramente por encima del nivel del agua y los adhiere a las paredes con una sustancia a base de ácido hialurónico. Estos huevos pueden permanecer secos pero viables por meses, esperando la lluvia. No existen tratamientos ovicidas efectivos. Las campañas de descacharrización asumen que estos recipientes son eliminados, pero se desconoce si hay un tratamiento para destruirlos después de que son llevados por los camiones recolectores del municipio a los tiraderos de basura. ¿Había usted pensado en esto?

Los obstáculos operativos en el campo son innumerables, y si se analizaran en conjunto, podrían explicar el poco éxito de los programas de control. La falta de una vacuna efectiva y de antivirales agrava el panorama. Si la pandemia de Covid-19 con 800,000 muertos no logró despertar nuestra conciencia social, ¿qué podrá romper nuestra indiferencia?

* Especialista en salud pública. Invitado por el Dr. Eduardo C. Lazcano Ponce

Foto: blogdehla.es

La Jornada Morelos