La Cosa Nostra II/II

ALFONSO VALENZUELA AGUILERA

Regresando a la Sicilia de finales de la década de los años setenta del siglo pasado, la Cosa Nostra se había ya consolidado como una estructura de poder económico, político y territorial en la región. Tras el dominio de varios jefes mafiosos —entre ellos Luciano Liggio y Bernardo Provenzano— se establece como líder Salvatore “Totó” Riina, uno de los capos más sanguinarios de los que se tenga registro en la historia reciente.

Para Riina, la Cosa Nostra representó una salida frente a sus precarias condiciones económicas y familiares, además de una vía de ascenso social que garantizaba poder y reconocimiento dentro de su comunidad. Además, la mafia funcionaba como un modo de vida que ofrecía sustento, prestigio, oportunidades y pertenencia. A cambio, exigía lealtad absoluta, disposición para cometer cualquier acto delictivo —por brutal que fuera— y el respeto irrestricto a un código de honor, sustentado en la secrecía total.

Con la ambición de convertirse en el “jefe de jefes”, Riina impulsó una estrategia de violencia sistemática que rompió los equilibrios tradicionales de la organización. Proveniente del pequeño poblado de Corleone, comenzó a llamar la atención mediante el asesinato de políticos, periodistas y agentes del orden público, inaugurando una etapa de confrontación abierta con el Estado.

El punto de inflexión fue el atentado contra el presidente de la Región de Sicilia, hecho que contribuyó decisivamente a la politización del fenómeno mafioso y motivó al joven Leoluca Orlando a postularse como alcalde de Palermo en 1985, con la consigna explícita de emprender una lucha antimafia sin precedentes.

Desde la alcaldía, Orlando no actuó como operador judicial, pero sí como facilitador político de una estrategia integral contra la mafia. Su respaldo público y constante al pool antimafia encabezado por Giovanni Falcone y Paolo Borsellino fue clave para generar las condiciones institucionales y sociales que permitieron la realización del Maxiproceso de Palermo (1986-1992). En un contexto marcado por el miedo y la ambigüedad política, su actuación contribuyó a legitimar el juicio como un acto fundacional del Estado de derecho, rompiendo con décadas de silencio y tolerancia.

El Maxiproceso representó el golpe judicial más importante contra la Cosa Nostra hasta ese momento, al reconocerla formalmente como una organización criminal unitaria y jerárquica. Sin embargo, la reacción no tardó en llegar. En 1992, los asesinatos de Falcone y Borsellino evidenciaron tanto la capacidad de la mafia para responder con violencia extrema como los límites del respaldo estatal a una ofensiva que comenzaba a incomodar a amplios sectores del poder.

A diferencia de muchos actores institucionales, Orlando mantuvo su postura tras los atentados. Lejos de replegarse, desplazó el eje de su lucha hacia el terreno cultural y simbólico, insistiendo en la necesidad de integrar la visión antimafia en la identidad cívica de Palermo y de Sicilia. Su apuesta fue transformar la lucha antimafia de una respuesta judicial excepcional en un principio político y cultural permanente, capaz de erosionar las bases sociales que durante décadas habían permitido la reproducción del poder mafioso.

La lucha antimafia impulsada por Orlando se tradujo también en una estrategia de transformación urbana orientada a debilitar las condiciones que habían favorecido el arraigo del control mafioso en la vida cotidiana de Palermo. La restauración de monumentos históricos, la recuperación del centro urbano y la intervención en barrios degradados formaron parte de un esfuerzo por restituir el espacio público como ámbito de convivencia y presencia institucional. Estas acciones no respondieron únicamente a criterios estéticos, sino a la convicción de que el deterioro urbano había operado como un aliado silencioso de la mafia, normalizando el abandono y la ausencia del Estado en amplias zonas de la ciudad.

Al mismo tiempo, promovió activamente la organización ciudadana como un componente central del proyecto antimafia. A través del impulso a asociaciones civiles, iniciativas culturales y espacios de participación comunitaria, se buscó fortalecer una cultura cívica basada en la legalidad y la corresponsabilidad social.

Este énfasis permitió desplazar la lucha contra el crimen organizado del terreno exclusivamente judicial hacia la vida cotidiana, otorgando mayor dignidad a los ciudadanos y generando formas de empoderamiento que incidieron en la calidad de vida y en la capacidad de la población para resistir, de manera colectiva, las lógicas de dominación mafiosa.

El Ex – Alcalde de Palermi Leoluca Orlando. Foto: Cortesía del autor / imagen de archivo

Alfonso Valenzuela Aguilera