Omar Alcántara Islas*

Las obras maestras del cine no las realiza una sola persona, sino que son el resultado del trabajo en equipo o la confluencia de, por lo menos, dos talentos importantes. Buñuel encontró esta alianza con Silvia Pinal y ambos lograron algunas de las películas más importantes de su trayectoria artística: Viridiana (1961), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965) –las tres se pueden mirar actualmente en YouTube.

Viridiana es la lucha del bien contra el mal. En esta, el ángel bueno se enfrenta, una vez más, contra el demonio, pues el filme es un cuadro viviente de imágenes religiosas, donde la protagonista pareciera provenir de otro mundo. A semejanza de Eurídice –quien picada por la serpiente muere y llega al inframundo, de donde Orfeo sin éxito intenta recuperarla con el auxilio de los dioses–; pero, en contraste irónico, aquí es el tío Jaime quien intenta resucitar a una muerta.

Las alusiones necrofílicas hacen recordar Vértigo (1958) o Psicosis (1960) de Hitchcock, donde mujeres sin vida ejercen influencias decisivas en la vida de hombres solitarios y obsesivos. Para el tío, Viridiana brilla como la imagen más hermosa en un cuadro piadoso. Porque Buñuel no escatima recursos, es un profundo conocedor del cine y la pintura, de la música sacra, del cristianismo y su palabra. Con este bagaje, se encuentra con una mujer que no teme encarnar personajes transgresores, en un momento donde en México hay una fuerte lucha entre las fuerzas y creencias tradicionales frente a los empujes de la modernidad profana del Siglo XX.

Viridiana representa ese puente entre ambos mundos; aunque, en algún momento, asistimos a su muerte espiritual, cuando la vemos en una luminosa mortaja (el vestido de boda) solo porque este señor quiere aplazar permanentemente una despedida; Viridiana es un duelo inconcluso y es la incursión del demonio en la inocencia metafísica o paradisiaca. Este necrófilo no solo destruye la inocencia de Viridiana sino también la de la niña que lo mira desde la ventana.

En otras palabras, la alegría que tiene la niña al saltar la cuerda es corrompida por el demonio que se apoderó del tío y que, al final, sufre el mismo destino de Judas por haber traicionado una vez más a Cristo. Viridiana es una transfiguración de este último a quien siguen los dolientes en busca de techo y sustento; pero estos acaban apoderándose no solo del espacio donde habita Viridiana, sino también de las alusiones religiosas en una parodia que es, por un momento, la parábola del ciego que sigue a otro ciego (Mateo 15: 14).

Recordemos que el filme comienza con la fachada de un convento y «El Mesías» de Händel, enseguida vemos a Viridiana dentro del recinto apercibida por su superiora y después del corte vemos los pies de una niña saltando la cuerda, en ese primer plano se entromete la figura oscura del tío, como premonición de lo que veremos a continuación. Más adelante, con la muerte del agresor, la niña vuelve a saltar.

La última escena, no obstante, comienza con la niña quemando la corona de espinas. En esta transición, Viridiana se convierte en una mujer adulta que ha aprendido a combinar ambos mundos, el celestial y el infernal, así lo demuestra su ropa, ya no blanca ni negra, sino una mezcla de ambas. De este modo, se puede sentar con seguridad en medio de dos figuras vestidas de negro. No sabemos lo que va a pasar, queda la interpretación, pero Viridiana, otra vez, como al principio, parece provenir de un mundo más allá del bien y el mal.

El filme, para concluir, es la historia de la transformación de una mujer que abandona gradualmente la cabeza cubierta de la vida monástica por una blonda cabellera libre de cualquier contención. Va de la vida en el claustro a la no menos encerrada vida moderna que intenta aliviar su encierro con el juego de cartas. Es una historia de la recuperación del cuerpo y la mirada.

Para las buenas películas no hay spoiler posible, estas son siempre más que las anécdotas narrativas. Viridiana es también el agudo contraste pictórico y las tomas audaces del director, así como la permanente ambivalencia del personaje interpretado por Silvia Pinal. Y es que el demonio es aquí también la ambigüedad, como el zapato de tacón en el pie de un personaje siniestro, por eso la película sigue vigente, porque no se decide completamente entre las fuerzas benéficas o malévolas, pero, como en Simón del desierto, queda de fondo, a manera de consuelo, por las almas que no se elevan por completo al mundo celestial, el alegre vaivén de la música moderna.

*Doctor en literatura comparada

Una icónica escena de Viridiana. Foto: Redes sociales

La Jornada Morelos