

El privilegio del tiempo
Hace unas semanas, durante una entrevista me preguntaron ¿por qué elegí una carrera científica? Aunque he dado múltiples respuestas a esta pregunta en diferentes períodos, esta vez pensé un poco mejor la respuesta. Quise dar una respuesta sincera y más allá de las usuales como “para ayudar a la humanidad” o “para encontrar una cura al cáncer” o bien “porque soy muy curioso”. Aunque, mirándolo bien, una respuesta mucho más franca sería para “salir de pobre”, en el caso que fuera posible enriquecerse en la academia. No lo es. Dije entonces que fue porque me gustaba estudiar y que no recordaba cuando había comenzado a hacerlo.
Mis recuerdos en la voz de mis hermanas –soy el mayor de cinco hermanos– son los de ellas, que en su memoria de niñas me veían inclinado sobre una mesa, estudiando en el calor casi infernal de Poza Rica, en Veracruz. Es cierto, pasaba horas así y si no era en casa, era en las pocas bibliotecas públicas que existían en la ciudad. Era un joven estudioso sensible al calor.
Sin embargo, la sola disposición a estudiar y a conocer no explica mi vocación, como si esta fuera un asunto determinado y resuelto una vez que lo supe. En dicha entrevista me olvidé de decir –siempre lo olvido, pero ahora lo diré– que pude estudiar lo que quise porque tuve tiempo para hacerlo. Mis padres y mi familia me dieron ese tiempo invaluable para pasar horas leyendo un libro, novela o ciencia, y no ocuparme en otros asuntos como la comida y la ropa. O del mantener una casa y del pago de impuestos, como ahora. Más tarde en mi vida me he encontrado en situaciones en las que el tiempo que invierto en mis estudios e investigaciones también se los debo a mi esposa y mi hija. Muchos sábados los he pasado dando clases, otros escribiendo un artículo, otros simplemente leyendo una novela, que si bien es un acto lúdico no deja de ser para mí un motivo de aprendizaje.
Sé bien que he tenido mayores privilegios que otras personas. En un sistema patriarcal, los varones tienen más ventajas que las mujeres. Aunque el impulso cultural del feminismo y el pensamiento igualitario ha cambiado nuestra actitud respecto al papel de la mujer en la academia, lo cierto es que las posiciones importantes siguen estando en manos de los hombres. Pero también el tiempo disponible para que las mujeres puedan dedicarse de lleno a estudiar e investigar sigue siendo escaso. Su tiempo se ocupa de un sinnúmero de actividades como la crianza y la alimentación de la familia.
En octubre de 1928, la escritora inglesa Virginia Woolf se presentaba en Cambridge ante un público mayoritariamente femenino. Su conferencia trataba sobre la mujer y la creación literaria. Woolf afirmó que la creatividad de la mujer es tan grande o mayor que la de un hombre, pero para su exposición y florecimiento tendrían que darse dos condiciones: dinero y una habitación propia. Una Shakespeare femenina hubiera existido si en el siglo XVII las mujeres hubieran tenido la libertad de escribir sin condiciones. Por supuesto esas condiciones nunca existieron y hoy son apenas posibles. Esto no impidió la aparición de grandes escritoras en los siglos subsecuentes como Jane Austen y las hermanas Brontë. Las palabras de Virginia Woolf se convirtieron en el ensayo clásico Una Habitación Propia.

Las vocaciones científicas –o literarias, es el mismo caso– no solo nacen del gusto por estudiar y escribir, sino del privilegio de haber tenido tiempo y condiciones para hacerlo. Evidentemente, hay mujeres y hombres que con todo en contra logran crear una obra excepcional. La pregunta hecha a Virginia Wolf no es si hay talento en mujeres y hombres por igual, sino qué condiciones sociales y culturales son necesarias para liberar ese talento en plenitud.

