10º Foro Mundial de la Gastronomía Mexicana

 

Recientemente tuvo lugar en Cuernavaca el 10º Foro Mundial de la Gastronomía Mexicana. Vinieron expertos de varios países del mundo y con otros especialistas mexicanos presentaron ponencias y participaron en mesas redondas del mayor interés académico, todo ello en la Sala Ponce del Jardín Borda. En paralelo y como parte del mismo Foro, se realizó un “Carrusel Gastronómico” en la Plaza de Armas con demostraciones de cocineras y chefs y la expoventa de platillos tradicionales, de ingredientes y de productos artesanales vinculados a la mesa y la cocina.

Concurridísimas fueron las decenas de puestos (stands, les dicen) de las cocineras tradicionales de numerosos municipios de Morelos y de once estados más de la república. Bajo la enorme carpa que suele instalarse en la Plaza de Armas para eventos masivos como este, al centro de los puestos de las cocineras se dejó un amplio espacio para mesas y bancas que permitieran al público degustar las maravillas que allí se cocinaron.

Por cierto, que las bancas alargadas estaban integradas a la estructura de las mesas, de manera que los tres muebles formaban una sola unidad. Gran diseño del inventor, solo que le falló. Estábamos compartiendo mesa y disfrutando las exquisiteces de nuestras artistas del fogón (no había gas, todos eran anafres de carbón) un grupo formado, en primer lugar, por la artífice del Foro y del reconocimiento de la UNESCO a la cocina tradicional mexicana como patrimonio cultural de la humanidad, Gloria López Morales, una jovencita de 85 años que a la hora de trabajar nos deja a todos con la lengua de fuera, y que es presidenta del Conservatorio de la Cultura Gastronómica Mexicana; su hermano Pancho y Cecilia, Anita Ize, directora del Conservatorio, otros dos visitantes que no conocíamos, Silvia y yo. Con la mesa totalmente ocupada por ocho personas, Silvia, sentada junto a mí, se levantó a refaccionar su plato, luego también otro comensal de la misma banca que nosotros, y cuando yo pretendí hacer lo mismo para ir por un agua de flor de cempasúchil, la mesa y banca de mi lado se elevaron del piso (con un flaco todavía sentado que de nada sirvió) y enfrente vimos enfilarse al suelo, de espaldas, a los cuatro de la otra banca delante de nosotros. De inmediato ocupé de nuevo mi lugar y evité que, por el efecto subibaja, el Conservatorio quedara acéfalo. Después del susto y las imprecaciones correspondientes, la risa predominó.

Desde nuestra mesa veíamos claramente la estatua ecuestre de Emiliano Zapata, reubicada con tino en la Plaza de Armas, después de dos locaciones frustradas. Cuando estaba a la entrada de Cuernavaca, donde termina la carretera federal que llega de la Ciudad de México, lucía en todo su esplendor. Pero le construyeron encima y alrededor, literalmente, un distribuidor vial que la dejó encerrada entre estructuras de concreto, y no la reubicaron, allí la dejaron. Además, esa costosa obra no se hizo con base en estudios de vialidad adecuados; basta ver los embotellamientos que suceden a diario, en horas pico, cuando circulamos sobre Av. Colegio Militar y tratamos de llegar a la exglorieta de Zapata; una odisea de varios cientos de metros.

Tiempo después, por fin, reubicaron la estatua, pero a donde nadie la viera, y a un costo que no ha de haber sido poco, pero ¡qué importaba!, salía de nuestros bolsillos. Quedó en el cruce de Vicente Guerrero con el libramiento de la ciudad, “la pista”, como le dicen los taxistas. Desde Guerrero, hacia el norte, podía verse la estatua de reojo -jamás disfrutarla- y por la autopista se veía mejor, ¡pero a 80 kilómetros por hora o más!

Todos aplaudimos su reubicación en la Plaza de Armas, solo que el basamento de enormes piedras amontonadas no gusta a muchos. Tratándose de obras de arte o monumentos en la vía pública, los políticos deberían convocar a consejos ciudadanos de especialistas que decidieran, por mayoría, qué hacer. Fuentes horrorosas, estatuas (como la ecuestre de Hernán Cortés que estaba en Teopanzolco y ahora reposa en algún lado arrumbada y deteriorándose), ahuehuetes malamente sembrados en pleno Reforma capitalino que se están secando (pues esos árboles crecen junto al agua), allá mismo un Cristóbal Colón desaparecido por fines políticos, todo ello y mucho más deberían ser decisiones ciudadanas de expertos, no caprichos de políticos raramente cultos. ¿Por qué no mandan al corralón al Caballito?, que es Carlos IV, rey de la España que nos conquistó; quizá porque es una joya debida al genial Tolsá, pero ¿entonces depende de la fama del artista o del personaje representado?

Y ya enfocados en los políticos, se ha puesto de moda hablar, y poner en las placas alusivas, a Emiliano Zapata Salazar: ¿quién sería ese? ¿Hijo o padre de nuestro gran prócer, el general Zapata? Igual se usa hoy referirse a Benito Juárez García: ¿pariente del admirable zapoteca, don Benito Juárez, reconocido mundialmente?, y además de que no le ponen su segundo nombre, Pablo; o todo completo o el nombre consagrado, nada a medias, por favor. Los nombres pasan a la historia de cierta manera y así hay que respetarlos. En el centro de Cuernavaca, ¿por qué no le cambian el nombre a la calle de Rayón y le ponen, con ese criterio, el nombre íntegro: José Ignacio Antonio López-Rayón y López-Aguado? Y a la calle -y estatuas- de Morelos les pondrían José María Teclo Morelos Pavón y Pérez, a Degollado: José Nemesio Francisco Degollado Sánchez y a Victoria su verdadero nombre: José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix. Y de una vez, a la calle Hidalgo pónganle una placa con su nombre completo, aunque la placa vaya desde el Jardín Borda hasta el Palacio de Cortés: Miguel Gregorio Antonio Ignacio Hidalgo y Costilla Gallaga Mandarte y Villaseñor.

A Madero pónganle Francisco Ignacio Madero González y completen otras a su gusto: Carranza sería José Venustiano Carranza de la Garza, Obregón devendría Álvaro Obregón Salido y Arista se llevaría las palmas: José Mariano Martín Buenaventura Ignacio Nepomuceno García de Arista Nuez.

José Iturriaga de la Fuente