

Ocios de la lengua
Tres son las funciones naturales de la lengua y se manifiestan al hablar, al paladear y al besar. No es casualidad que la palabra idioma tenga como sinónimos precisamente a dos términos: lengua y lenguaje. Por su parte, la palabra paladear debería ser en realidad lengüear, pues la percepción de los sabores es a través de las papilas gustativas que están en la lengua, aunque ciertamente esa degustación se suscita cuando interactúa la lengua contra el paladar. En fin, no hace falta abundar en el papel erótico de la lengua.
De alguna manera vinculado a lo anterior, como resultado más del ocio que de una reflexión analítica, me di a la tarea de identificar palabras que originalmente se refieren a sabores o a sensaciones gustativas o a alimentos específicos y que finalmente se utilizan de manera generalizada también para significar otra cosa. Se trata de la gastronomía aportando conceptos para otras vertientes de la vida. Incursionemos en ello (y ya se verá que no implica ningún esfuerzo intelectual o académico, pues se trata de algo bastante sencillo y cotidiano).
Un platillo elaborado por una persona sin imaginación culinaria, por un burócrata de la estufa y no por un artista del fogón, puede no gustarnos por haber resultado desabrido, insípido, insulso, soso, insustancial, simple. Todos esos mismos adjetivos se pueden aplicar a una persona anodina, sin gracia, carente de atractivo.
Un guiso donde el equilibrio de los ingredientes no se ha logrado, donde alguno de ellos se incluyó en exceso porque la guisandera estaba recordando, enchilada (no de chile, sino de mohína), el repentino abandono de su amante, puede quedar ácido, agrio e incluso amargado. Los mismos tres calificativos pueden ser atribuidos a alguien muy afectado por los golpes de la vida, que no ha sabido encarar sin frustraciones los problemas de diversa índole que invariablemente se nos presentan a cualquiera. Y también se le podría llamar avinagrado, como los vinos que se echan a perder por ser manejados sin el debido cuidado.
Cuando varias cocineras están metiendo mano al mismo guisado, éste suele quedar salado, igual que el jugador de muy mala suerte, fatalidad recurrente y pertinaz en los ludópatas.

Mas cuando el chef se distrae con las proporciones anatómicas de la guapa galopina, desatendiendo sus deberes, Dios lo castiga y el estofado se le pasa y queda seco. Seco es asimismo el carácter de un anciano cascarrabias, cuyo cuerpo ha quedado por los años como el estofado: consumido. (Perdóneseme la digresión, pero recordé que Gutierre Tibón decía de Ana Bertha Lepe que era, no una bomba atómica, sino una bomba anatómica). (Y de paso, ahí va otra digresión más: uno de nuestros galicismos culinarios más cotidianos es la palabra consomé, que quiere decir justamente consumido, o sea un caldo que se redujo y concentró, se consumió).
El flojo taquero panzón que en lugar de picar cilantro fresco despacha unos tacos de nana y otros de bofe con un cilantro marchito de ayer, sin querer nos recuerda al veterano deportista olímpico, quiera que no, también marchito por los años.
Y cuando a la avanzada edad se agrega la delgadez, entonces lo chupado del rostro de la famosa actriz más que madura -aunque décadas atrás fue un mango-, nos hace rememorar, ya no a la fruta madura y en su punto, sino al mango pero bien chupado.
El rico helado de guanábana con leche, gélido postre para nuestro deleite y glacial provocador de placer frío pero al fin y al cabo placer, nada tiene en común con el rico banquero, frío y calculador caballero de gélida y distante actitud y glacial corazón. (Solo las compañías aseguradoras son más desalmadas que los bancos).
Un chile morita relleno de frutas y verduras cocinadas y bañado con nogada puede ser moderadamente picante, lo cual suena exquisito, pero si exagera su picor ya se convierte en irritante. Igual que el simpático muchacho, que algo tiene de picante con su picaresco humor, pero que al cabo de un rato largo ya nos resulta irritante. En cambio, el otro joven, de refinada educación, tiene un estilo exquisito.
Se ha puesto de moda no poner saleros en las mesas de los restoranes, desde antes porque algunos chefs se las daban de perfectos y les parecía ofensivo querer agregarle sal a su platillo (ignorando que cada paladar es diferente), pero ahora además existen recomendaciones gubernamentales para no exponer a la vista los saleros, porque así se trata de ayudar a controlar la hipertensión arterial de la gente. Por fortuna, hay mujeres que de manera innata ya tienen salero, y sin pedirle frías a nadie son garbosas y gallardas, elegantes y salerosas.
Algunas, con salero o hasta sin él, son sabrosas como la chirimoya, sustanciosas como la sandía, suculentas como la naranja, apetecibles como un melocotón. Las hay tiernas (de carácter) como un lechón de dos semanas, las hay suaves (de trato) como un persimón listo para comerse, las hay dulces como la caña de azúcar, mas todas son deliciosas.
Por cierto, que a veces lo dulce se excede y puede llegar a lo empalagoso, a lo almibarado, a lo melifluo y hasta lo meloso, tanto en las mujeres como en los postres. Otra cosa diferente es el reconfortante espectáculo de ver a una pareja muy acaramelada.
Las buenas cocineras saben condimentar de manera atinada la comida para así sazonarla debidamente, a fin de que cobre sabor y sea más atractiva al gusto. Igual es con los buenos conversadores, quienes animan la charla condimentándola con anécdotas interesantes y sazonándola con sugerentes detalles, poniéndole sal y pimienta, pues.

