Los últimos románticos

Víctor Manuel González *

Muchos de nosotros seguimos leyendo libros en papel, lejos de la comodidad de un lector digital capaz de cargar con una biblioteca entera. Pero, por contradictorio que parezca, hemos dejado de comprar periódicos físicos para optar por suscripciones digitales a diarios, revistas y redes sociales como X, Instagram y TikTok. En nuestro afán de conocimiento, también buscamos información con mayor profundidad cultural en plataformas como Substack, que ofrece acceso a las opiniones de científicos, escritores y periodistas, aunque siempre bajo la correspondiente suscripción. Me asusta un poco —no mucho— la monetización de la inteligencia, pero ciertamente pensar tiene un costo.

Paradójicamente, la abundancia de información no es sinónimo de calidad, lo que plantea serias dificultades para la sociedad en general. Esto incluye a profesionales, ingenieros, profesores, periodistas, científicos y estudiantes que desean mantenerse actualizados y desarrollar un punto de vista propio. Tomemos el caso de un científico o un estudiante de ciencias: el conocimiento científico avanza de manera acumulativa, pero su ritmo es mucho más pausado que el de las publicaciones que cada año inundan las revistas especializadas. En 2024 se publicaron unos 6 millones de artículos científicos, cifra más que suficiente para desbordar la capacidad de cualquier investigador. Tan solo desde 2020 hasta hoy, se han publicado casi medio millón de artículos sobre el COVID. Sin embargo, habría que matizar que publicar un artículo no equivale a contribuir al conocimiento: gran parte de estos trabajos repiten conceptos ya estudiados y apenas aportan descubrimientos o innovación real. Identificar el conocimiento relevante de aquel que solo incrementa el volumen de lo ya sabido es una tarea propia del científico, pero cada vez se vuelve más difícil, pues humanamente es imposible leerlo todo.

La irrupción de la inteligencia artificial (IA), que genera tanto temor como entusiasmo y, para algunos, grandes oportunidades económicas, ha encontrado diversos modos de contender con este problema. Existen herramientas de IA generativa como ChatGPT, Gemini y DeepSeek, que se han convertido en poderosos auxiliares para indagar, contrastar y desarrollar conocimiento científico. Por supuesto, las limitaciones de estos modelos (como referencias inventadas o interpretaciones erróneas) son las que el humano debe evaluar y corregir.

Pero la hiperinflación de las publicaciones científicas es parte de un mal mayor que aqueja a toda la estructura del sistema científico. Por un lado, publicar es una condición necesaria para ascender en la jerarquía académica. Un científico que publica pocos artículos, no cuenta para el sistema y difícilmente califica para estímulos económicos, como la inclusión en el Sistema Nacional de Investigadores. Por otro lado, las publicaciones científicas son un gran negocio editorial. Prácticamente la editorial cobra doble: primero al autor del artículo quien paga los gastos de procesamiento editorial, una vez que su manuscrito supera la revisión por pares, y segundo, la revista cobra a quien desea leerlo. Vaya estafa! Con este problema no hay IA que nos ayude más que el empeño ético de publicar contenido válido y científicamente riguroso en editoriales con mayor compromiso en la difusión social de la ciencia. Y para no morir en el intento, re-estructurar el sistema de evaluación de los investigadores equilibrando la cantidad de artículos científicos con la calidad de los trabajos.

Desde luego, leer un libro en papel y escribir artículos con nuestra propia mano son actos demasiado humanos y por ende de limitada proporción. Quizá en el futuro estas actividades se reduzcan a la práctica por unos pocos románticos. Pero como dice el poema de Roberto Bolaño en su verso final: “…estoy aquí, dije, con los perros románticos/ y aquí me quedaré”.

*vgonzal@live.com

Víctor Manuel González