

¿Ciencias o Humanidades? La impostura de la incultura universitaria
A: GZ
Charles Perrault autor de: Los Cuentos de la mamá ganso (1697) que incluye: La bella durmiente, Caperucita roja, El gato con botas y Pulgarcito, entre otras narraciones recogidas de la tradición oral de su tiempo. Hábil como era para el “cuento”, Perrault se inventa un cuento con el propósito de quedar bien con su augusta majestad. Para este fin escribe un discurso titulado: La moderna grandeza de Luis el Grande. Texto que le sirve para escalar posiciones en la Academia Francesa y trepar en los salones de la corte de Luis XIV.
El discurso se convierte en el libro: Comparación entre antiguos y modernos (1688). Perrault está a favor de la superioridad de lo moderno. La modernidad es la madurez de la humanidad, y el Rey Sol es la culminación absoluta de la Historia. A diferencia de lo antiguo, que considera como la niñez de la especie en un pasado inmaduro. Se inició así un debate entre la ciencia moderna y las humanidades antiguas que dura hasta nuestros días.
Por un lado los partidarios de la antigüedad. Los clásicos son gigantes, dice su lema. En el otro lado estaban aquellos que suscriben la superioridad de lo moderno sobre lo antiguo. Los modernos son: enanos, pero parados sobre los hombros de gigantes.
Charles P. Snow (1905-1980) físico de profesión, contribuyó a la querella entre antiguos y modernos con sus conferencias del año 1959 en su natal Inglaterra reunidas en un libro titulado: The two cultures and the Scientific Revolution, (1961) (Las dos culturas y la revolución científica) Snow habla de la cultura tradicional o humanista y de la cultura científica o técnica como dos grupos polarizados (two polar groups).

Gabriel Zaid (1934), miembro decano de El Colegio Nacional publicó en marzo de 1965 un artículo en la Revista de la Universidad de México, donde formula una crítica radical al libro de Snow, al precisar que las ciencias y las humanidades, no son dos culturas independientes o grupos polarizados que no se tocan. Tampoco existen algo así como dos puntos en diferentes continentes entre los cuales se deban construir puentes, con el piadoso fin de crear “acercamientos”. Lo que sí podemos constatar que existe son dos inculturas, las inculturas de los científicos y humanistas universitarios que se ignoran mutuamente. Con sendas pérdidas para quienes las practican en ambos bandos. “Señalar la existencia de dos culturas es una impostura que da lugar a un diagnóstico y a un remedio erróneos, que sólo sirven para agravar la enfermedad.” Dice el ingeniero y poeta Zaid.
Como si el quehacer científico no fuera realizado para bien (y también para mal) de la humanidad. Como si fuera posible hacer investigación científica sin una sólida teoría del conocimiento, filosóficamente sustentada; o peor aún, sin contar con la perspectiva de la Historia de la ciencia que se investiga y cultiva.
La confusión está en creer que las universidades al dividirse administrativamente en ciencias y humanidades fueran de esta manera una representación de los fenómenos reales y condicionaran sus diferentes modelos cognitivos a sus respectivas y estrechas miradas de especialistas universitarios. Científicos rudos de las ciencias duras, contra los técnicos de las ciencias blandas. Frecuentes y confusas metáforas.
Existen varias inculturas en el mundo, pero un solo proceso cultural en continuo movimiento. En algo semejante al comportamiento cuántico de las partículas elementales: emergiendo en un punto y convergiendo en otro. Proceso regido por la incertidumbre y el azar. Una sola cultura en movimiento que no es propiedad de los famosos, o de los cada día más ágiles trepadores universitarios a lo Perrault. Pero esa cultura unitaria en apariencia está definida por una conversación dinámica y permanente entre infinidad de grupos culturales, étnico lingüístico bio-regionales.
La cultura no es una mercancía que se compra y se vende en el mercado del espectáculo, bajo sus leyes de oferta y demanda. La cultura no es un hecho acabado, sino en continua forja por aleatorios e insondables senderos. La cultura no es resultado de las instituciones, sus políticas y leyes. Tampoco es propiedad exclusiva de los “grandes creadores” o los reconocidos intelectuales harto bien pagados de sí mismos.
La cultura sí es, en cambio, una condición ontológica, una forma de Ser, de nuestro ser en el mundo, resultado de la urdimbre compleja del existir. Como una forma de hacer poesía en la práctica en la conversación de la humanidad. Dice Zaid:
“La cultura no es propiedad de nadie, no es algo que esté ahí y que se puede adquirir. Nos “adquirimos” a nosotros mismos a través de la cultura. La cultura es el camino de hacer habitable el mundo y entendernos, un camino que hacemos y que nos hace, nunca hecho del todo, siempre dado en parte y en parte por hacerse, en la historia personal así como en la colectiva. La cultura es irrenunciable como el ser.”
Son las inculturas universitarias las que se creen y se sienten falazmente superiores. Es la incultura científica la que mira con desdén a las humanidades. Es la incultura humanista la que se siente alejada y ajena de las ciencias. Ni gigantes ni enanos, simplemente miopes.
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