El ahorcamiento de Cuauhtémoc

 

Cuando participé en la película “Hernán Cortés: un hombre entre Dios y el diablo”, solo había cuatro actores profesionales: Cortés, la Malinche, Moctezuma y Jerónimo de Aguilar, el náufrago que hizo de traductor durante la Conquista. Otros treinta eran extras o, como les llaman en España, figurantes, quienes no tenían parlamentos. Parte del elenco fueron caballos y animales de corral.

Una de las escenas más impresionantes fue el ahorcamiento de Cuauhtémoc y Tetlepanquetzal, en un majestuoso árbol en plena selva de Xcaret, en Quintana Roo. El director se dio la licencia cinematográfica de poner al último emperador azteca con los pies llagados por el tormento sufrido con aceite hirviendo, siendo que la tortura fue en 1521 y la muerte cuatro años después. El público televidente jamás sabrá la complejidad del rodaje: se colgaron los sentenciados con una gruesa cuerda de henequén al cuello, evidentemente tensa, pero en realidad pendían de un cable de acero fijado a un arnés bajo la túnica indígena. Resulta que Cuauhtémoc, un maya local, se puso muy nervioso, de seguro pensando que si el cable se rompía sería efectivamente colgado del pescuezo, y tenía mucha razón: eso habría sucedido sin remedio, pero el cable era suficientemente resistente. Como quiera que fuera, Tetlepanquetzal ya colgaba de una gruesa y alta rama, muy quieto y paciente, en tanto que Cuauhtémoc no dejaba de moverse, no “se hallaba”. También se quejaba de que el arnés le lastimaba la ingle (aunque era idéntico al otro) y entonces entre el staff no faltó quien murmurara, quedito, que tenía miedo de que lo colgaran, pero de otras partes…

Le dieron ganas de orinar y al efecto lo descendieron con la polea que se había instalado, pero como ya traía los pies complejamente maquillados, no los podía reposar en el suelo, sino que fue recibido en brazos; ante la ausencia de una bacinica, le pusieron una cubeta, pero no se concentraba… entonces le bajó la presión y tuvieron que acostarlo en un camastro improvisado con ocho sillas, echarle aire, darle líquidos. Como ante la perspectiva de volverse a poner el arnés Cuauhtémoc no mejoraba, le trajeron un columpio y entonces sí ya empezó a convalecer; pero ese cambio imprevisto no permitía camuflagear bien las cuerdas del columpio que debían ocultarse y la decisión del director fue que en la toma se viera a Tetlepanquetzal colgado de cuerpo entero mientras que, a Cuauhtémoc, a diferente altura, no se le vería la cabeza, sino solo el cuerpo pendiente.

Por cierto, que, antes de rodar esta secuencia, me decía Fernando Sitges, el director -español-, que temía que el staff lo linchara si él colgaba a Cuauhtémoc, pidiéndome, jocoso, que yo lo relevara en el mando.

Muy gratamente nos sorprendió Alejandro Muñoz cuando nos encontramos, a unos pasos del lugar del sacrificio, unas carpas con ricos bocadillos locales, café, refrescos y aguas de horchata y jamaica. Y a propósito de la empresa familiar Los Danzantes, de los Muñoz, de perfil oaxaqueño, no todos recuerdan que ese nombre se les da a las estelas encontradas en Monte Albán, aunque los arqueólogos ya determinaron que los personajes representados en ellas no están danzando, sino contorsionándose por el dolor de los tormentos que se les infligían, como era la castración.

Otros de los momentos divertidos fueron las grabaciones con dron; este era una estructura cuadrada (de 1 por 1 metro), como helicóptero de cuatro hélices para darle gran estabilidad, y una cámara instalada debajo, muelleada para no resentir mayormente los movimientos; ambos, vehículo y cámara, operados a control remoto, y la “piloto” era una española, Ágata, a quien por supuesto le decíamos “la dron”; ella tenía una pantalla donde estaba viendo las tomas en vivo que ella misma conducía. Para una toma que se me hizo caminando en la playa de Villa Rica, el dron me filmó desde muy alto y fue bajando hacia mí, pasándome de frente en vuelo raso, a un par de metros de mi cabeza; lo primero que me advirtieron fue que no me le quedara viendo, que no abriera la boca, que lo ignorara. Pero –me dijo Fernando-, si ves que te va a chocar, te tiras al suelo…

Por cierto que en el Palacio de Cortés, en Cuernavaca, el dron se descontroló porque había muy cerca una gran antena de telecomunicaciones y Ágata como pudo lo hizo detener estrellándolo contra el follaje de una gran maceta, sin mayores consecuencias.

Uno de los problemas más frecuentes son los ruidos indeseados. En el Templo Mayor rodamos un lunes (cuando no hay visitantes) y todo era perfecto menos un organillero que alegraba a los peatones de la calle de Donceles; Herandy, de producción, debió sobornarlo con su más linda sonrisa para que guardara silencio en cada toma. Otra dificultad fue un perrito que desde una azotea nos ladraba cuando tratábamos de rodar ante la capilla abierta del convento de San Francisco, en Tlaxcala; ahí la sonrisa de Hera no fue para el emisor del ruido (el perro), sino para su dueño.

Diferente contratiempo se nos presentó en el Zócalo capitalino, donde estaba planeado el final del documental. El programa de filmación jamás pudo sincronizarse con una gigantesca “aldea digital” que allí se instaló, luego con un plantón de maestros, después con el concierto de no sé qué famoso grupo, etcétera, etcétera. Ya no tenemos Plaza de la Constitución, sino un circo mil usos… Por supuesto, la locación final se cambió.

Fotograma de “Hernán Cortés: un hombre entre Dios y el diablo”. Foto: TVUNAM

José Iturriaga de la Fuente