

Cerdos carnívoros
En paralelo a estas confesiones de goloso, estoy escribiendo el décimo volumen de mi Anecdotario de viajeros extranjeros en México (cuatro tomos los publicó el Fondo de Cultura Económica, tres Conaculta -hoy Secretaría de Cultura-, uno el Instituto Veracruzano de Cultura y el noveno está en prensa por cuenta de la Secretaría de Cultura de San Luis Potosí). En este último volumen, incluyo al periodista y literato nicaragüense Hernán Robleto (1892-1968), militante político exiliado en México. Entre una docena de libros que escribió, hacia 1935 publicó una compilación de cuentos o episodios de la Revolución Mexicana que lleva el título de uno de los relatos: La mascota de Pancho Villa. Como a cualquier latinoamericano bien nacido, a Robleto chocaban los soldados estadunidenses y por ello ideó o reprodujo este pasaje (de un cuento o quizá relato, pues es perfectamente posible):
[…] -¡Vamos! ¡Coja esa cubeta y llévela al chiquero de los puercos!
El hombre [un gringo] sonreía, obedeciendo. Estaba débil; pero aquella carga de la cubeta no era tan poderosa como para dominarlo. La llenó de agua en el arroyo y se metió al chiquero…
Berkshires[1] de trompas poderosas; polanchines; machos hocicones y hembras en brama inútil; feroces puercos con los colmillos al aire en risas macabras, le salieron al encuentro, derribándolo.
Sintió el primer tajarazo en la pantorrilla; quiso defenderse con los brazos; pero le fueron cercenados. La mole bestial y múltiple se abatía sobre su cuerpo; lo transformaba en guiñapos; regaba sus vísceras; machacaba el cráneo que pocos momentos antes mostraba fina cabellera de oro pegada por el sudor a la frente.

La masa hambrienta seguía hiriéndolo, no sólo con las mandíbulas, sino con las pezuñas, repartiéndose a dentelladas las partes preferidas del banquete: un muslo enlodado, una costilla como principio o fin de paréntesis, una mano crispada, las cuerdas azulencas de los intestinos enredándose débilmente entre las patas nerviosas de las bestias…
En la tarde fue izado el segundo cerdo, hasta la última tranca del chiquero.
La soldadera decía:
-¡A ver a qué sabe la carne de puerco, cebado con gringo![2]
En efecto, no todos saben que los cerdos pueden ser muy feroces y que son omnívoros -como los humanos- y, así, comen de todo. Con hambre, más. Lo cual me lleva a recordar una anécdota.
Cuando trabajaba en Conasupo (donde estuve 29 años, a los que debo mi jubilación), en cierta ocasión visité una granja productora de pollo que la Secretaría de la Defensa Nacional tenía en Iztapalapa, pues nosotros les vendíamos el sorgo y la pasta de soya para que fabricaran los alimentos balanceados de sus aves. En total, tenían cerca de veinte mil animales y con esa población avícola es normal que a diario muera alrededor de una docena de pollos, no por enfermedad, sino asfixiados o apretados por la multitud.
Pues los soldados encargados de la granja tenían (ahora sí que de sus pistolas, fuera de la contabilidad oficial) un chiquero con cinco o seis cerdos que alimentaban gratis: sobre una fogata, en un tambor de 200 litros con agua y unos puños de sal, hervían los pollos muertos, sin ninguna preparación o aliño (como dicen en los pueblos), con todo y plumas, tripas, patas y cabezas, enteros. Y así, con todo y plumas, los cerdos devoraban aquel sustancioso caldo de pollo a diario.
Desde luego, no son estas líneas las más agradables a rememorar.
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Berkshire es una raza de cerdos. ↑
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Robleto, Hernán, La mascota de Pancho Villa, México, Libromex, 1960, pp. 119-120. ↑

